Paula Torregroza Pérez
Hay días en los que no quiero que me digan que todo va a estar bien, que después de la tormenta sale el sol, y que el dolor no es eterno; no porque haya perdido la esperanza ni porque no lo sepa. Les juro que lo tengo muy claro. Simplemente hay días en los que estoy triste y quiero poder estarlo.
Vivimos rodeados de frases de cajón, fórmulas mágicas, oraciones milagrosas, consejos que parecen diseñados para que salgamos de cualquier emoción incómoda en cinco minutos, y sé que muchas veces vienen desde el amor y la buena intención, pero es posible que cuando alguien está triste, no necesite que le recuerden que debe ser fuerte ni que le expliquen que todo sucede por alguna razón, o que le digan que piense positivo. A veces solo necesita que alguien se siente a su lado y no intente arreglarlo, porque hay dolores que requieren ser atravesados, no ignorados.
En esos días que el dolor me atraviesa a mí, simplemente quiero poder decir: «Me duele y punto». Permitiéndome habitar lo que siento, aceptando que en ese momento me frustra no tener todavía algunas de las cosas que deseo; me duele sentir que el tiempo pasa, me enoja mirar hacia adelante y descubrir que hay sueños que todavía están esperando, me pesa, algunas veces, no poder darme ciertas cosas que quiero, como viajar, conocer lugares, sentarme en un restaurante lujoso y pedir lo que me provoque sin mirar primero el precio, sentirme más cómoda con mi cuerpo, hacer cosas que durante años he postergado porque siempre hay algo más urgente, algo más importante, algo que pagar… Y también, aunque me cueste admitirlo, en ocasiones me siento estúpida por haber puesto el corazón por delante, por no haber sido más calculadora en ciertas cosas, por haber confiado, por haber apostado desde lo que sentía y no desde lo que quizá me convenía. Hay momentos en los que quisiera haber tenido un poco más de estrategia, un poco menos de corazón, haber sabido protegerme mejor; pero lo curioso es que el dolor pasa, y cuando pasa, cuando puedo mirar aquello con un poco más de distancia, contradictoriamente (algo muy típico en mí), termino felicitándome precisamente por lo mismo que durante la herida me reprochaba; entonces, me enorgullece haber elegido el corazón, haber sido capaz de sentir de verdad, de confiar, de entregarme sin convertirme en alguien que calcula cada movimiento para no salir lastimada y ¡eso también se vale! Puedo lamentar algunas consecuencias sin arrepentirme de la mujer que fui para vivirlas.
Por otra parte, no quiero que alguien venga a decirme que debería agradecer lo que tengo, como si agradecer y sentir tristeza fueran emociones incompatibles.
Puedo estar agradecida y estar triste.
Puedo reconocer todo lo hermoso que hay en mi vida y, al mismo tiempo, sentir que hay cosas que me faltan.
Puedo saber que soy fuerte y tener un día en el que no quiera serlo.
Puedo saber que estoy haciendo mi camino y, aun así, cansarme de caminar.
Quizás hemos confundido sanar con dejar de sentir. Nos han enseñado que superar es pasar la página, levantarnos rápido, sacar una enseñanza, convertir la herida en sabiduría y continuar, como si sentir demasiado fuera una especie de fracaso personal.
Y resulta que sanar consiste precisamente en quedarnos un momento ahí, en ese lugar incómodo donde todavía no tenemos respuestas, donde no sabemos qué hacer con lo que sentimos, donde lloramos sin saber exactamente por cuánto tiempo.
No se trata de quedarnos a vivir en el dolor, sino de aprender a escucharlo, porque quizá el dolor también tiene algo que decirnos, por ejemplo:
¿Qué te está mostrando esta situación? ¿Qué deseas que todavía no te has permitido nombrar? ¿Qué estás sosteniendo desde hace demasiado tiempo? ¿Qué necesitas soltar? ¿Qué parte de ti lleva rato pidiendo ser mirada? …
No siempre encuentras las respuestas inmediatamente, y creo que está bien, porque algunas respuestas necesitan silencio, una caminata, una conversación, una noche de insomnio, unas páginas escritas a mano, un café que se enfría mientras pensamos en la vida, o simplemente tiempo.
Yo, puntualmente, elijo atravesar el dolor de la mejor manera que pueda, no romantizarlo, no hacer de él una identidad, no quedarme instalada en la tristeza, pero tampoco negarla para parecer fuerte, positiva o evolucionada.
Elijo sentirlo y aprender.
Paradójicamente, cada dolor atravesado me ayudó después a alivianar un poco el equipaje de este viaje por la vida, porque con los años he entendido que crecer no consiste en llegar a un lugar donde nada vuelva a dolernos, sino en distinguir qué cosas vale la pena sostener y cuáles soltar.
Hay cosas que un día fueron necesarias y después se convierten en peso, personas que amamos y que ya no pueden acompañarnos, culpas que cargamos durante años sin preguntarnos siquiera si todavía nos pertenecen, versiones de nosotros mismos que alguna vez fueron indispensables para sobrevivir, pero que ya no necesitamos.
Tal vez de eso se trata también sanar, de hacer espacio para respirar mejor la vida.
Por eso, si algún día me encuentras triste, no necesitas tener una frase perfecta, no tienes que decirme que todo pasa ni encontrar inmediatamente la enseñanza escondida en mi dolor, tampoco necesitas recordarme que soy fuerte, porque seguramente ya lo sé.
Puedes simplemente decirme: «Estoy aquí» y quedarte.
En definitiva, eso es el amor: acompañar de verdad.
Porque no todo dolor necesita una solución inmediata; algunos dolores necesitan tiempo, silencio, una mano cerca, alguien que no se vaya mientras lo atravesamos.
Y quizá una de las formas más profundas de amar a alguien sea precisamente esa, permitirle sentir lo que siente sin intentar convertir inmediatamente su tristeza en otra cosa.
No quitarle el dolor, no explicárselo, no apresurarlo… Solo acompañarlo.
Porque hay momentos en los que no necesitamos que nos recuerden que la vida es hermosa. Necesitamos que alguien se siente a nuestro lado mientras nosotros, poco a poco, volvemos a reconectar con la magia de estar vivos.

