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La clase social y la sociología en la Premio Nobel de Literatura Annie Ernaux

Por Nicolás Milanesi

Este texto se preparó a fin de aportar herramientas sociológicas para acompañar la lectura de la obra de Annie Ernaux en el marco del Club del Libro de Juanele de septiembre de 2026.

«Porque después de todo he comprendido / Que lo que el árbol tiene de florido / Vive de lo que tiene sepultado». Francisco Luis Bernárdez, Soneto «Para recobrar lo recobrado».

«Todos somos seres sociales y eso es lo que hace a mi necesidad de escribir, ese sentimiento de pertenecer a un todo. La clase social es uno de los elementos en los que se fundamenta el individuo, dado que nacer en algún lugar implica por fuerza también nacer en un entorno social determinado.» Annie Ernaux, Entrevista en Página Dos (La 2).

La escritura como cuchillo y la desmitificación del «Yo»

Abordar la obra de Annie Ernaux (Normandía, 1940; Premio Nobel de Literatura 2022) exige desaprender las categorías tradicionales de la autobiografía y de la ficción esteticista. Ernaux no escribe para edificar un altar al ego ni para componer ficciones de evasión; sus textos son, ante todo, exploraciones clínicas de las estructuras de dominación que atraviesan la existencia individual. En sus propias palabras, la escritura funciona como una navaja, un cuchillo: la herramienta precisa para desollar la superficie del sentido común y dejar al descubierto las marcas de la clase social, la pertenencia cultural y las heridas del origen.

Para analizar la dimensión sociológica de su narrativa, el punto de partida radica en comprender que Ernaux rechaza la etiqueta de «autoficción». Su propuesta se alinea directamente con lo que ella misma y la teoría crítica denominan autosociología o autobiografía impersonal. El «yo» narrativo de Ernaux no busca ser un fin en sí mismo, sino un instrumento de objetivación: un microscopio sociológico para iluminar la experiencia colectiva de toda una clase social.

El marco sociológico: Pierre Bourdieu, el Habitus y el Tránsfuga de Clase

Para comprender la densidad analítica de obras como Los armarios vacíos (1974) o Una mujer (1987), resulta imprescindible trazar un puente teórico con la sociología de Pierre Bourdieu (1930–2002). La propia Ernaux ha reconocido que la lectura de obras clave de Bourdieu como La distinción y Los herederos significó un punto de inflexión decisivo en su vida: le permitió entender que su dolor, su incomodidad de clase y su sentimiento de culpa no constituían patologías psicológicas individuales, sino un fenómeno estructural derivado de la movilidad social.

El concepto de Habitus en Cascada describe el proceso de transformación y fractura de la identidad social a lo largo de tres etapas clave. En un primer momento se configura el habitus primario, forjado en las clases populares y en el entorno del bar-tienda, caracterizado por un lenguaje corporal directo, una voz fuerte y un tono defensivo, acompañados por la prudencia económica y el imperativo moral de la dignidad. Posteriormente, se produce la ruptura escolar y consagración académica, fase en la que el individuo adquiere la «lengua culta» y la «voz almibarada», alcanzando el dominio de las credenciales y los títulos escolares. Finalmente, este tránsito deriva en un habitus dividido o laminado, propio del «tránsfuga» de clase, quien experimenta una doble extranjería al no pertenecer plenamente ni a la burguesía ni a la clase obrera pura, lo que mantiene una tensión corporal persistente y una constante vigilia reflexiva. 

¿Todos tenemos voz? Discurso, acto y resistencia

En la teoría sociológica de Bourdieu, las clases dominadas habitualmente no hablan: son habladas por las instituciones y por las élites que monopolizan el capital lingüístico. Frente a esto, la sentencia del escritor y sociólogo argentino Fogwill, «Yo escribo para no ser escrito», resulta explicativa de la fuerza de la literatura de Ernaux.

Esta tensión remite a las reflexiones de Hannah Arendt en La condición humana (1958) sobre la revelación del «quién» a través de la articulación de la voz (el discurso) y la acción (el acto) en la esfera pública. En palabras de Arendt, un acto desprovisto de palabra pierde la significación de su origen; cuando las personas renuncian a su propia voz y ejecutan actos en silencio dentro de maquinarias burocráticas o estructuras de opresión, surge la alineación y la banalización de la experiencia humana. Ernaux toma la palabra precisamente para devolverle densidad política al acto silenciado de los sectores populares y de las mujeres.

Clase social: Marx, Weber y la especificidad del marco argentino

Para no reducir el análisis de clase social al mero esquema de pirámide de nivel de ingresos —un modelo estratificacional funcionalista propio de los estudios de mercado que divide a la sociedad por volumen de dinero—, debemos recordar las categorías fundamentales de la teoría sociológica:

  • Karl Marx: Define las clases sociales a partir del lugar que ocupan los individuos en el proceso productivo y su relación con la propiedad de los medios de producción (proletarios vs. burgueses). En Marx, el trabajo alienado se experimenta como una fuerza externa que niega al sujeto, mientras que la falsa conciencia opera cuando el dominado asume la ideología del dominador (el aspiracionismo).
  • Max Weber: Introduce un modelo tridimensional de estratificación basado en el poder:
  1. Clases (orden económico / situación en el mercado).
    1. Estamentos (orden social / estatus, honor, prestigio, pautas de consumo y estilos de vida).
    1. Partidos (orden político / lucha por el poder).

El marco teórico de Weber aborda la estratificación a través de tres dimensiones clave. En primer lugar, la dimensión económica de la clase se evidencia en la ubicación de los padres de Ernaux como pequeños comerciantes al frente de un bar-tienda en una ciudad obrera. En segundo lugar, la dimensión del estamento (social y honor) se manifiesta a través del consumo cultural, el léxico, los modales, la postura corporal y la profunda vergüenza experimentada frente a la «gente bien». Finalmente, la dimensión de las credenciales académicas se articula al concebir a la escuela y la universidad como mecanismos de monopolio cultural y cierre estamental. 

Los intelectuales y letrados constituyen un estamento en términos weberianos: su autoridad no emana directamente de la posesión de capital financiero, sino de la monopolización de los títulos educativos, las credenciales culturales y la interpretación de la verdad. Ernaux, al formarse como profesora de Literatura Moderna e ingresar a las aulas universitarias, experimenta el tránsito no solo de clase social sino también estamental, que la aleja del bar-tienda de sus padres.

El contraste con la movilidad social en Argentina

A diferencia de la sociedad francesa —históricamente más estanca y rígida en sus fronteras de distinción cultural—, la Argentina conoció importantes procesos de movilidad social ascendente vía educación pública universal (desde la inmigración de fines del siglo XIX) y vía dignificación del trabajo (durante el Peronismo). La emblemática frase atribuida al conservador Robustiano Patrón Costas sobre los derechos laborales: «Lo que nunca le voy a perdonar a Perón es que… el negrito que venía a pelear por su salario se atrevía a mirarnos a los ojos. ¡Ya no pedía, discutía!»… sintetiza la disputa por la dignidad y el rechazo a la sumisión estamental.

Del mismo modo, la sociología de Guillermo O’Donnell señalaba que frente al ritual jerárquico del poder («¿Você sabe com quem está falando?» o “¿Usted sabe con quién está hablando?”, donde una persona de clase alta busca imponer respeto o sumisión a un empleado o subalterno, estudiado en Brasil por Roberto DaMatta), la cultura popular argentina suele responder con un desafío desmitificador («¿Y a mí qué mierda me importa?») que busca desarmar el privilegio estamental en la vida cotidiana.

Sin embargo, como canta Fito Páez en Tumbas de la Gloria:

«Pero me escapé hacia otra ciudad / y no sirvió de nada porque todo el tiempo estaba yo / en un mismo lugar, / y bajo una misma piel, y en la misma ceremonia…»

Esta estrofa expresa poéticamente lo que Bourdieu teorizó como la incorporación duradera del habitus: la imposibilidad de borrar el origen mediante el simple desplazamiento geográfico o el éxito profesional. La procedencia permanece grabada bajo la piel, en los gestos, en las vacilaciones y en el sentimiento de inautenticidad.

Los armarios vacíos (1974): La violencia del aborto y la esquizofrenia lingüística

En su obra debut, Ernaux adopta la voz de Denise Lesur, una joven universitaria que atraviesa la experiencia traumática de un aborto clandestino en su habitación estudiantil. La novela abre denunciando la ceguera de la alta cultura: «Pero los libros no abordan estas cuestiones».

En Los armarios vacíos, la fractura lingüística expone la tensión irreconciliable entre dos universos culturales y discursivos. Por un lado, el espacio del bar-tienda encarna «lo real», caracterizado por un lenguaje directo, el bullicio de los gritos y el pulso del mercado popular, donde la protagonista experimenta una sensación de sentirse basta y sosa al medirse frente a las «chicas bien». Por otro lado, la escuela privada y la universidad representan «el simulacro», un entorno que exige adoptar una voz «almibarada», acatar estrictas normas de cortesía y perseguir los dieces académicos, reservando el uso de las «palabras nuevas» de manera exclusiva para el ámbito de la escritura. 

La esquizofrenia lingüística y la doble pertenencia

Denise Lesur crece en el ambiente ruidoso de un bar-tienda de provincia. Al ingresar a la escuela privada, descubre la existencia de dos mundos irreconciliables que exigen dos lenguajes distintos:

  • El lenguaje del origen: La oralidad del bar, el grito de la madre, la falta de sintaxis pulida, el vocabulario directo de los obreros y clientes.
  • El lenguaje escolar: La voz «embaucadora, almibarada» exigida por las maestras, el tono pausado de la burguesía.

Esta bifurcación genera una verdadera esquizofrenia: «Llevo dentro de mí dos lenguajes». Incapaz de adoptar la pronunciación refinada en la conversación oral sin sentir que traiciona su casa, Denise reserva las palabras cultas para la escritura. Las buenas notas y los dieces en la escuela funcionan como su único «sostén, mi caparazón» para defenderse de la condescendencia de sus compañeras de mayor estatus social.

El habitus como marca física de la pobreza

A través de la mirada de Denise, la distinción de clase se revela no como una abstracción teórica, sino como una encarnación biológica:

  • La «Gente Bien»: Posee una «ligereza» natural, gabardinas impecables, autos, modales discretos y, sobre todo, la capacidad de protestar con soltura y voz alta ante la autoridad sin vacilar. Denise creía ingenuamente que estas diferencias eran dones innatos.
  • Las Clases Populares: Llevan el trabajo inscripto en el cuerpo: manos de uñas negras, andares desgarbados, espaldas encorvadas, rostros desgastados y la timidez que hace que los padres de Denise «tartamudeen delante de los tipos importantes, el notario, el oculista».

La venganza del tránsfuga y la ruptura con la élite

El ascenso académico es vivido por Denise como un desquite amargo: «Hoy les he puesto la venganza en bandeja… Estudiante universitaria, es algo demasiado especial». Sin embargo, esta misma consagración escolar termina mostrándole la fealdad de su entorno primario, cerrándole la puerta a la calidez de su hogar y convirtiendo a sus padres en «unos extraños» objetivados.

Al mismo tiempo, Denise reacciona con cólera contra la hipocresía universitaria: aborrece las «chorradas de intelectuales» de las aulas docentes que romantizan la «sabiduría del labriego» o la «ingenuidad del pueblo» sin haber convivido jamás con la dureza de la vida popular.

Una mujer (1987): El imperativo de la dignidad y la madre como enemiga de clase

En Una mujer, escrita tras el fallecimiento de su madre, Ernaux lleva a cabo un ejercicio magistral de autosocioanálisis. Rechazando la hagiografía familiar, busca situar la violencia, las ambiciones y las contradicciones de su madre en el marco de su historia y su condición social.

La polaridad del hogar parento-materno en Ernaux refleja dos posturas contrapuestas frente a la condición de clase y la cultura dentro del núcleo familiar. Por un lado, la figura del padre encarna la resignación a su propia condición, evitando conscientemente los lugares «fuera de su sitio», mostrando indiferencia hacia el «hablar bien» y representando los espacios de diversión y calma. Por otro lado, la madre impulsa un firme deseo de superación «cueste lo que cueste», guiada por la obsesión de aprender, leer y mantener el estatus. Esta actitud se manifiesta en un trato casi sagrado hacia los libros ¡llegando a lavarse las manos antes de tocarlos!, y en encarnar la ley, la autoridad y el constante estímulo escolar dentro del hogar. 

La escritora como «Archivista» de la pobreza

La abuela de Ernaux poseía un saber doméstico ancestral transmitido por generaciones de mujeres para sobrevivir en la escasez: reutilizar la ceniza de la leña para la colada, aprovechar la nata de la leche, usar el pan duro y conservar el calor de las estufas. Ernaux asume que, al convertirse en intelectual, esa cadena histórica de saberes prácticos se interrumpe definitivamente en su persona: «Ese saber, transmitido de madres a hijas durante siglos, se detiene en mí que sólo soy la archivista».

La «Obrera Seria» y la obsesión por la dignidad

La madre de Ernaux, trabajadora desde los doce años en una fábrica de margarina, libró una batalla constante para evitar el destino más probable de las jóvenes obreras: la miseria, el alcoholismo o la marginación. Su imperativo era la dignidad: andar pulcros, vestir a la hija sin agujeros ni manchas y repetir con orgullo la máxima «valemos tanto como ellos» frente a las clases acomodadas.

Para la madre, la cultura y la educación representaban el único canal de emancipación legítimo: estimulaba a su hija a estudiar para que «no fuera menos que las demás».

La fractura: La hija como «Enemiga de Clase»

Sin embargo, el éxito del proyecto materno genera una paradoja dolorosa. A medida que la hija se cultiva y se inserta en el medio burgués académico, la brecha cultural entre ambas se vuelve insalvable:

  1. La pérdida de la simetría: La madre descubre la distancia insuperable entre «el hecho de cultivarse y el hecho de ser una persona culta». En ciertos momentos, al ver a su hija hablar de literatura o filosofía con naturalidad burguesa, percibe en ella a una verdadera «enemiga de clase».
  • El miedo al desprecio: Ante la boda de su hija con un universitario de clase media-alta, la madre vacila entre el orgullo del ascenso social de su descendencia y el pánico a ser objeto de un desprecio velado bajo formas de «exquisita cortesía».
  • El desenlace sociológico: Al morir la madre tras padecer Alzheimer, Ernaux comprende el significado profundo de su pérdida: «Perdí, con su muerte, el último nexo con el mundo del que salí».

Convergencia teórico-artística: El Autosocioanálisis y la Autogeografía

El autosocioanálisis desarrollado por Bourdieu y Ernaux propone una ruptura explícita con la «ilusión biográfica» tradicional, utilizando el «yo» no como un fin narcisista, sino como una herramienta precisa de conocimiento objetivo. En segundo lugar, el abordaje de la herida social permite transformar la crisis personal, el sentimiento de inautenticidad y la culpa del tránsfuga en un capital analítico revelador. Por último, el concepto artístico de autogeografía, reflejado en la obra de Kevin Johansen, ilustra el acto de cruzar fronteras sociales y culturales sin borrar jamás el mapa del origen, manteniendo vivas las tensiones de la procedencia «bajo una misma piel» (como reza la canción Tumbas de la gloria de Fito Paez). 

  1. La ruptura con la «Ilusión Biográfica»: Tanto Bourdieu en Esbozo de un autoanálisis (2004) como Ernaux en sus relatos rechazan la autobiografía convencional que presenta la vida como un desarrollo lineal y armónico guiado por la voluntad personal. Ambos ejercen el autosocioanálisis: someter las propias vivencias, fracasos y elecciones al escrutinio crítico de las fuerzas sociales que las condicionaron.
  • La conversión de la herida en capital analítico: Cruzar de un mundo social a otro genera sufrimiento, culpa de traición y sentimiento de impostura. No obstante, Ernaux y Bourdieu demuestran que, si esa fractura interna se somete al análisis reflexivo, la crisis personal deja de ser una tara para convertirse en un capital de conocimiento único.
  • Autogeografía e identidad nómada: Tal como conceptualiza el músico Kevin Johansen en su obra («Anduve por el Norte, anduve por el Sur / Como ‘autogeografía’ y en un eterno tour…»), la identidad no se define por un punto fijo, sino por el mapa de las fronteras cruzadas. La travesía de Ernaux desde la Normandía popular hasta la cima del reconocimiento literario mundial es una geografía de clase donde los territorios transitados permanecen vivos, conviviendo bajo una misma piel.

Lic. Nicolás Milanesi – Sociólogo (UBA)
Mail: nicolasmilanesi@outlook.com
Instagram: @milanesinicolas

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