Por la Redacción Cultural
En 1998, José Saramago recibió el máximo galardón de las letras, el Nobel de Literatura que otorga la Academia Sueca. Como era de prever, al subir al escenario se aprestó a brindar el anunciado discurso de ganador, pero lo que no se esperaba era que tuviese palabras de cariñoso recuerdo hacia sus abuelos campesinos, iletrados y que llevaban una vida de simplezas. Anécdotas como que dormían a la intemperie en verano, o en invierno metían cerdos a su propia cama para guarecerlos del frío intenso de la campiña, surgieron pronto a la luz a partir de esa noche de octubre. A través de esos ejemplos demostraban que tanto Jerónimo como Josefa eran poseedores de una sabiduría práctica. «El hombre más sabio que conocí era analfabeto», decía en referencia a su abuelo.
El propio Saramago ostentaba una gran formación, si bien es cierto que no poseía grados académicos; tuvo que abandonar la educación secundaria por falta de recursos económicos y salir al mundo laboral a temprana edad. No obstante, se había instruido con avidez a través de lecturas y análisis de obras cuando ejercía el oficio de traductor.
Lector empedernido, autodidacta, paciente en el ensayo y error. Ha sido denominado como una de las mentes más lúcidas de la literatura universal.
Los antiguos griegos hablaban de un tipo especial de sabiduría práctica, aquella que no se adquiere con formación, sino que es producto del sentido común: la frónesis. Aquella inspiración que nos induce a tomar las decisiones correctas, mediadas por el buen criterio que, como consecuencia, nos dan la buena vida, como decía Aristóteles.
Saramago pasó mucho tiempo con sus abuelos durante largas visitas y cálidos veranos portugueses, lo que permite suponer que fue influenciado por ambos ancianos, y seguramente adquirió principios de esa sabiduría práctica que lo llevaron por el camino de la resiliencia.
A pesar de orígenes más que humildes, fue un luchador de la vida sin desánimo; tuvo varios empleos, hasta que una crisis económica importante en su país durante 1975 le hizo perder su sustento. Fue despedido de su trabajo de periodista. Aquella situación, que para muchos habría sido una crisis desalentadora, para él fue un desafío. Hoy, al pasar el tiempo, sus lectores y admiradores agradecen que Saramago haya quedado sin empleo, porque allí se volcó por completo a la escritura.
¿Tenía talento? Es considerado la máxima letra en el idioma portugués, pero quizás, sin la crisis del desempleo jamás lo hubiésemos disfrutado.
En mi ciudad existe un dicho popular: «Cuando se cierra una puerta, siempre queda abierta una ventana». Pero para ver la ventana se necesita de algo particular: la esperanza. Quizás Spinoza diría: «No hay esperanza sin miedo, ni miedo sin esperanza».
No sabemos qué tanto miedo sintió Saramago ante aquella situación, pero es evidente que la frónesis inculcada por sus abuelos se manifestó al mantener la calma e inclinarse por su pasión a tiempo completo.
Cuando sintamos que la puerta se nos cierra, pensemos que alguna ventana, por pequeña que sea, seguramente permanece abierta. No claudiquemos en nuestras esperanzas, perseveremos como el gran autor portugués, pero tengamos siempre presente que el éxito es producto del esfuerzo.
Saramago es sinónimo de talento, pero también lo es de resiliencia, de perseverancia y de claridad en sus objetivos. Maravilloso ejemplo para estudiarlo y asumir en nuestras vidas sus virtudes.

