Por la Redacción Cultural
Su poesía es una de las voces más intensas y lúcidas de la literatura en español del siglo XX. En libros como Árbol de Diana, Los trabajos y las noches y Extracción de la piedra de locura, Pizarnik construyó un universo poético obsesionado con el silencio, la noche, la infancia, el doble y los límites del lenguaje, moviéndose siempre al borde del abismo.
Explicar con palabras de este mundo
—Árbol de Diana (poema 13)
que partió de mí un barco llevándome.
Estuvo fuertemente influenciada por el simbolismo francés, especialmente por Baudelaire y Rimbaud; de allí tal vez su etiqueta de «poeta maldita», categoría que se suscribe más bien a su escritura intimista, visceral y fronteriza, aunque también terminó funcionando como una profecía con su trágica muerte. También estuvo muy marcada por el surrealismo, que pondera la libre asociación de ideas y las imágenes insólitas del psicoanálisis, y que están muy presentes en su obra.
Un agujero en la alfombra de
—Árbol de Diana (poema 4)
la infancia.
Una flor que se abre y revela
un muerto.
Un reloj que late para que
no muramos.
Fue amiga de otros grandes autores argentinos como Julio Cortázar; ambos tenían en común, además de un estrecho vínculo, una profunda insatisfacción con la realidad cotidiana, aunque Pizarnik estaba atravesada por un pesimismo más sombrío, cercano a la locura. De hecho, su escritura funciona como un diario de sus propios estados mentales; versos que reflejan una sensación persecutoria, el desgarro de la identidad y una vulnerabilidad extrema, sin una distancia bien marcada entre el papel y la vivencia personal. También mantuvo una relación intensa pero un tanto compleja con Silvina Ocampo. Alejandra sentía admiración por ella, una devoción que quedó registrada en sus diarios como una especie de figura mítica, un «paraíso perdido» que deseaba poseer y ser.
Silvina: hoy me pregunté: ¿cómo sería el mundo si Silvina no hubiese nacido?
—Nueva correspondencia Pizarnik
Hoy en día, la obra de Pizarnik no se lee solo como un documento de sufrimiento individual, sino como una cumbre estética donde el dolor humano se transforma en lenguaje universal. Su escritura abrió un camino en la lírica hispanoamericana, especialmente para las mujeres poetas, y se convirtió en materia obligada para las nuevas generaciones de lectores: una escritura que nació del desamparo y que hoy sigue interpelándonos con la misma urgencia.

