ESPECIAL DE CLEO
En una charla íntima y profunda, la poeta goyana María Verónica Filippi Farmar repasa su historia: desde aquellos seis años en los que buscaba versos en la última página de los libros escolares, hasta la publicación de sus poemarios. Un testimonio valiente sobre cómo vencer el miedo a la hoja en blanco, el refugio de la música en la soledad y la convicción absoluta de que la literatura no pertenece solo a los consagrados, sino a cualquiera que use la palabra para iluminar a los demás.
Verónica, mencionás que la música y la poesía van de la mano. ¿Cómo conviven y se alimentan estos dos lenguajes en tu proceso creativo?
Mi hobby principal es escribir, especialmente poesía, y también la música. Amo esta última y siempre sentí que ambas disciplinas están muy vinculadas. Si bien el estilo y la temática poética cambiaron mucho, en un principio este arte estaba muy relacionado con lo musical; de hecho, la palabra «lírica» proviene del instrumento lira, con el que los griegos ejecutaban sus composiciones.
Yo lo siento así: cuando escribo, siempre hay en mi interior un ritmo y una métrica que se reflejan en el papel, elementos unidos a algo que para mí es pura melodía. Por eso van de la mano y son los pasatiempos que más disfruto.
«Mi hobby principal es escribir, especialmente poesía, y también la música. Amo esta última y siempre sentí que ambas disciplinas están muy vinculadas».
Mirando hacia atrás, ¿Cómo evolucionó ese impulso literario y qué valor vital tiene hoy para vos la escritura?
Lo siento como respirar; es lo que le da sentido a mi existencia. Lo hago desde chica, sin saber exactamente que quería ser poeta o dedicarme a esto de lleno. Lamentablemente, no se puede vivir de la poesía; son muy pocas las personas que lo logran. Por otro lado, para trascender a veces se necesita dinero, relaciones cercanas con gente de cierto poder adquisitivo, fama o llegada a las editoriales y medios de comunicación.
Sin embargo, si pienso en lo que experimento cada vez que compongo un poema, creo que eso no se compra con nada en el mundo. Me hace sentir viva, me eleva del lugar en el que estoy y me llena de inspiración. Es como un estado de éxtasis. Solo puede comprenderlo o sentirlo otra persona que comparta esta o cualquier otra pasión.
Como mencioné antes, vinculo estrechamente la poesía con la música: escuchar canciones o cantar me transportan a ese mismo trance. Puede sonar exagerado para quien no lo haya vivido, pero es lo que siento realmente. Empecé desde muy chica. Me inspiré a los seis años, cuando mi madre me compró los textos escolares. En el libro de Lengua, en la última página, siempre estaban los autores y sus poemas; quizás eso también sea un reflejo del espacio marginal que lamentablemente se le da a este género. Como mis padres no tenían la costumbre o el conocimiento sobre la importancia de un libro en las manos de un niño, no contábamos con una biblioteca en casa. Por eso, cada año, cuando recibía ese manual de Lengua, sabía que al final me iba a encontrar con lo que más me gustaba. Pero el entusiasmo duraba un día o un rato, porque esas páginas se terminaban y ya no tenía qué leer. Creo que fue por eso, o por una pulsión interna que no sé explicar, que comencé a escribir para imitarlos.
¿Qué leías en los años de tu niñez?
En la década del 80, en esos libros figuraban autores como Rubén Darío, Baldomero Fernández Moreno, Antonio Machado o Juan Ramón Jiménez; poetas clásicos españoles y algunos latinoamericanos que me marcaron profundamente. Quizás eso se transmita hoy en mis textos, que tienen una veta existencialista, melancólica y con rima. Aunque también intento escribir en verso libre, siempre algo me arrastra de vuelta a la métrica rimada. Con los años, la rutina, el trabajo y las distintas situaciones de la vida hacen que el deseo disminuya un poco, pero la escritura siempre está ahí, firme en mis mejores intenciones y en mis más hondos deseos.
Entre los autores que me marcaron, destaco a Mario Benedetti, quien me encanta. El primer libro que tuve de él me lo regaló mi madre: se titula Inventario Dos y es una recopilación de sus poemas. De su obra me cautivó su estilo, su cercanía con el lector y el uso de palabras sencillas. Benedetti demostró que no se necesita escribir de forma elevada o compleja para llegar al corazón, hacerse entender o dejar un mensaje profundo. Leí diferentes libros de poesía suyos; si bien también consumo narrativa, mi debilidad absoluta son los poemas, así que son los textos que más tengo presentes en este momento.

¿Cómo fue tu experiencia con el mundo de la edición y de qué manera los lectores pueden adquirir actualmente tu poemario Mayéutica?
Respecto a las obras que escribí, la primera fue editada por un sello —creo que de Perú, no lo recuerdo con exactitud— bajo una modalidad «en el aire»; es decir, uno tenía que comprar los ejemplares que quería, ellos los imprimían y luego quedaba en manos de uno venderlos.
En cambio, la última editorial con la que publiqué es Tinta Libre, de Córdoba. Si alguien quiere adquirir ese poemario, titulado Mayéutica, puede consultarme directamente a mí porque tengo ejemplares, o bien comprarlo de forma online a través de la página de la editorial.
Entonces, desde niña eras una escritora íntima y gran lectora: ¿cuándo fue que decidiste compartir tus letras con el público? ¿Y seguís escribiendo?
Actualmente sigo escribiendo, aunque no con la asiduidad de otras épocas. La intención de volver a publicar siempre está latente, pero yo misma soy mi peor enemiga: suelo procrastinar mucho. Hay temporadas en las que siento que me voy a llevar el mundo por delante y otras en las que el mundo me lleva por delante a mí. Entonces me echo atrás porque me da cierta vergüenza mostrar lo que hago.
Escribí muchísimo a lo largo de mi vida. Empecé a los nueve o diez años, pero a partir de los catorce lo hice de manera más constante. Recién a los cuarenta me animé a lanzar mi primer libro, para el cual hice una selección de cien poemas guardados de todos esos años. Hace tres años volví a publicar y ahora mismo podría hacerlo de nuevo, pero siempre me frenan esos fantasmas interiores. De todos modos, mantengo el deseo de que, en cualquier momento, si me animo, lo voy a intentar otra vez.

Haber hecho los profesorados de Lengua y Literatura, además del de Filosofía, ¿te ayudó a pulirte como escritora?
No podría decir que el profesorado de Lengua o el de Filosofía me hayan influenciado positivamente; al contrario, tuvieron un impacto que me frenó. Recuerdo patente el primer día del profesorado de Lengua: un profesor nos dijo que nos olvidáramos si veníamos con la idea de ser escritores, porque ahí no nos iban a preparar para eso. Eso me chocó. Aunque sé perfectamente que un profesorado no te otorga el título de escritor, considero que sí debería ayudar.
En mi caso, me inhibió muchísimo. Ver a docentes tan exigentes y detallistas con respecto a qué es o no literatura, o quién merece ser llamado escritor, te paraliza. A mí me generó etapas de sequía absoluta. Me dejé llevar por la mirada de personas que eran imponentes o autoridades en su materia. A veces pienso que cuando no era profesora escribía más, porque no estaba tan pendiente de si el texto era digno de ser leído, si era importante o si estaba técnicamente perfecto. Estudiar la carrera y convivir con la mirada dura de los críticos literarios me marcó. Está claro que Borges hay uno solo, pero habemos otros autores más humildes que no por eso dejamos de ser escritores. De hecho, me da vergüenza llamarme a mí misma escritora o poeta, quizás como secuela de eso que viví en el profesorado.
Por otro lado, reconozco que las lecturas de diferentes autores enriquecieron mi competencia cultural y literaria. Estudiar me permitió ponerle nombre a ciertas ideas, temáticas y estilos que yo ya desarrollaba de forma autodidacta, cuando todavía no sabía exactamente qué estaba haciendo. En ese aspecto, las carreras que cursé me ayudaron mucho: profundizaron mi veta existencialista y melancólica, y me permitieron sentirme familiarizada con determinados escritores y filósofos. En ese sentido, sí puedo decir que la formación influyó positivamente en mi obra.
¿Canalizás tus experiencias en tus textos?
Mi ser se refleja en todo lo que hago; siempre hay algo de mí en el papel. Si bien en teoría literaria sabemos que el yo lírico es una ficción —un sujeto conceptual al que le suceden las cosas, que ama, sufre o es feliz—, en mi obra hay muchísimo de mi propia vida. Cada poema guarda un pedacito de mí y me ayuda a exorcizar mis dolores. Soy una persona solitaria y, a través de la poesía y de la música, me siento profundamente acompañada y comprendida.
¿En las aulas encontrás jóvenes con inquietudes literarias?
Como docente, siempre encuentro algún alumno que tiene inquietudes artísticas, sobre todo porque a veces les hablo sobre mi propia labor como poeta. Además, formo parte de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), seccional Goya, y coordino un café literario que organizamos, en la medida de nuestras posibilidades, una vez al mes. Siempre que puedo invito a mis estudiantes; son poquitos los interesados, por supuesto, y a veces no se animan a participar por vergüenza. Es comprensible, ya que están en plena adolescencia y tratando de encontrarse a sí mismos.
A pesar de la timidez, algunos asisten. Con aquellos que van o me preguntan sobre el oficio de escribir, trato de colaborar en lo que puedo para ayudarlos y guiarlos, del mismo modo en que otras personas me encaminaron a mí en mi juventud, algo que agradezco infinitamente. Considero que mi ser se refleja profundamente en lo que escribo, y a través de este espacio busco transmitirles esa misma pasión.
¿Podrías detallar tu participación en eventos del sector literario?
A lo largo de los años participé en diferentes eventos, por supuesto que para nada mediáticos o masivos, sino encuentros pensados para personas con inquietudes literarias que quizás no son tan reconocidas. Vivir esas experiencias me pareció sumamente interesante para poder relacionarme y codearme con pares que comparten mis mismos intereses. En mi juventud, asistí a distintos encuentros literarios que se realizaban en Córdoba; pasábamos varios días disfrutando en la Colonia Evita de Alta Gracia y también en Bialet Massé, coordinados por una institución llamada ECA (Escritores Cordobeses Asociados). Llegué allí sugerida por mi querido amigo Luis de la Rosa, y gracias a su recomendación pude disfrutar de esos encuentros durante varios años.
También participé en eventos locales aquí en Goya, organizados por la escritora Gladys Acevedo, quien muy gentilmente siempre me convocó. De esa manera pude —y puedo— escuchar a autores de distintos puntos del país e incluso del extranjero. Por otra parte, asistí varias veces como oyente al prestigioso Foro de la Fundación Mempo Giardinelli en Resistencia, un espacio impresionante que congrega a escritores, poetas y ensayistas de gran nivel. Todos y cada uno de estos espacios me nutrieron profundamente y me hicieron muy bien.
¿Qué reflexión o sugerencia les dejarías a los autores noveles que enfrentan el miedo a la página en blanco o a la crítica?
Retomando lo que planteaba antes, vivimos en una constante comparación: si no lo hacemos nosotros mismos, lo hacen los demás. ¿Por qué una persona tiene que ser un Borges o un Cortázar para animarse a mostrar lo que escribe? No todos tenemos que alcanzar ese nivel de genialidad, pero eso no significa que lo nuestro no sea digno de ser conocido o compartido con el mundo. Siempre hay una persona, al menos una, que se siente conmovida por lo que escribimos, a quien nuestro texto le hace bien o incluso le cambia la vida; tal vez, esa lectura la contagia y la impulsa a mostrar lo que hace.
«vivimos en una constante comparación: si no lo hacemos nosotros mismos, lo hacen los demás».
Siempre recuerdo una frase bíblica que dice: «No se enciende una lámpara para esconderla». Pienso en eso porque, a veces, ciertas personas te limitan y te condicionan con un consejo subliminal o escondido: como tu pluma no llega a la altura de tal o cual escritor consagrado, pareciera que tenés que esconder tu obra o dejarla solo para el ámbito familiar. Yo les digo a todos los que sientan la inquietud y el deseo de escribir, que lo hagan. Y si quieren mostrarlo al mundo, que se animen. Al fin y al cabo, al que no le gusta lo que hacés, simplemente no lo compra y no lo lee. No entiendo esa necesidad de querer pincharles el globo a las personas que tienen deseos de compartir lo que sienten, lo que hacen y lo que les da vida.

