ESPECIAL DE CLEO
Nacida en Chisináu durante la época soviética y radicada en España desde 1995, la filóloga, informática y escritora Tatiana Deriabina ha construido un puente único entre culturas a través de las letras. Es conductora del programa radial «Con todos los acentos» en Onda Terral, espacio donde derriba barreras lingüísticas y promueve la inclusión de autores noveles. En esta entrevista nos habla sobre el desafío de adoptar el castellano como lengua literaria, su relación de amor-odio con la capital madrileña y cómo convirtió su relato más íntimo, «Lady Madrid», en una cruzada solidaria de resiliencia frente al cáncer de mama.
Para dar inicio a la entrevista, ¿podría contarnos sobre sus orígenes, su formación académica y cómo logró unificar su trayectoria técnica con su pasión literaria?
Nací en Chisináu cuando la región todavía formaba parte de la Unión Soviética, y resido en España desde 1995. Estudié Filología y, posteriormente, terminé trabajando durante más de veinte años en el sector de la informática. Durante mucho tiempo mi vida profesional avanzó por un carril y la literatura por otro, hasta que en los últimos años tomé la decisión de unificar ambos mundos.
Quizá la presentación más honesta sobre mí sea esta: soy una filóloga rusa que acabó desempeñándose en tecnología, que jamás dejó de escribir y que ahora ha decidido tomarse la creación literaria de forma muy seria. Desde muy pequeña tenía la certeza de que iba a ser escritora; llenaba los cuadernos desde atrás hacia adelante y de izquierda a derecha, lo que enfurecía a mis padres porque resultaba totalmente ilegible, pero mi idea de escribir nunca cambió. Por muy atractivas que parecieran otras carreras, opté por la Filología. Para mí aquello era lo mejor del mundo: devorar quinientas páginas al día me parecía estupendo y los exámenes eran orales, así que no había escapatoria posible.
Luego la vida me obligó a tragarme mis palabras. Solía jurar que jamás tocaría un ordenador, y mírenme ahora: sin un portátil me siento indefensa, sin manos y sin cabeza. Toda aquella experiencia en un campo tan opuesto terminó encontrando su propio sitio dentro de mi escritura.

Usted escribe en una lengua que no es su idioma nativo. ¿Cómo fue ese proceso de transición del ruso al castellano y cómo define su propio estilo lingüístico?
Siempre escribí en ruso, hasta que, de repente, decidí empezar a hacerlo en castellano. Lo hago tal como hablo: combinando jerga madrileña, acento ruso, símbolos clásicos y palabras que me invento por el camino. Nunca me propuse redactar un castellano académico ni ocultar de dónde vengo. Escribo con la lengua que poseo, la cual a veces hace sus propias y particulares combinaciones.
Escribir en español implica adoptar una manera diferente de mirar las historias, una óptica que surge de haber crecido en otra nación y haber construido mi realidad aquí. Supongo que todo ese bagaje cultural termina emergiendo de forma natural en cada uno de mis relatos.
Su producción se enfoca en la narrativa breve y la literatura infantil. ¿Qué la atrajo de estos géneros y cómo influyen en su trabajo literario y divulgativo?
En cuanto a los géneros, me dedico a la narrativa breve para adultos y a la literatura infantil; cuento con varios libros publicados y, además, conduzco mi propio espacio radial, «Con todos los acentos», donde converso con autores y personalidades del ámbito de las letras. Me atraen profundamente las historias cotidianas, los vínculos interpersonales, los animales y esos pequeños detalles capaces de alterar por completo la percepción de una escena. No requiero de monstruos ni de grandes tragedias para estructurar un relato: a veces basta con un personaje, una determinación y sus consecuencias.
Podría decirse que tengo un «superpoder»: el de condensar en mil palabras una existencia entera. Y, lo que resulta un desafío más complejo todavía, ser capaz de meter esa vida en solo ciento cincuenta palabras.
Su programa «Con todos los acentos» en Onda Terral se ha convertido en un espacio de referencia muy particular. ¿Cómo nació este proyecto radial y de qué manera su perfil, alejado del periodismo tradicional, define el estilo de sus entrevistas?
Lo de la radio vino de rebote. Planeábamos lanzar un programa con mi amiga y editora, Ayeiza Susana; grabamos el piloto, pero a ella le surgieron otros compromisos y no pudo continuar. Así fue como quedé al frente de «Con todos los acentos», en Onda Terral, donde entrevisto a autores, hablo de libros y me sumerjo en conversaciones que a veces se extienden mucho más de lo previsto. No soy una comunicadora al uso: se me traba la lengua, tengo acento y puedo romper a llorar al leer en voz alta alguno de mis relatos. Sin embargo, mi acento ruso no se va a ninguna parte, ni pretendo que lo haga; la radio me permitió transformarlo en un rasgo distintivo de mi estilo de comunicación.
Como no provengo del periodismo ni de los medios, sino de la Filología, la informática y la escritura, tuve que forjar mi propia manera de hacer radio. No me interesa la rigidez; busco que la persona que tengo enfrente se relaje, se olvide un poco del micrófono y termine revelándome aquello que jamás aparece en la solapa de un libro. «Con todos los acentos» es un proyecto inclusivo y solidario. No importa el origen geográfico ni si se colocan todas las tildes; lo valioso es el deseo genuino de publicar una obra. Es uno de esos proyectos entrañables que llegan después de los hijos, las casas y los árboles.
Usted concibe la literatura como un espacio comunitario y solidario. ¿En qué proyectos o eventos culturales ha participado recientemente y qué plataformas digitales considera fundamentales para difundir su obra?
He participado en diversas ferias editoriales, como la Feria del Libro Independiente de Gijón, la de X-Madrid y la Feria del Libro Independiente de Big Tree Books. También he presentado mis obras en mi pueblo, Trijueque, y organicé un encuentro solidario en la APAP, la protectora de animales de Alcalá de Henares. Asimismo, colaboro con frecuencia de forma virtual con otros colegas, porque disfruto de la literatura como un espacio compartido y no como una tarea solitaria.
En el plano digital, un sitio esencial para mí es Masticadores.com, una red de revistas literarias donde publico mis textos habitualmente, lo que me permite conectar con lectores de todo el mundo. Para mí, la gestión cultural no se limita a promocionar mis libros; me interesa respaldar iniciativas ajenas y visibilizar a autores noveles. Entre estas acciones benéficas, destaco especialmente mi colaboración con Caroline Lepage, de la Universidad Paris Nanterre, en el proyecto ¡Basta!, donde tuve el honor de locutar uno de los relatos de la antología contra la violencia de género.

De cara al futuro a corto y mediano plazo, ¿en qué proyectos próximos está trabajando y qué nuevos rumbos planea explorar en su escritura?
Actualmente tengo varios frentes abiertos, así que el aburrimiento no entra en mis planes. Tengo un libro de relatos listo que se encuentra en la búsqueda de una editorial. Además, con mi compañera de letras Kissy Alejandra creamos una obra muy singular titulada Aprender a fondear, la cual fusiona poesía en prosa y prosa poética; es un proyecto precioso que en este momento está siendo evaluado por nuestros lectores beta.
En paralelo, continúo de lleno con la producción de mi programa radial y tengo un par de ferias del libro a la vista. Mi meta es seguir presente en encuentros literarios, colaborar con otros creadores y respaldar causas de impacto social. No tengo la menor intención de quedarme sentada esperando a que las oportunidades llamen a mi puerta; prefiero mantenerme en movimiento y construir mi propio camino.
Como profesional con experiencia en informática, ¿cómo equilibra el uso de las herramientas técnicas en la producción de su programa con la necesidad de preservar la autenticidad de sus invitados?
He trabajado más de dos décadas en informática, por lo que los adelantos técnicos no me asustan; al contrario, me parecen herramientas estupendas. Gracias a internet, un escritor que reside en un pueblo pequeño puede colaborar con alguien que está al otro lado del planeta, y yo puedo entrevistar a un autor desde mi hogar para compartir esa charla con miles de personas. En la comunicación, la técnica te ayuda a llegar más lejos, pero no garantiza que tengas algo valioso que decir ni que sepas escuchar. De momento, ninguna actualización tecnológica me ha quitado esas habilidades o skills, como se dice ahora.
Realizo bastante trabajo de edición porque me gusta que mis invitados luzcan impecables al hablar, pero manteniendo siempre su acento y su manera de expresarse. Editar no significa convertir a todo el mundo en un locutor de manual perfecto; significa cuidar el resultado final sin arrebatarle a cada persona su forma única de hablar. En este aspecto, reconozco que aprendo constantemente de gente más técnica, más joven y más lista que yo. Además, tengo la suerte de contar con un gran equipo de producción integrado por José Gregorio Constenla y Jessica Rojas; sin ellos, seguramente acabaría saturada por el exceso de trabajo manual y técnico.
«He trabajado más de dos décadas en informática, por lo que los adelantos técnicos no me asustan; al contrario, me parecen herramientas estupendas».
Muchos autores hablan de la musa o de momentos de iluminación. En su caso, ¿cómo es el proceso creativo que la lleva a escribir y cómo organiza sus ideas?
No tengo ningún proceso de inspiración; de hecho, no sé si he estado inspirada alguna vez. Mi rutina consiste en tomarme un café por la mañana, conversar con mi tía y luego sentarme frente al portátil. Entre correos, relatos, guiones y grabaciones, manejo un sinfín de blocs de notas con tareas pendientes; voy borrando las que termino, pero siempre emergen otras nuevas. Por si acaso, tengo un archivo de Excel donde voy apuntando las ideas que se me ocurren, por si algún día llego a necesitar esa supuesta inspiración.
¿Cómo describiría su relación con Madrid y qué contrastes encuentra al regresar a su hogar en las afueras?
Con Madrid mantengo una relación columpio, un vaivén entre el amor y el odio. Esta ciudad a veces se dedica a darme patadas y a expulsarme a más de cincuenta kilómetros, de vuelta a mi «casilla de salida», que es como llamo a mi casa del pueblo. En la capital están mi empleo, mis amigos, mi afición al baile, las exposiciones, los encuentros literarios, los teatros y los museos; pero también el ritmo frenético, los atascos y la ansiedad.
La conozco muy bien: tengo mis propias listas de cafeterías donde sirven café de verdad, de terrazas en las azoteas y de rincones secretos a los que llevar a mis amigos forasteros. Sé perfectamente a dónde ir y qué buscar. Aun así, Madrid y yo seguimos con nuestro particular idilio de pareja: me ofrece planes estupendos y, cuando menos me lo espero, me manda a paseo. Por suerte, mi refugio está cerca; allí puedo respirar y recuperar fuerzas antes de volver a caer en sus redes.
Dentro de la antología Fantasmas: lo que no se va, tiene el honor de abrir el volumen con «Lady Madrid». ¿Qué historia narra este texto, qué hilos literarios lo conectan con sus vivencias personales y a quién está dedicado?
Quiero destacar la antología Fantasmas: lo que no se va, editada por Inmortalia, porque allí se publica «Lady Madrid», uno de mis relatos más personales y que además tiene el privilegio de abrir el libro. Se trata de una historia sobre la amistad rota, con el fantasma de Frida —el emblemático personaje de El maestro y Margarita de Mijaíl Bulgákov— rondando por sus páginas. Se lo dediqué a Patricia Sanfrutos, una mujer extraordinaria que convivió con un cáncer de mama metastásico, colaboró activamente con la fundación GEICAM y que, lamentablemente, ya no está con nosotros.
Cada vez que leo «Lady Madrid» en voz alta, me conmuevo hasta las lágrimas. Yo también he atravesado un cáncer de mama y, por ese motivo, he decidido destinar íntegramente todos los beneficios que genere este relato a GEICAM, con el fin de apoyar la investigación médica de esta enfermedad. «Lady Madrid» es una canción que me evoca intensamente aquellos tiempos en los que éramos casi felices y nos sentíamos un poco brujas con nuestras escobas. Lo hago porque los días de los pacientes también albergan luz y risas; no todo se reduce a la resignación de pensar que todo pasará.
Para los lectores que deseen sumarse a sus causas, leer sus relatos y escuchar su podcast semanal, ¿dónde pueden encontrarla en el universo digital?
Pueden encontrarme en mi web oficial de autora, tatianaderiabina.com. En ese espacio están disponibles todos los enlaces a mis libros infantiles y antologías, las entrevistas que me han realizado, los pódcast en los que participo y los accesos a mis redes sociales. En todas las plataformas digitales me encuentran con el usuario único @tatideriabina, por lo que no hace falta memorizar nombres distintos ni investigar demasiado. Los invito a ingresar en la web, elegir el contenido que más les apetezca y encontrarnos por allí.

