¿Sentís que en tu día a día hay espacio para perderte un poco, o llevás una vida demasiado rígida?
Hay días en los que el mundo se empeña en ponernos límites a todo. Nos levantamos, medimos el tiempo en unos cuantos mates y plazos de entrega, y nos movemos por la vida en piloto automático. Vos sos vos, yo soy yo, y cada cosa ocupa el estricto lugar que le asignamos para no enloquecer. Vivimos con el tiempo fragmentado, separados por distancias seguras.
Pero de repente algo nos atraviesa: un verso bien armado, una canción que nos conmueve o el roce con otra piel, y toda esa estructura se viene abajo.
Eso era lo que intentaba explicar Georges Bataille, un escritor francés que vino al mundo un día como hoy, allá por 1897, y que dedicó su vida a mirar de frente aquello que la gente bien pensante prefería ignorar. Según él, la poesía y el erotismo van por el mismo camino: el de anular las fronteras. Nos llevan a un estado de indistinción donde ya no hay etiquetas, donde ya no se sabe muy bien dónde empieza uno y dónde terminan los demás.
La poesía lleva al mismo punto que todas las formas del erotismo: a la indistinción, a la confusión de objetos distintos. Nos conduce hacia la eternidad, nos conduce hacia la muerte y, por medio de la muerte, a la continuidad: la poesía es la eternidad.
Georges Bataille
A primera vista suena rebuscado o demasiado solemne, pero en realidad es algo profundamente cotidiano. Pensemos en ese momento exacto en el que una lectura nos atrapa tanto que olvidamos quién somos y qué hora es, o en esa intimidad donde el ego se disuelve y el tiempo se detiene. Bataille decía que ambas experiencias —la poética y la erótica— nos arrastran hacia la muerte, no desde un lugar oscuro, sino como esa gran disolución de los límites.
Así como una gota de agua vuelve al mar y deja de ser gota para ser océano, nosotros también necesitamos de cuando en cuando perdernos para sentir que pertenecemos a algo más grande. Por eso, permitámonos habitar la vida un poco más livianos: regalémonos un rato sin apuros, leamos poesía, miremos más atardeceres, compartamos más tiempo con nuestros afectos y dejándonos atravesar por la belleza simple de lo que no se puede planificar.