Por Paula Torregroza Pérez
En tren de confesiones, hoy quisiera reconocer que pertenezco a ese odioso grupo de personas que va por la vida pregonando que le seduce la inteligencia, olvidando que esta existe en todos los seres humanos, aunque cada quien desarrolle habilidades diferentes según sus capacidades, intereses y circunstancias.
Pero volvamos a la autorreferencia, porque hoy he decidido pecar de antipática, abusando de la indulgencia de mis lectores y ubicándome arbitrariamente en la fila de «los inteligentes», según mis argumentos baratos; lo aclaro para que no vayan a comprarlos y terminen dándoles un valor que no tienen.
En fin… voy al grano, que para divagar ya tenemos suficientes reuniones y conversaciones que pudieron resolverse con un mensaje de WhatsApp.
A mi juicio, las personas inteligentes tienen dos características fascinantes ante las cuales, por lo menos yo, caigo rendida: autocrítica y sentido del humor. Es decir, son capaces de admitir sus errores sin necesidad de convocar una comisión investigadora que determine los atenuantes de su comportamiento, y saben percibir las pequeñas tragedias cotidianas con humor, a veces negro, y esto ya me derrite.
Pero su verdadera maestría está en reírse de sí mismas, sin que se les desmorone la autoestima ni tengan que salir corriendo a buscar culpables para restablecer su maltrecha dignidad.
Para mí, con la experiencia que me ha dejado la vida y lo poco o mucho que he cultivado mi ser, encontrar esa inteligencia en alguien es uno de los mejores regalos que podemos recibir.
Porque, seamos honestos, no hay nada más agotador que convivir con personas incapaces de tomarse las cosas con humor, de esas que interpretan como algo personal hasta el ladrido de los perros de la calle. Uno no sabe si está conversando con un ser humano o caminando por un campo minado, donde cualquier palabra, gesto o silencio puede provocar una explosión.
Esa gente cuya arma más poderosa es la victimización, que jamás encuentra una responsabilidad propia en sus conflictos, que siempre tiene una explicación extraordinaria para justificar sus errores y que, además, se autoproclama dueña de la verdad. Una especie de tribunal supremo de la existencia humana que, curiosamente, nunca encuentra motivos para condenarse a sí misma.
Aclaración necesaria: no pretendo hacer un estudio científico sobre la inteligencia ni tengo un laboratorio para medirla. Esto es apenas una opinión, de esas que uno se permite cuando ha perdido la paciencia y todavía conserva el sentido del humor.
Pero, a juzgar por lo que he visto, hay pocas cosas tan empobrecedoras como esa testarudez envuelta en soberbia, esa necesidad de tener siempre la razón, aunque para conseguirla haya que sacrificar la tranquilidad de todos los que están alrededor. Es una especie de kriptonita emocional que va apagando las ganas de compartir, de conversar y hasta de intentar comprender al otro.
¡Oigan! ¿Qué tan difícil puede ser para un ser humano entender su propia humanidad? Aceptar que equivocarse hace parte del camino, que reconocer un error no nos convierte en seres despreciables y que pedir disculpas no es una humillación pública ni una renuncia a la dignidad.
A veces basta con decir: «Me equivoqué, no lo había visto así» o, quizá, en un acto de heroísmo que debería merecer reconocimiento internacional, pronunciar la humillante frase: «Tienes razón, yo estaba equivocado».
(La solemnidad de este párrafo debe leerse con la debida dosis de ironía).
Parece sencillo, pero hay egos que prefieren incendiar una relación, arruinar una conversación y perder la paz antes que pronunciar semejante sacrilegio.
Me vuelvo a disculpar, porque hoy quizá pecaré de soberbia, aunque debo confesar que tampoco me arrepiento demasiado.
Yo creo que una de las mayores expresiones de la estupidez humana consiste en creer que no tenemos nada que aprender, en instalarnos cómodamente en nuestra pequeña idea de grandeza y confundir la incapacidad de reconocer nuestros errores con una supuesta superioridad.
Porque el ego tiene ese talento extraordinario: hacernos creer que somos excepcionales precisamente cuando estamos siendo más ridículos.
Por fortuna, en medio de tanta gente convencida de su propia genialidad, he tenido el privilegio de conocer a algunas de las personas más inteligentes que me ha regalado la vida, gente común, sin pretensiones intelectuales ni necesidad de demostrarle nada a nadie, que con una sabiduría desprovista de títulos y adornos suele recordarnos una verdad que muchos parecen olvidar:
«Al final, todos vamos pa’l mismo hueco».
Y miren ustedes qué paradoja: a veces quienes menos se empeñan en demostrar su inteligencia son quienes mejor entienden lo esencial de la vida.
Que una cosa es tener carácter y otra muy distinta convertir la convivencia en un castigo.
Y ya que todos vamos al mismo hueco, ¿qué les parece si durante el camino tomamos alguito?
¿Café, mate, cerveza?
¡Salud!
Paula Torregroza Pérez
Coach de Vida
Instagram: @paula.torregroza

