Lun 28 septiembre ,2026
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La linterna hacia adentro / Una mirada humana al coaching

Paula Torregroza Pérez

Hay personas que llegan al coaching buscando una respuesta.

Quieren saber qué decisión tomar, cómo salir de una relación, cómo recuperar la confianza, cómo enfrentar un cambio laboral, cómo dejar de postergar ese proyecto que llevan años aplazando o, sencillamente, cómo volver a sentirse dueñas de su propia vida.

Y quizá una de las primeras cosas que descubren es que el coaching no consiste en que alguien les entregue respuestas; más bien consiste, en buena medida, en aprender a hacerse mejores preguntas.

En mis sesiones suelo decirles a mis coachees que tendrán una linterna. No para que yo ilumine el camino por ellos, sino para que aprendan a alumbrar hacia adentro.

Porque antes de transformar aquello que ocurre afuera, necesitamos mirar quién está habitando nuestra vida.

Ese ser que sueña, proyecta, desea y también se frustra. El que se exige. El que teme. El que se compara. El que repite historias que quizá ya no quiere seguir viviendo.

El que lleva consigo creencias, paradigmas, valores, aprendizajes y mandatos familiares y sociales que, muchas veces, ha asumido como verdades sin detenerse a preguntarse si todavía le pertenecen.

Y allí comienza buena parte del trabajo de coaching: hacer consciente aquello que estaba operando de manera automática.

La International Coaching Federation define el coaching como una relación de colaboración en la que coach y cliente participan en un proceso reflexivo y creativo que busca que la persona reconozca y desarrolle al máximo su potencial personal y profesional. Su modelo actual de competencias pone, además, especial énfasis en la ética, la construcción y el cuidado de la relación, los acuerdos con el cliente, la escucha, la generación de conciencia y la transformación del aprendizaje en crecimiento y acción.

Dicho de una manera menos técnica, pero mucho más cercana a mi manera de entenderlo: el coaching es un espacio en el que una persona puede detenerse, escucharse y comenzar a observar su propia vida con una mirada diferente.

No para quedarse eternamente mirando hacia adentro.

Sino para comprenderse mejor y, desde esa comprensión, elegir qué hacer.

Porque el coaching tiene una particularidad fundamental: está orientado al movimiento, a los resultados y a convertir una toma de conciencia en una posibilidad de acción.

Por eso, una sesión puede comenzar con una pregunta aparentemente sencilla:

¿Qué quieres conseguir?

Pero detrás de esa pregunta pueden aparecer otras mucho más profundas: ¿qué te está impidiendo avanzar?, ¿qué estás creyendo acerca de ti?, ¿qué historia te estás contando?, ¿qué precio estás pagando por permanecer donde estás?, ¿qué necesitas dejar de hacer?, ¿qué necesitas comenzar a hacer? y ¿qué estás dispuesto a hacer para conseguirlo?

La conversación deja entonces de ser solamente conversación y se convierte en un proceso de exploración, aprendizaje y responsabilidad.

Y es allí donde muchas veces aparece algo que para mí resulta esencial: el ser que habita detrás de la meta.

Cuando alguien llega diciendo «quiero cambiar de trabajo», quizá el verdadero tema no sea solamente el trabajo. Puede aparecer el miedo a equivocarse.

Cuando alguien dice «quiero terminar esta relación», quizá descubramos que existe un profundo temor a quedarse solo.

Cuando alguien expresa «quiero emprender», puede aparecer una creencia instalada durante años: «yo no soy capaz».

Y cuando alguien dice «quiero aprender a poner límites», puede descubrir que durante mucho tiempo confundió el amor con complacer a los demás.

Ahí aparece la linterna.

No para buscar culpables en el pasado, sino para comprender qué elementos de nuestra historia siguen influyendo en nuestras decisiones presentes.

Las experiencias de infancia, los mandatos familiares, las expectativas sociales, las creencias adquiridas y determinadas formas de interpretar el mundo pueden convertirse en filtros desde los cuales construimos nuestra realidad.

El coaching puede ayudarnos a observar esos filtros y a cuestionar aquellos que ya no resultan funcionales para la vida que queremos construir.

Pero hay algo que, como coach, considero fundamental decir con claridad: el coaching no es terapia y no pretende competir con la psicología.

Son disciplinas diferentes, con objetivos, alcances y responsabilidades profesionales diferentes.

Un proceso de coaching no debería presentarse como sustituto de un proceso psicoterapéutico ni como tratamiento de trastornos de salud mental. El coach debe conocer sus límites profesionales y reconocer cuándo una situación requiere la intervención de otro profesional.

La ética y la claridad sobre lo que el coaching es y también sobre lo que no es forman parte de una práctica responsable.

Para mí, esta distinción no le resta valor al coaching, al contrario.

Le da seriedad, porque también implica entender algo que considero fundamental: el coach no tiene la vida del otro en sus manos.

El cliente es el protagonista de su proceso.

El coach no vive su vida. No toma sus decisiones. No puede caminar por él. No tiene una fórmula secreta ni debería convertirse en una autoridad que dicta cómo debe vivir otra persona.

El coach acompaña, pregunta, escucha, observa, devuelve, desafía cuando corresponde, ayuda a identificar posibilidades y acompaña al cliente a convertir aquello que descubre en acciones concretas.

Por eso hablamos de co-creación: el proceso se construye entre coach y cliente, pero la responsabilidad sobre las decisiones y las acciones permanece en el cliente. 

Las competencias actuales de la ICF incorporan precisamente esta idea de colaboración: establecer acuerdos claros, trabajar sobre aquello que el propio cliente desea conseguir, generar conciencia y favorecer que el aprendizaje se traduzca en acciones y crecimiento.

Y aquí hay una palabra que para mí es esencial: Responsabilidad.

No entendida como culpa, sino como la capacidad de responder, de reconocer que quizá no elegimos todo lo que nos ocurrió, pero sí podemos empezar a preguntarnos qué hacemos hoy con aquello que nos ocurrió.

Porque una linterna sirve para ver, pero ver no es suficiente.

Después de iluminar el camino hay que caminarlo.

Por eso, en un proceso de coaching, la conciencia no debería convertirse en un lugar cómodo donde una persona comprende perfectamente por qué hace lo que hace, pero continúa haciendo exactamente lo mismo.

El propósito es que algo se mueva; que aparezca una nueva posibilidad, que se tome una decisión, que se establezca un límite, que se inicie una conversación, que se diseñe un proyecto, que se modifique un hábito o que se dé ese primer paso que durante tanto tiempo parecía imposible.

En términos profesionales, hablamos de objetivos, acciones, seguimiento y medición del progreso. En términos simples, yo diría algo más sencillo:

Se trata de pasar del conocimiento a la acción. 

Y algunas veces, también, de pasar de hacer en automático a elegir conscientemente.

Llevo alrededor de catorce años vinculada al mundo del coaching. Mi formación comenzó en Buenos Aires, donde realicé durante dos años una formación presencial en Axon Training. Mis primeros coachees llegaron alrededor de 2013 y, con el tiempo, el coaching fue dejando de ser solamente una formación para convertirse en una parte importante de mi camino profesional y personal.

He acompañado procesos individuales y también procesos relacionados con equipos, liderazgo, vida personal y ámbito laboral. He trabajado alrededor de temas como autoestima, creencias, patrones, relaciones, rupturas, propósito, sueños y decisiones.

Y si algo me han enseñado todos esos años es que detrás de cada objetivo hay una persona.

No trabajamos solamente con metas, trabajamos con seres humanos que sienten miedo mientras intentan ser valientes, que quieren avanzar mientras una parte de ellos todavía duda y que desean cambiar, pero algunas veces necesitan primero convencerse de que pueden hacerlo.

Por eso sigo creyendo profundamente en el poder de una conversación bien llevada.

Una pregunta en el momento preciso puede abrir una puerta.

Una escucha genuina puede permitir que alguien diga, quizá por primera vez, aquello que llevaba años callando.

Una nueva interpretación puede cambiar la manera en que una persona observa una situación.

Y una pequeña acción sostenida puede terminar modificando una vida.

Hay algo que me gusta recordar siempre:

La linterna no es del coach.

Es del cliente.

Yo puedo ayudar a sostenerla durante un tramo, puedo hacer preguntas para que dirija la luz hacia lugares que quizá no había observado, puedo acompañarlo cuando aparezcan zonas oscuras o cuando mirar hacia adentro resulte incómodo, pero la luz es suya y el camino también. Porque quizá el verdadero propósito de un proceso de coaching no sea convertirnos en alguien distinto, sino ayudarnos a reconocer con mayor claridad quiénes somos, qué queremos conservar, qué necesitamos transformar y hacia dónde queremos llevar nuestra vida.

Al final, se trata de eso:

Alumbrar hacia adentro para poder caminar hacia adelante.

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