Por la Redacción Cultural
Nacido en Orihuela en 1910 y de formación autodidacta, Miguel Hernández se convirtió en una de las figuras más desgarradoras de la Generación del 27.
Que no digan que la poesía no puede salvar el alma o el espíritu humano.
Quien piense que la literatura es un mero pasatiempo o un lujo reservado para intelectuales, es porque jamás ha leído al poeta alicantino escribiendo sus nanas desde la penumbra de una celda.
En septiembre de 1939, encarcelado en la prisión de Torrijos tras la derrota republicana, recibió una carta devastadora de su esposa, Josefina Manresa. Le contaba que apenas tenía pan y cebolla para alimentarse a sí misma y al bebé de ambos, que mamaba leche con sabor a cebolla.
Cualquier hombre en su lugar se habría dejado consumir por el rencor, el odio o la desesperación. Él no. Tomó esa miseria y la transformó en un acto de amor y fortaleza. De ese dolor nacieron las Nanas de la cebolla:
La cebolla es escarcha / cerrada y pobre… / Tu risa me hace libre, / me pone alas. / Soledades me quita, / cárceles me abraza.
En esa celda, la poesía se convirtió en el único refugio capaz de proteger la dignidad de un padre y la inocencia de un niño. Fue esa autenticidad la que hizo de su obra algo profundamente humano, lleno de verdad y vida, que sintetiza su grandeza.
El régimen franquista intentó apagar esa voz. La tuberculosis terminó con su vida el 28 de marzo de 1942 en la prisión de Alicante, cuando tenía solo 31 años. Murió preso y en la miseria, sin nada que dejarles a su esposa y a su hijo más que un puñado de versos. Sin embargo, gracias a la determinación de Josefina, esos manuscritos no se perdieron.
Querían condenarlo al olvido, pero las voces que nacen del pueblo no se pueden silenciar. Décadas más tarde, Joan Manuel Serrat le dio música a sus versos y el poeta volvió a estar presente entre la gente. Y aquí hallamos la gran paradoja: aquel hombre que no pudo ofrecer nada material a su familia dejó un legado que terminó alimentando la memoria de todo un país.
Las Nanas concentran todo lo que fue Hernández: el hombre humilde, el poeta excepcional, la víctima de la guerra y, sobre todo, el ser humano lleno de ternura inquebrantable.
Por eso: que nadie diga que la poesía no salva. El poeta la usó para salvar su espíritu de la miseria de la cárcel, y hoy sus versos nos siguen salvando a nosotros de la indiferencia.

