El valor de lo irremplazable
Por Paula Torregroza
La Inteligencia Artificial llegó para quedarse; puedes pelearte con esa idea o puedes integrarla a tu vida de forma coherente, comprendiendo que resistirse a los cambios no siempre es una forma de defender lo que somos y que, muchas veces, esa resistencia se convierte en retrocesos.
La IA, como herramienta práctica, capaz de optimizar procesos, simplificar tareas y aportar eficiencia y excelencia al trabajo, me resulta fascinante. Hoy podemos elaborar un informe, redactar un mensaje, diseñar un plan de trabajo, estructurar un presupuesto y resolver en minutos tareas que antes nos tomaban horas, lo que, además de ser un hecho interesante, nos obliga a replantearnos la manera en que hemos incorporado el concepto de productividad.
Ahora bien, en medio de esta revolución tecnológica comienza a asomarse este interrogante que algunos se empeñan en ignorar: ¿Qué lugar ocupan las personas en todo esto?
Tengamos en cuenta que, por encima de los procesos, los indicadores, los resultados y las herramientas que utilizamos para alcanzarlos, lo verdaderamente importante siguen siendo las personas; esos seres humanos que se emocionan, razonan, dudan, temen, se frustran, se ilusionan y, algunas veces, necesitan que alguien los mire a los ojos y les pregunte cómo están, más allá de un simple protocolo de cortesía.
Recordemos esto: Somos lenguaje, cuerpo y emoción, una combinación maravillosa con la que construimos nuestra manera de habitar el mundo y relacionarnos con los demás. Tenemos la capacidad de amar, de abrazar, de comprender al otro desde el sentimiento, de conectar con las palabras y con los silencios, de reconocer una mirada triste detrás de una respuesta automática, de ofrecer presencia cuando no existen soluciones inmediatas y encontrar la magia de la palabra precisa, que contenga una carga emocional capaz de reconfortar, impulsar o imprimir en alguien un poco de confianza.
¡Es cierto! La inteligencia artificial puede identificar patrones en el lenguaje, analizar información y ofrecernos respuestas funcionales, pero la experiencia humana es mucho más que un conjunto de datos procesables, porque hay silencios que necesitan ser escuchados, emociones que requieren un espacio seguro y conversaciones difíciles, donde no necesariamente se requieren respuestas correctas, pues es suficiente con reconocer la humanidad del otro y la propia.
Justamente aquí es donde las organizaciones se encuentran ante uno de sus mayores desafíos, que consiste en incorporar a su cultura una verdad que durante mucho tiempo ocupó un lugar secundario frente a la dictadura de los resultados:
Las personas no son máquinas, ni recursos intercambiables; son seres sintientes y pensantes, capaces de aportar conocimiento, creatividad y experiencia, pero también son gestores de emociones que influyen en su desempeño, sus relaciones y su manera de asumir los retos.
Por otra parte, si las tareas pueden simplificarse hasta niveles impensables, si una herramienta puede ayudarnos a organizar el trabajo, reducir los tiempos de ejecución y mejorar los resultados, ¿qué sucede cuando el verdadero desafío no consiste solo en presentar un informe técnico, sino en liderar un equipo de seres humanos?
Porque una cosa es gestionar procesos y otra muy distinta es gestionar personas.
Surgen, entonces, otros interrogantes:
¿Quién gestiona las emociones cuando el equipo atraviesa una crisis?
¿Quién administra el tiempo sin olvidar que detrás de cada jornada hay personas con límites, responsabilidades y circunstancias particulares?
¿Quién sostiene una conversación difícil sin convertirla en un ejercicio de autoridad?
¿Quién acompaña desde la empatía, motiva cuando el entusiasmo se desvanece, impulsa cuando aparece el miedo, honra los esfuerzos que no siempre se traducen en cifras y contiene cuando alguien siente que ya no puede más?
La respuesta no debería ser una romántica negación de la tecnología, ni mucho menos una resistencia absurda a las posibilidades que nos ofrece. Se trata, más bien, de comprender que, junto con la transformación digital, también se requiere una transformación humana, porque de poco serviría incorporar herramientas de última generación si seguimos ejerciendo liderazgos anclados en el control excesivo, la rigidez, la indiferencia y la incapacidad de reconocer al otro.
La inteligencia artificial puede convertirse en una extraordinaria aliada del liderazgo, liberar tiempo operativo, aportar información para tomar mejores decisiones y facilitar procesos que antes consumían buena parte de nuestra energía.
El verdadero interrogante sería, entonces; ¿Qué haremos con ese tiempo recuperado? ¿Lo utilizaremos para acercarnos a las personas, escuchar mejor, construir confianza y desarrollar equipos más conscientes, o simplemente lo ocuparemos en producir todavía más, como si la eficiencia fuera un fin en sí mismo y no un medio para hacer mejor las cosas?
Y, fiel a mi vocación de coach, no puedo resistirme a seguir haciendo preguntas…
¿Puede la IA reemplazar la labor de un líder?
¿Puede convertirse en una herramienta que termine reemplazando a las personas? Algunas funciones ya están cambiando y otras inevitablemente cambiarán, pero reducir el liderazgo a la ejecución de tareas sería desconocer su dimensión más profunda, esa que tiene que ver con la capacidad de orientar, inspirar, tomar decisiones responsables y construir vínculos en medio de la incertidumbre.
Quizá el mayor riesgo no sea que la inteligencia artificial aprenda a hacer muchas de las cosas que hoy hacemos los seres humanos, sino que nosotros terminemos comportándonos como máquinas, obsesionados con cumplir, responder, producir y alcanzar objetivos, mientras olvidamos que ninguna organización puede sostenerse verdaderamente en el tiempo si sus resultados se construyen a costa de la dignidad y la salud emocional de quienes la conforman.
Tarde o temprano, llegará el día en que muchas de las tareas que hoy justifican nuestros puestos de trabajo y cargos podrán resolverse con una instrucción bien formulada y una plataforma adecuada. Tal vez entonces la diferencia ya no esté en quién sabe elaborar el mejor informe, construir el presupuesto más preciso o diseñar el plan de trabajo más eficiente, sino en quién es capaz de comprender lo que no aparece en los informes, reconocer lo que no cabe en un presupuesto y acompañar aquello que ningún plan de trabajo puede anticipar por completo.
Y cuando ese día llegue, mejor dicho, mientras termina de llegar, tendremos que preguntarnos qué estamos haciendo para potenciar aquello que nos hace humanos, porque el futuro del trabajo no dependerá exclusivamente de avances tecnológicos, sino también de la conciencia con la que decidamos utilizarlos.
La inteligencia artificial podrá ayudarnos a hacer mejor nuestro trabajo, pero la responsabilidad de construir organizaciones más humanas seguirá siendo nuestra, y considero muy peligroso e ingenuo creer que esa tarea se le puede delegar a la IA.
Paula Torregroza
Coach Ontológico, Ejecutivo y Laboral
Instagram: @paula.torregroza

