Sáb 24 octubre ,2026
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Soltarte amándote

Manuel Galán (Santo Domingo, República Dominicana)

Una carta para quien todavía vive en mis recuerdos.

Descubrí que hay cosas
que mi boca nunca supo decir,
pero que mis manos,
cuando escriben,
consiguen confesar entre lágrimas.

La escritura se convirtió en mi terapia,
en el lugar donde puedo mirarme sin excusas
y reconocer a la persona que fui,
la que te amó,
la que se equivocó
y la que hoy intenta comprender
todo aquello que no supo ver a tiempo.

Por eso te escribo.

Para pedirte perdón
por mis actitudes caprichosas,
por las veces que mis deseos
pasaron por encima de tus sentimientos,
por haberte pedido que cambiaras
cosas que eran parte de tu esencia.

Hoy comprendo que no todas las formas de fallar
tienen el rostro de una traición.
También se hiere con los silencios,
con las palabras que nunca llegan,
con el amor que sentimos
pero que, por alguna razón,
no sabemos demostrar.

Perdóname por no haberte dicho a tiempo
lo feliz que me hacía estar contigo.
Por haber guardado en mi pecho
tantas palabras
que quizá habrían merecido escuchar tus oídos.

Y gracias.

Por cada te amo,
por los consejos que me diste,
por las aventuras que vivimos
persiguiendo una felicidad
que a veces confundimos con la perfección.

Gracias por las noches en la playa,
por tus brazos,
por hacerme sentir protegida
cuando el mundo parecía demasiado grande.

Por preocuparte por mí,
por intentar ayudarme,
por enseñarme un mundo que desconocía
y escucharme cuando el mío se oscurecía.

Gracias por amar a las niñas,
por desvelarte,
por esperarme con comida después del trabajo,
por sobarme los pies cuando me dolían,
por cada palabra que me sostuvo
en mis momentos de ansiedad y tristeza.

Eran cosas pequeñas,
lo sé.

Pero nunca te dije
que algunas de ellas
me llenaban el alma.

Quizá creí que tendríamos más tiempo,
que podría agradecerte después,
que siempre habría otra noche,
otra conversación,
otra oportunidad para decirte
lo mucho que significabas para mí.

Y ahora tengo que aprender
a vivir con todo lo que sentí
y nunca te dije.

Una parte de ti se quedará conmigo.
No sé cuánto tiempo,
ni en qué rincón de mi memoria,
pero sé que habrá un lugar
al que nadie podrá llegar
de la misma manera que tú.

Por eso me invade la nostalgia
cuando recuerdo nuestros caminos,
cuando pienso en lo que fuimos
y en todo lo que alguna vez
imaginamos ser.

Al principio no quería aceptarlo.
Me negaba a comprender
las palabras que hoy escribo
en esta carta de despedida.

Imaginar mis días sin ti
era una tortura.

¿Cómo se aprende a vivir
sin la voz que tantas veces esperamos?
¿Cómo se acostumbra el corazón
a una ausencia que todavía ama?
¿Cómo se despide una
de alguien que aún reconoce
en tantos pequeños detalles de la vida?

No lo sé.

Solo he comenzado a comprender
que amar también significa
dejar de sujetar aquello
que ya no puede permanecer.

No quería que nuestras risas
terminaran enterradas
bajo la decepción,
la desilusión
y todas las tristezas
que fuimos acumulando.

No quería recordar nuestro amor
como una herida abierta,
sino como algo hermoso
que, a pesar de sus errores,
alguna vez nos hizo felices.

Por eso decidí conservar lo mejor de ti.

Tu risa.
Tu mirada.
Tus maneras de quererme.
Los sentimientos que me entregaste
de mil formas diferentes.

Quiero que esa sea la parte de ti
que permanezca en mí,
porque algún día,
cuando vuelva a dudar de mi valor,
necesitaré recordar
que merezco un amor
en el que también pueda sentirme maravillosa.

Tengo errores,
muchos más de los que quisiera,
pero mis errores no borran
todo lo bueno que existe en mí.

Y tú, sin saberlo,
me ayudaste a comprenderlo.

Me despido de este modo
porque, si te tuviera enfrente,
quizá las palabras se me quebrarían
antes de alcanzar tus oídos.

Se me haría un nudo en la garganta,
bajaría la mirada
y terminaría callando
todo aquello que hoy,
por fin,
me atrevo a decirte.

Porque despedirse de alguien
que ha dejado tanta huella
no es solamente decir adiós.

Es aprender a mirar los recuerdos
sin correr detrás de ellos.
Es aceptar que hubo un nosotros
y que, aun así,
la vida tiene que continuar.

También debo reconocer algo:
tenías razón en muchas cosas
que entonces no entendía.

Tuve que alejarme
para mirar de frente
la vida que llevaba,
las personas que me hacían daño,
las voces que alimentaban mis dudas,
todo aquello que poco a poco
me estaba hundiendo.

Había cosas fuera de mí
que no sabía cómo enfrentar,
y terminé permitiendo
que también se interpusieran entre nosotros.

Necesitaba descansar,
comer mejor,
cuidar de mi cuerpo,
aprender a quererme
y dejar de abandonarme
mientras intentaba sostenerlo todo.

He tenido que quedarme sola
para escucharme de verdad.

Y en ese silencio
comencé a reconocer mis fallas,
mis errores,
las cosas que no quiero repetir
con nadie,
ni siquiera conmigo misma.

Quizá ese sea el precio
de comprender algunas lecciones:
llegar a entenderlas
cuando ya no podemos volver atrás
para hacer las cosas de otra manera.

A veces pienso
que mi castigo será no tenerte,
porque te anhelé con toda el alma,
te imaginé tantas veces a mi lado,
deseé tanto que llegara el día
en que finalmente te tuviera…

Y cuando te tuve,
no siempre supe amarte
como merecías.

Los dos nos equivocamos.
Los dos dejamos heridas.
Y aquella historia
que alguna vez me pareció
el amor más hermoso del mundo
también terminó convirtiéndose
en una pesadilla.

No escribo esto para culparte,
ni para convertirme en la única culpable.

Lo escribo porque ahora puedo mirar
lo que antes no quería ver.

Yo no quería abandonarte.
No quería que nuestra historia terminara.
Pero tuve miedo de seguir
repitiendo los mismos errores,
de lastimarte otra vez,
de convertir nuestro amor
en un lugar donde ambos
termináramos perdiéndonos.

Y entonces hice algo
que nunca imaginé tener que hacer:

te solté
mientras todavía te amaba.

Y no sé si alguna vez
habrá una palabra suficiente
para explicar lo que eso significó.

Conocí un dolor
que no sabía que podía existir.
Hubo días en que me sentí muerta
mientras seguía respirando,
noches en las que lloraba
hasta quedarme dormida
y mañanas en las que las lágrimas
volvían antes que las palabras.

Mi propia casa llegó a sentirse
como una cárcel.

Y hubo noches
en las que abracé tu buzo
imaginando que eras tú,
como si la tela pudiera engañar a la ausencia,
como si todavía pudiera encontrar
un poco de tu calor
en algo que ya no podía abrazarme.

Esperé tu llamada.

Esperé escuchar de tus labios
que lo intentáramos otra vez,
que lucháramos,
que todavía quedaba algo
por lo que valía la pena quedarse.

No voy a mentir:
una parte de mí
deseaba que aparecieras.

Pero no lo hiciste.

Y hoy, aunque me duela admitirlo,
te agradezco que no lo hicieras.

Quizá, si hubieras regresado,
yo habría confundido el alivio
de volver a tenerte
con la certeza de haber cambiado.

Quizá habría vuelto a tus brazos
sin aprender todavía
a cuidar de mí,
sin comprender mis errores,
sin saber qué hacer
con todo aquello que nos había roto.

Tu ausencia me obligó a mirarme.

Y aunque no puedo agradecer el dolor
como si no hubiera dejado heridas,
sí puedo reconocer
lo que aprendí mientras intentaba sobrevivirlo.

Por eso no quiero llamar castigo
a todo lo que me queda por vivir.

Quiero aprender.
Quiero cambiar.
Quiero convertirme en alguien
que no vuelva a herir
por no saber qué hacer con sus propios miedos.

Y también quiero que tú seas feliz.

Que encuentres la paz que buscas,
que cada día te acerques más
a la persona que deseas ser,
que nadie te obligue a renunciar
a aquello que hace que seas tú.

Que luches por lo que amas,
que cuides tus sueños
y que nunca olvides
que también mereces ser amado
sin tener que dejar de ser tú mismo.

No sé qué será de nosotros
cuando el tiempo haya pasado.

No sé si volveremos a cruzarnos,
si alguna vez nuestros nombres
volverán a encontrarse en una conversación
o si terminaremos siendo
dos desconocidos que alguna vez
supieron demasiado el uno del otro.

Pero sé lo que siento hoy.

Te amaré de una manera
que todavía no sé explicar,
aunque ya no pueda pedirte
que permanezcas a mi lado.

Y no sé si ese hilo rojo
del que tantas veces hemos escuchado hablar
estará realmente atado a ti,
si existe un destino que nos une
o si hay amores que simplemente
llegan para cambiarnos la vida.

No tengo respuestas para todo.

Solo sé que, a pesar de lo malo,
no quiero quedarme con el rencor.

Me quedo con las noches en la playa,
con tus abrazos,
con las palabras que me sostuvieron,
con las niñas,
con la comida que me esperaba,
con tus manos cuidándome los pies,
con las pequeñas formas
en que alguna vez me hiciste sentir amada.

Me quedo con lo bello,
no porque lo demás no haya existido,
sino porque no quiero que nuestros errores
sean lo único que sobreviva
de una historia que significó tanto.

Gracias por haber formado parte de mi vida.
Gracias por lo que me diste,
por lo que intentaste,
por lo que fuimos
y por aquello que, sin saberlo,
me enseñaste a descubrir de mí misma.

Perdóname por lo que no supe hacer.
Perdóname por lo que callé.
Perdóname por las veces
en que no fui capaz de amarte mejor.

Y si alguna vez me recuerdas,
espero que no recuerdes solamente
a la mujer que se equivocó.

Recuerda también a la que te amó,
a la que soñó contigo,
a la que intentó encontrar la felicidad
en los caminos que recorrieron juntos.

A la que, incluso rota,
tuvo que reunir el valor
para dejarte ir.

Porque, de todas las despedidas
que pude haber imaginado contigo,
nunca pensé que la más difícil
sería esta:

tener que aprender a vivir sin ti
sin dejar de agradecer
que alguna vez formaras parte de mi vida.

Hoy cierro esta carta,
pero no voy a fingir
que con ella se termina todo lo que siento.

Hay recuerdos que tardan en irse.
Hay amores que no desaparecen
solo porque una historia termina.

Y hay personas que dejan en nosotros
algo que el tiempo no borra,
aunque la vida nos enseñe
a continuar sin ellas.

Tú dejaste algo en mí.

Y aunque ya no pueda caminar a tu lado,
hay una parte de nuestra historia
que siempre llevaré conmigo.

No para vivir atada al pasado,
ni para esperar eternamente tu regreso,
sino para recordar que te amé,
que también me equivoqué,
que aprendí demasiado tarde algunas cosas
y que, aun con todo el dolor,
hubo algo hermoso entre nosotros.

Eso es lo que elijo guardar.

Eso es lo que te agradezco.

Y esta vez,
aunque me duela,
te dejo ir.

Con amor, incluso desde la distancia
que hoy nos toca habitar.

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