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Escritor de inutilidades

Por la Redacción Cultural

Todos, en algún momento, nos hemos sentido «raros». Sería una maldición de no ser así. Es el signo de la unicidad y el inacabamiento con el que definen algunos filósofos la condición humana. A veces necesitamos un refugio de esta realidad, y la literatura, para muchos, es el medio atemporal e inespacial donde escabullirse.

Fernando Pessoa (1888 – 1935) es un genial escritor de inutilidades, con un estilo claro, aunque fragmentado, hasta caótico; sin embargo, nos insta a crear nuestro propósito a través de ser, según sus propias palabras, «capitanes de nuestra propia alma».

Uno de los mayores ejemplos es su magistral obra El libro del desasosiego sin un propósito literal de ser un libro. Su autor no deseaba que se publicara, eso le otorga cierto encanto. Una obra íntima, de sueños y esperanzas jamás concretados. Publicado post mortem, las versiones difieren, según las editoriales, entre 400 y 700 fragmentos, lo que hace que sea una obra prácticamente indefinible. No es narrativa, no es poesía, tampoco aforismos o filosofía, ni un diario. Aunque lo es todo al mismo tiempo y mucho más. Seguramente, entre los mejores del siglo XX.

No puedo dejar de encontrar ciertos paralelismos con la obra y vida de otro grande, Franz Kafka; de hecho, es un libro kafkiano, a mi humilde entender. Comenzado cuando su «autor» tenía 25 años y finalizado a los 47, justo cuando acababa su vida. Murió joven de cirrosis hepática por exceso de inspiración en el alcohol.

Es difícil saber si es realmente su pensamiento el que se retrata en esta obra, de allí las comillas que puse a la palabra autor en el párrafo anterior.  Aunque lleva su firma, el personaje principal es Bernardo Soares, uno de sus heterónimos —que no es un simple seudónimo, dado que un heterónimo es una construcción mucho más compleja, con un estilo, un pensamiento, una psicología y hasta una biografía propios—. Estos personajes son tan creíbles que, incluso, el propio José Saramago, connacional de Pessoa, pensó mucho tiempo que esos heterónimos eran seres humanos reales. Se cree que en toda su vida literaria concibió más de ochenta. Cada obra suya al mismo tiempo no le pertenece, sino más bien a sus variados alter egos. Aún los expertos tratan de ordenar su pensamiento y sus escritos, lo que probablemente en el futuro nos depare más sorpresas.  

Soares, o quizás Pessoa, explora profundamente la vida humana en la condición de necesitado de sentido para vivir. Con una vida rutinaria de burócrata contable que trabaja para Vázquez y Cía., recalca un síntoma más que evidente de la sociedad actual: la soledad. Aunque Pessoa murió en el siglo pasado, toca temas actuales como la monotonía del sin sentido, producto de no encontrar una identidad firme.

Escritor febril, extranjero a la realidad, casi místico, prefería su mundo interior; tal es así que algunos plantean la posibilidad de que jamás haya intimado sexualmente, a pesar de haber tenido una relación romántica. Su interés más bien se encontraba en la cotidianidad y la naturaleza.

Entre quienes lo influenciaron se percibe claramente a Platón, Nietzsche y Bergson, además de otros literatos. En el caso del último citado, se nota de qué manera caló en su ser la percepción del tiempo como un flujo ilusionario que nos hace creer que existen un pasado y un presente.

Lo que impacta de este autor, y he aquí su genial anticipación del posmodernismo, es su rechazo a la utilidad; por ejemplo, la belleza se encuentra en las cosas inútiles.

Si no tenemos propósitos claros u objetivos, la sociedad nos etiqueta como inútiles. Pero, sin embargo, cuando nos enfocamos en metas, no percibimos la belleza que está a nuestro alrededor y la vida pierde sabor. Por ejemplo, al perseguir únicamente dinero se puede sesgar la maravilla de la naturaleza y de las relaciones humanas.

El arte es la mayor destreza de la inutilidad; sin embargo, nos resulta una necesidad ontológica. En todas las culturas, aun las más primitivas, el ser humano ha tenido la necesidad del expresar arte, el cual nos libera, saca a flote nuestras potencias espirituales. Capacidades que nos llevan a criticar nuestra sociedad —entiéndase «criticar» con el significado «juzgar», que le da la etimología al término—. Porque juzgar y evaluar las construcciones sociales y políticas siempre es necesario, y en nuestro presente siglo es una capacidad casi en desuso.

Para finalizar este breve comentario sobre un personaje voluptuosamente rico, destaco la invitación que Pessoa nos hace a perder el temor de mirarnos al espejo y cuestionar nuestra vida en relación a la libertad, la superficialidad, los propósitos y, en definitiva, el sentido de la vida.

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