Jue 24 septiembre ,2026
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La leyenda de Rift Mender

Santiago Joaquín Arce (Goya, Argentina)

Qué extraño es pensar en el pasado para gente como nosotros. Hay personas que dicen que ahí se encuentra la verdadera felicidad, en recordar buenos tiempos en nuestros peores momentos. He escuchado este pensamiento durante mucho tiempo y, aunque suene un poco pesimista, en estos momentos de mayor necesidad solo he podido recordar las acciones y decisiones que me han traído a este punto de mi vida.

Desde que Frínyer murió, visito todos los días el intento de monumento que crearon en su honor. Todos los días veo cómo diferentes personas vienen a este lugar a brindar sus respetos o a vandalizarlo, ya que, gracias a los medios de comunicación amarillistas, no son pocas las personas que culpan directamente a la memoria de Frínyer del accidente del hospital. Lo culpan del único error que tal vez cometió: ser un humano con corazón.

Un día, mientras contemplaba el monumento de Frínyer, noté a una mujer que se acercó con su hija a dejar unas rosas, pero fueron interrumpidas por un tipo que no dejaba de molestarlas, gritándoles obscenidades. Me acerqué a ellas para que dejara de molestarlas.

—¡Deberían llorarle a otras personas, ese idiota no se lo merece! —decía el hombre.

—Creo que es mejor que te vayas —dije, haciendo una ligera demostración de mis poderes.

Al ver que no tenía ninguna oportunidad, el sujeto salió huyendo del lugar, perdiéndose en el horizonte. Al ver esto, me acerqué a ambas y conversé un poco con ellas:

—¿Se encuentran bien? Creo que no es una buena idea venir solas a este lugar. Es un sitio al que vienen muchos alborotadores a hacer escándalos y alejar a las personas.

—Muchas gracias, joven. Nosotras teníamos varios días queriendo venir, pero por esa misma razón no habíamos podido. Hemos tenido miedo debido al caos que hay con respecto a este tema. Nadie quería acompañarnos, y mi hija quería entregarle las flores que ella misma había hecho con sus propias manos.

—¡Es el arreglo más bonito que he visto! —confesé.

—¡Muchas gracias! Los hice especialmente para ese joven. Él salvó nuestra vida en una ocasión; con su cuerpo nos protegió, y realmente ambas nos pusimos muy tristes al saber lo que pasó. El mundo es un lugar muy injusto: se lleva a las buenas personas demasiado pronto y deja a las malas en su lugar.

—Fue un placer ayudarles a ambas. Las acompañaré para que puedan regresar a su hogar sanas y salvas.

Ese día me sentí un poco menos triste; pude hacer algo que sé que mi amigo habría hecho sin pensarlo.

Trato de seguir adelante… Conociendo a Frínyer, es lo que él querría: que viva con normalidad y que ayude a todas las personas que pueda. Creo que he fallado en una de esas dos cosas últimamente, así que un día, después de haber cumplido con mis misiones, decidí visitar a Goliath y Zaphyra.

El hangar estaba en silencio. No el silencio vacío de una base abandonada, sino ese silencio pesado que sólo existe cuando todos saben que alguien llegó cargando demasiado.

Me detuve cerca de la entrada, con el traje aún puesto. No miré a ninguno de los dos. Zaphyra estaba revisando un panel de vuelo; Goliath, sentado sobre una caja metálica reforzada que crujía apenas bajo su peso.

—Llegaste tarde —dijo Zaphyra sin girarse.

No era un reproche. Era una constatación.

—Me demoré más de lo previsto —respondí.

Goliath se levantó despacio. Cada uno de sus pasos resonó suave, medido, como si no quisiera imponerse ni siquiera con su presencia.

—No tenés que explicar nada acá —dijo—. Este lugar no funciona así.

Solté el casco y lo dejé caer al suelo. El sonido hueco rebotó por el hangar. Recién entonces levanté la mirada, pero no aguanté más de un segundo.

—Estoy cansado —admití—. No físicamente.

Zaphyra se dio vuelta por fin. Su expresión era firme, profesional… pero sus ojos estaban atentos, calculando algo más que datos.

—Lo sé —dijo—. Se te nota incluso cuando intentas ocultarlo.

Apreté los puños.

—Frínyer siempre decía que había que seguir. Que detenerse era rendirse. Pero cada vez que corro siento que dejo cosas atrás… personas. Promesas.

Goliath se acercó un poco más y se agachó frente a mí, apoyando un antebrazo enorme en la pierna.

—Escúchame bien, Athan —dijo con voz tranquila—. Seguir adelante no significa cargar todo solo.

Solté una risa breve, sin humor.

—Él confiaba en mí. En que hiciera lo correcto y sea resiliente. Y ahora… —tragué saliva— ahora no estoy seguro de estar cumpliendo ninguna de esas cosas.

Zaphyra dio un paso al frente. No me tocó. Nunca invadía espacios sin medir antes.

—Frínyer no confiaba en vos porque fueras perfecto —dijo—. Confiaba porque te levantabas incluso cuando fallabas. Eso no cambió.

—Pero él ya no está, Casey —respondí en voz baja.

—No —aceptó ella—. Y eso duele. Pero no invalida lo que hiciste ni lo que sos.

Goliath estiró una mano enorme y la apoyó con cuidado en mi hombro. El peso era firme, estable. No aplastaba. Sostenía.

—Cuando perdí a gente en mis primeras misiones —dijo—, pensé que ser fuerte significaba no quebrarse. Me equivoqué. Ser fuerte es volver a pararse incluso con las grietas.

Cerré los ojos. El aire me tembló al entrar en los pulmones.

—Tengo miedo de convertirme en algo que Frínyer nunca hubiera querido.

Zaphyra me miró fijo.

—Entonces usá ese miedo —dijo—. No como freno, sino como brújula. Mientras te preocupe eso, todavía estás del lado correcto.

El silencio volvió a caer, pero esta vez era distinto. Más liviano.

Goliath sonrió apenas.

—Y para que quede claro —añadió—: no fallaste en todo. Hoy viniste acá. Eso también es seguir adelante.

Respiré hondo. Por primera vez en días, no sentí la urgencia de correr.

—Gracias, Michael —dije.

Zaphyra asintió una sola vez.

—Cuando quieras despegar de nuevo —respondió—, no lo hagas solo.

Goliath apretó un poco más mi hombro antes de soltarlo.

—Somos más que un equipo; somos una familia, Athan —dijo—. Incluso cuando uno de nosotros se siente roto.

Nos dimos un fuerte abrazo. Y por primera vez desde la muerte de Frínyer, la culpa no fue lo único que me acompañó.

En los días posteriores al funeral, hubo acaloradas protestas frente a ese hospital militar, exigiendo justicia por los niños y médicos fallecidos.

Me fui a entrenar unos días para despejar mi mente. Elegí un campo en un sector oculto al público, cerca de unas montañas. Era una pista abandonada donde, en mi adolescencia, solía practicar mis poderes.

A lo largo de los años, correr siempre fue mi forma de hacer catarsis: sumergirme en mis pensamientos, reflexionar sobre lo que hacemos como héroes y lo que estamos dispuestos a sacrificar para obtener ese poder. No siempre fue así. No… no.

Cuando era niño, constantemente huía de los hogares de acogida. Nunca pude pertenecer a ninguno, ni siquiera hallé consuelo en la compañía de otros niños en mi misma situación. Era un huérfano sin hogar ni propósito. Nunca conocí a mis padres, pero, por alguna razón, siempre sentí la necesidad de ser amable con los demás. Creo que fue así como conocí a la primera persona que reconoció mi existencia: el Dr. Samuel Reynolds.

El Dr. Reynolds era un anciano brillante. Parecía observar todo a su alrededor, sin perder detalle. Me encontró un día mientras robaba piezas mecánicas para venderlas. Los guardias del lugar me descubrieron y me persiguieron sin cuartel hasta lograr emboscarme y atraparme. Ya era costumbre que me metiera en problemas por cosas como el hurto, y por eso los guardias pensaban denunciarme ante las autoridades para que me procesaran y arrestaran.

Pero antes de que eso sucediera, el Dr. intervino. Usando su influencia no solo evitó mi arresto, sino que me adoptó.

—Athan Ross, muchacho… ¿cuál es tu propósito en la vida?

—No lo sé, doctor. No tengo nada ni a nadie. Estoy solo, siempre lo he estado.

—Ahora estás bajo mi cuidado, muchacho. Nadie te lastimará.

—¿Cómo puedo confiar en usted? Apenas lo conozco.

—Porque veo el brillo en tus ojos. Sé que quieres hacer grandes cosas. Huyes cuando sientes que la negatividad está a punto de contagiar a quienes te rodean. Quiero prepararte para que seas más que un huérfano. Quiero entrenarte para que seas parte del proyecto en el que llevo años trabajando. Cuando estés listo, quiero que cuides de las demás personas. Eres un niño rápido y audaz, he de decir. Sé que harás grandes cosas.

El Dr. comenzó mi entrenamiento llevándome a una zona alejada de la ciudad, donde constantemente me sometía a diferentes evaluaciones, especialmente sobre mi cuerpo y mi ritmo cardíaco. Su objetivo era prepararme para convertirme en alguien con la fuerza y la velocidad necesarias para ser parte del proyecto.

Durante el día, los entrenamientos eran rigurosos: desde intensas rutinas físicas hasta el aprendizaje y dominio de distintas áreas como ingeniería mecánica y programación. Por las noches, al cenar, compartíamos conversaciones. Él me contaba aspectos de su vida y mostraba interés por las cosas que a mí me gustaban. Era la primera vez en mi vida que sentía la calidez de la compañía.

Y, por primera vez en mi vida, sentí miedo… miedo de perder a la primera persona que me había cuidado, que me había hecho sentir importante, que me hacía sentir diferente.

Cuando llegó el momento en que mi cuerpo estuvo listo, comenzó la primera etapa del proyecto del que tanto me había hablado el Dr. Me llevaron a un búnker subterráneo disfrazado de centro biomédico. Las luces eran frías, las paredes transpiraban metal, y yo… yo era solo un número dentro de una cápsula. En el rostro del Dr. se notaba una angustia impropia para un hombre de su temple y experiencia. Constantemente me preguntaba cómo me sentía y si quería abortar la misión; cada vez que podía, le respondía con una sonrisa para tranquilizarlo.

Me amarraron por mi propia seguridad y me inyectaron el compuesto del que me había hablado: el Nitronio. Sentí como si me derritiera desde adentro, lentamente. Era como si las brasas del infierno recorrieran, con agonía, cada terminación nerviosa de mi cuerpo. Tenía boca, pero no podía gritar: mi cuerpo no reaccionaba. Sentía todo el dolor de mis venas destrozándose por el compuesto.

Durante toda la transición, me aferré a los recuerdos con el Dr.; gracias a ellos, logré sobrevivir.

El tiempo pasó. Me entrenaban como si fuera una máquina. Me daban instrucciones. Me probaban en pistas cerradas. Al principio, alcanzaba los 100 km/h; después, 360… y luego 1080. El proyecto había sido un éxito.

Pero había un problema: el calor de la juventud comenzó a hacer de las suyas. Como un parásito, la impaciencia se instaló en mí. Quería entrenamientos cada vez más intensos; nada me satisfacía por completo. Me costaba aceptar límites… especialmente cuando lo único que deseaba era ser más fuerte.

—Solo dime cuánto tiempo más tengo que seguir así de lento —dije, con la voz cargada de impaciencia.

—Paciencia, Athan. Tienes que entender que no eres como los demás. Los metahumanos como tú comparten ciertas habilidades físicas que los hacen únicos.

—¿»Habilidades»? ¿A qué se refiere con eso, doctor?

—Primero, según nuestros estudios, tienes un envejecimiento desacelerado —explicó—. Eso significa que tu cuerpo envejece muy lento, no como un humano normal. En teoría, podrías vivir mucho tiempo.

—¿Significa que soy invencible?

—No —dijo el doctor con seriedad—. Todavía puedes morir, pero tendrás el tiempo a tu favor. Además, cuentas con un factor curativo acelerado: tus heridas sanan mucho más rápido que en una persona común. Fracturas, cortes menores… desaparecerán en cuestión de minutos o horas. Pero…

—¿Pero…?

—Si pierdes una extremidad, no esperes que vuelva a crecer. El factor curativo tiene límites, y tú no eres indestructible —aclaró con tono firme—. Además, tus reflejos son muy superiores a los de cualquier humano: reaccionas más rápido. También eres más resistente, pero eso no significa que puedas ignorar las consecuencias de tus acciones.

Estaba intrigado por todo lo que mencionaba el doctor. En todos esos años viviendo con él, nunca había escuchado algo parecido.

—Entonces, ¿todos los superhumanos tienen estas habilidades?

—Sí, todos los superhumanos comparten ciertas capacidades básicas. Pero cada uno posee algo que lo hace único. Digamos que tienes un gran potencial, y que este se ha visto potenciado por la preparación física que tuviste antes de comenzar el proyecto. Muchos no logran sobrevivir al despertar. Sin embargo, Athan Ross, aunque todos compartan ciertas habilidades estándar, no olvides que cada una de ellas viene acompañada de límites… y las habilidades únicas de cada uno también tienen sus propias debilidades.

—Entonces… ¿cómo evito esos límites?

—Conócelos. En el arte de la guerra, es indispensable saber cuáles son tus límites y debilidades; de lo contrario, siempre llevarás la desventaja.

A los veintiuno, entre los entrenamientos y mi pronta aparición en la ciudad, me gané el apodo de Fastwave, con mis ojos brillando en un azul neón cada vez que usaba mi súper velocidad.

Con el tiempo, fui descubriendo más aspectos de mis habilidades. Poseía una autoaceleración sobrehumana; no era instantánea, sino gradual. También una condición mejorada, un metabolismo acelerado, y, sobre todo, una percepción acelerada. Podía ver el mundo en cámara lenta, lo que me permitía esquivar ataques y moverme a altas velocidades. Sin embargo, también descubrí una gran debilidad: carecía de la capacidad pulmonar necesaria para sostener tales hazañas durante largos periodos.

Para contrarrestar esta limitación, el doctor y su equipo desarrollaron un traje aerodinámico equipado con el Sistema de Oxígeno Reutilizable y Automático (S.O.R.A.). Este sistema incorporaba tecnología avanzada de filtrado y reciclaje de oxígeno. Mientras corría, el S.O.R.A. recopilaba y filtraba el oxígeno exhalado, recuperándolo para su reutilización. El proceso convertía el oxígeno residual no utilizado en una forma respirable nuevamente, extendiendo así la duración del suministro hasta dos horas. No obstante, debido a las limitaciones tecnológicas y al tiempo requerido para el filtrado, el sistema necesitaba aproximadamente diez minutos para que el oxígeno reciclado estuviera completamente disponible para su uso.

En el laboratorio, el traje tomó forma bajo la dirección de algunos de los científicos más destacados en materiales avanzados. Utilizando una combinación única de grafeno y tejidos sintéticos, crearon una armadura flexible pero resistente. Los hilos entrelazados de grafeno proporcionaban una estructura casi impenetrable, mientras que los paneles estratégicamente colocados garantizaban una termorregulación eficiente. La apariencia metálica del traje no era meramente estética; cada detalle estaba diseñado para soportar el estrés de las altas velocidades. Cada costura, cada fibra, cumplía un propósito: reducir la resistencia al viento, proteger contra el desgaste y mantener la temperatura corporal óptima durante mis aceleraciones subsónicas. El traje se convirtió en una síntesis perfecta de ciencia, tecnología y velocidad.

Finalmente, me integré en la sociedad como parte de una nueva generación de héroes con formación militar, destinados a combatir el crimen y ayudar al gobierno a mantener el orden en las principales ciudades del país. Como dijo el doctor, al fin tenía un propósito.

Con el tiempo, mi presencia se volvió casi omnipresente gracias a la velocidad con la que podía llegar a cualquier lugar. Sin embargo, pronto comenzaron a aparecer, de forma misteriosa, sujetos con habilidades especiales que suponían un reto incluso para mí.

Pero llegó el día que jamás olvidaré…

Sentía que algo iba mal. Había estado patrullando sin descanso y estaba llegando a mis límites, y sólo podía reducir mi velocidad hasta 540 km/h. Sin embargo, hubo algo —una señal, una comunicación— que me provocó un pánico inmediato. Hacía varios meses que no veía al doctor, pero por alguna razón, sentía que él me necesitaba.

Cuando estaba por terminar mi jornada, recibí una comunicación urgente: un grupo de terroristas tenía cautivo al doctor. Si no les entregaba la información del proyecto, lo matarían.

Corrí a toda velocidad. Estaba demasiado lejos del lugar donde me había criado, pero avancé con paso desesperado, dejando tras de mí una estela de color azul neón. Estaba tan agotado que comenzaba a perder el control de mis poderes. Finalmente, llegué al lugar.

Todo estaba rodeado, plagado de armas y escudos de energía. No me importó. Con las fuerzas que me quedaban, fui neutralizando uno a uno a quienes intentaban dañar al doctor… a mi padre. Pero la velocidad extrema, sumada a las limitaciones de mi cuerpo y del traje, provocó que me sobrecargara de energía cinética… y todo estalló.

No recuerdo con claridad los detalles de ese día en el que el mundo dejó de tener sentido. Cuando recuperé la conciencia, comencé a buscar al doctor. Entre el humo, el polvo y los restos, solo encontraba cuerpos destrozados… hasta que finalmente lo vi.

Solo quedaba la mitad de su torso. Caí de rodillas, llorando sobre él, pidiéndole perdón.

—Tranquilo, chico… todo estará bien.

—Lo siento, doctor. De veras lo siento… Yo quería protegerlo… No pude cumplir el propósito que me encomendó.

—Lo hiciste bien, chico. Ahora puedo descansar en paz… Le diste un propósito a este viejo vejestorio.

—Por mi culpa… usted está así.

—No olvides lo que te enseñé: ayuda a las personas… todo el mundo necesita ayuda.

—Prometo que no lo olvidaré, señor.

—Te quiero, hijo… No olvides quién eres…

Y con esas últimas palabras, el doctor se despidió de este mundo.

Pasaron varios días en los que dejé de correr; pasaba mi tiempo confinado. Durante esos días pensaba en lo que había pasado: había sido incapaz de salvar al Dr., y destruí todo a mi paso porque no pude controlar mis poderes. No pude superar mis limitaciones y, por ello, me convertí en alguien extremadamente peligroso para las personas.

La opinión pública nunca supo del incidente por completo; solo se insinuó que fue una especie de terremoto provocado por un grupo de terroristas. Así que, cuando pasó un tiempo prudencial, el gobierno me obligó a estar en las calles nuevamente. Fue algo extremadamente difícil para mí, porque no podía usar mis poderes sin pensar en el cuerpo inerte del Dr. y en toda la destrucción que provoqué. No podía ayudar a nadie…

Volví al área de entrenamiento, traté de enfocarme en las últimas palabras del Dr., y así, poco a poco, fui entrenando tanto física como mentalmente, con tal de no repetir los errores que me arrebataron todo. En esos entrenamientos conocí a Frínyer.

La primera vez que lo vi, apareció como una sombra silenciosa entre el humo. Parecía alguien de mi edad y, a pesar de su personalidad distante, era muy amistoso, pero esa amabilidad era un chiste comparada con las habilidades que tenía. Ahora que recuerdo esos días, me resulta muy gracioso que yo intentara competir inútilmente contra su teletransportación. Había algo en él muy extraño que, hasta el día de hoy, no dejo de pensar. Recuerdo que en su mirada había una tristeza muy profunda, tristeza que nunca exteriorizó. Había algo que lo atormentaba, algo muy profundo, pero tal vez él no lo sabía. No era el asunto de su hermano, era algo más…

Estas singularidades permitieron que pudiéramos hacernos amigos; realmente nos entendíamos. Él tenía a su hermano y quería ayudar a todo el mundo a cualquier costo. Yo no tenía a nadie; el único miembro de mi familia había fallecido por mis acciones, pero trataba de apegarme a las enseñanzas que el Dr. me había dado.

Frínyer se convirtió en mi hermano; me ayudó a superar mis miedos producto de la pérdida. Cuando me sentía como un arma, él me recordaba que era humano. Él me decía que correr no era escapar, era avanzar. Me ayudó a enfocarme en el último deseo del Dr. y, de esa forma, nos convertimos en un equipo. Patrullábamos por nuestra cuenta, pero contábamos con el apoyo del otro.

Poco antes de que Frínyer muriera, en una de estas patrullas, la ciudad nocturna se extendía ante mí y la única luz provenía de la luna y los lejanos destellos de las farolas, que desprendían un aura tranquila y silenciosa. Me topé con él.

—¡Frínyer! Siempre es un placer encontrarte en estas noches caóticas.

Frínyer asintió, serio y tranquilo, ocultando tras su cubrebocas negro lo agradecido que estaba por mi aparente presencia.

—¿Qué novedades hay en la ciudad? —le pregunté.

—Ha sido una noche relativamente tranquila. —Tras un breve silencio, continuó—. ¿Te importa si te acompaño por un rato?

—No hay problema, siempre es agradable pasar un tiempo con vos.

A pesar de que teníamos habilidades extraordinarias, los patrullajes estaban llenos de tensión; siempre había alguien que necesitaba ayuda y a veces nuestros poderes no eran suficientes para salvar a cada persona. Compartíamos información sobre amenazas y bromas ocasionales para aliviar dicha tensión. A pesar de los desafíos constantes que enfrentábamos, la amistad era un rayo de luz en medio de la oscuridad de la ciudad.

—¿Crees que podremos mantener a salvo esta ciudad toda la noche? —preguntó Frínyer, reflexionando sobre ello con una mezcla de determinación y ligereza en su tono.

—Con nuestra combinación de habilidades, ningún mal podrá esconderse por mucho tiempo. Somos un buen equipo, ¿no crees? —respondí, esperando tranquilizar a mi compañero.

Frínyer asintió con una leve sonrisa de alivio en su rostro, apreciando la camaradería que se había forjado. Nuestra complicidad lograba que compartiéramos el mismo propósito: iluminar en la oscuridad de la noche.

—Frínyer, ¿alguna vez te has preguntado si todo este esfuerzo realmente cambia algo? —Miraba la ciudad sin expresión. Sentía que quería hacer esa pregunta desde que me había incorporado al patrullaje, después de la muerte del doctor.

Frínyer se detuvo por un momento a reflexionar, observando la fría ciudad que tenía ante sus ojos.

—A veces, me pregunto eso. Pero cada vez que salvamos a alguien, cada vez que hacemos que la ciudad sea un poco más segura, sé que vale la pena —respondió con convicción, tratando de ser firme.

—Supongo que tienes razón. Pero a veces, la magnitud de todo esto me abruma. La oscuridad nunca parece disiparse por completo —murmuré.

—La oscuridad puede ser implacable, pero somos la luz que la enfrenta. Y cada destello de luz, por pequeño que sea, importa. Juntos hacemos la diferencia —aseguró Frínyer con una leve sonrisa en el rostro.

Agradecí la comprensión silenciosa de mi amigo.

—A veces olvido que no estoy solo en esto.

Frínyer deslizó la mirada hacia el horizonte, donde las primeras luces del amanecer comenzaban a disolver la oscuridad de la noche.

—Athan Ross, hay algo que siempre he querido preguntarte. ¿Qué te llevó a convertirte en un vigilante de la noche?

—Una promesa, la promesa a la primera persona que me reconoció, que no creía que era una basura. ¿Y vos, mi amigo?

—La oscuridad es un lienzo donde las sombras revelan verdades ocultas. Encontré en la noche un eco silencioso que me susurraba la necesidad de velar por aquellos que caminan entre penumbras, proteger sus sueños cuando el sol se retira. La responsabilidad de ser un vigilante de la noche no nació de la elección, sino de la comprensión de que en la oscuridad también yace la posibilidad de guiar a otros hacia la luz.

Miraba al cielo mientras escuchaba esas palabras.

—¿Te arrepientes alguna vez? —alcancé a preguntar.

—Hay noches en las que las dudas acechan, pero cuando veo el impacto positivo que podemos tener, despejo esas sombras. ¿Y tú? —dirigió su rostro hacia mí. Apenas pude sonreírle con cierta melancolía.

—No sé si llamarlo arrepentimiento, pero a veces me pregunto si estoy corriendo hacia adelante para alcanzar algo que aún no comprendo del todo.

—Lo importante es hacia dónde vamos y cómo elegimos moldear el camino, Athan.

La noche continuó sin mayores problemas; mantuvimos la ciudad segura mientras protegíamos celosamente esa complicidad que compartíamos, nuestro propósito. Nuestras habilidades se complementaban y, al fusionarse en una danza armoniosa de acción y reacción, reflejaban la confianza y comprensión que solo la verdadera amistad podía forjar.

Siempre atesoraré esa noche de compañía; me ayudó a recordar que no estaba solo. Desgraciadamente, pasó lo que pasó con él… Ahora solo me queda seguir adelante y tratar de tener la sabiduría para descubrir la verdad.

—¿Así que sientes dudas sobre tu propósito? —Era la doctora Ashley Taylor. Estaba sentada frente a mí, con esa postura perfecta que no dejaba lugar a la vulnerabilidad. Su cabello recogido, el traje blanco impoluto y las gafas transparentes que reflejaban apenas la luz ambiental. Todo en ella gritaba control. Me senté. No respondí. Toda esta “cita” era emocionalmente atenuante para mí.

—Athan Ross, el duelo es un proceso doloroso y lento, pero con el tiempo vas a aprender a vivir con ello. Transforma ese dolor en fuerza.

Asentí. Tenía razón.

—Me pidieron que te asigne una misión. Quizá eso te ayude a reconectar con tu eje. Es un operativo de campo. Nada complejo, pero importante. Te puede servir.

Me puse de pie. La velocidad me llamaba. No por impulso, por necesidad.

—Gracias por escuchar.

—Gracias por confiar.

Salí sin mirar atrás. Sabía que esta cita con la psiquiatra estaba relacionada con mi duelo o su muerte. Sin embargo, mis instintos me indicaban que algo no cuadraba.

Instantes después, oficina de la Dra. Ashley Taylor.

La puerta se cerró con un clic suave. Ashley permaneció inmóvil por unos segundos. Luego, sin prisa, activó una grabación privada: 

«Paciente Athan Ross, alías Fastwave. Duelo en etapa activa. Alta intensidad emocional. Se recomienda observación indirecta bajo protocolo 9-23. Evaluar evolución conductual post-misión.»

Guardó la nota. Luego respiró hondo, se acomodó la ropa y volvió a sentarse. Como si nada hubiera cambiado. Como si todo estuviera medido. Y quizá, en su mundo, lo estaba.

(La leyenda de Rift Mender, Capítulo 2, 2026)

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