Lun 28 septiembre ,2026
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Nuestra lengua madre

Por la Redacción Cultural

En Corrientes, hablar del idioma guaraní y de su día conmemorativo (el Día Provincial de la Lengua Guaraní, que se celebra cada 28 de septiembre) es una manera de reivindicar nuestra identidad, nuestra historia y nuestro ñandereko, el orgullo de ser correntino.

En la época precolombina, los pueblos de la familia guaraní ya habitaban y recorrían la región del noreste argentino, la cuenca de los ríos Paraná y Uruguay, y el Paraguay. Cuando los conquistadores españoles llegaron en el siglo XVI (fundando la ciudad de Corrientes en 1588 —cuyo nombre tradicional es Taragüí—), a diferencia de lo que pasó con otras etnias, adoptaron rápidamente el idioma para poder comunicarse y sobrevivir. Pero el gran motor por el cual el guaraní no solo sobrevivió, sino que se expandió y se estructuró con fuerza en la región, fueron las reducciones jesuíticas (los famosos pueblos misioneros de los siglos XVII y XVIII): los indígenas fueron evangelizados en su propia lengua. Cuando las misiones fueron expulsadas y los pueblos cayeron en decadencia, toda esa población guaranioparlante se dispersó hacia el territorio correntino, moldeando definitivamente el habla de la zona rural. 

Entonces, podemos decir que le cabe oportunamente el nombre de «lengua madre»: estaba en la tierra antes de que existiera la provincia; es la matriz de nuestra identidad, el sustento que nutrió nuestra forma de nombrar el mundo. Y así como una madre da descendencia, lingüíticamente, el guaraní dio vida a una variante propia (el guaraní correntino), además de influir fuertemente en el español que se habla en toda la región del NEA: se mezcló con el castellano criollo para dar forma al rico yopará, y dejó su huella en el territorio en cada topónimo que nos nombra —desde Itatí hasta Iberá—, escabulléndose en nuestra geografía y en el habla cotidiana.

Durante décadas, debido a las políticas centralistas, en las escuelas primarias se castigaba o se desalentaba a los niños que hablaban esta mezcla bajo la idea errónea de que «retrasaba» el aprendizaje o se la consideraba una grosería, «idioma de guarangos».

Sin embargo, a pesar de los prejuicios, la lengua resistió. Sobrevivió en el susurro de las abuelas, en el sapukái indomable de los menchos, se refugió en el afecto familiar. Como ya lo advertía el pensador correntino Tiburcio Martínez en sus estudios sobre el idioma, la fuerza de nuestras raíces lingüísticas —por su pureza, su relación visceral con la naturaleza y su estructura lógica y universal— se vuelve inquebrantable frente al olvido.

Por ello, la importancia de su oficialización —consagrada en la provincia por la Ley N.° 5598— con el rango de idioma oficial alternativo constituye un acto de reparación histórica para generaciones enteras que ya no tienen que pedir permiso ni sentir vergüenza por las palabras con las que aprendieron a amar y a dolerse. Si bien falta mucho para alcanzar el ideal sancionado en la ley, seguir hablando en guaraní es la prueba más hermosa de que nuestra identidad sigue viva, indomable y profundamente arraigada a esta tierra correntina.

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