Luis Ernesto Pini (Goya, Argentina)
Te pregunto: ¿qué harías si hubieses matado a un niño, si le hubieses dado un tiro bien preciso entre ceja y ceja en su propia casa? ¿Qué harías si, encima, escuchás a la policía llegar, a media cuadra tal vez (el azul intermitente entra por la ventana)? ¿Qué harías cuando lleguen? ¿A qué resolución llegarías si te digo que este es mi caso? Seguro pensás que debo entregarme, que maté y debo pagar las consecuencias. ¿Y si te digo que yo no fui? «La investigación y el juicio van a demostrar tu inocencia», razonarás. Pero… ¿y si te digo que, aunque no fui yo, fue con mi cuerpo, que algo incomprensible me poseyó y disparó? ¿Qué harías en mi lugar? ¿Intentarías explicarlo? ¿Seguirías confiando en la deliberación de un juicio? ¿Le parecería lógico a una corte aceptar que algo más poderoso que vos manipuló tu motricidad y mató a un niño? ¿Vos me creerías sin ninguna prueba, sólo por mi palabra? «Ya fue, escapá antes de que lleguen», sugerirá algún inescrupuloso. No puedo: en cuanto salga, sea por donde sea, la policía ya habrá saltado del vehículo e ingresado al terreno. Además, eso me haría ver peor, ¿o no? Quizá les daría luz verde a dispararme. «¿Qué harías vos?» te repito. Vos, que estás leyendo mi problema y analizándolo. Yo sé (supongo, en realidad) que directamente no hubieses agarrado un arma de fuego; son peligrosas por razones como esta. ¿Y si te digo que buscaba proteger al niño, que era mi alumno y empecé a notarlo raro? Un chico alegre, participativo, que de pronto andaba callado, paranoico. ¿Sabías que como docente tengo el deber de intervenir cuando se presentan casos así? No con un revólver, claro; empecé preguntando. —Un tipo de negro. A veces escucho cómo respira detrás de la persiana cuando me acuesto. Está en cualquier lado, mirándome entre la gente. Encima, no se ve su cara; no sé si tiene cara —reveló mi estudiante. Y sí, notifiqué a la escuela, avisamos a los padres, se hizo la denuncia; completá el resultado. Ahora me preguntarás: «¿y qué se puede hacer?». Aunque carezco de certeza, lo mejor sería no involucrarse más. Dejar el asunto para los tutores y para la policía. Ayudar desde lo profesional, quizá dándole las actividades para que haga en casa y evite asistir a clases si corre peligro. Lo peor, por otro lado, sería involucrarse más. Ponerse al pendiente de un estudiante hasta cruzar límites porque te preocupa. Romper la profesionalidad visitándolo después de tus horas. Merodear por su barrio a ver si aparece el acosador, porque la policía ni ahí. Hice la primera. Luego la segunda. Y no, nunca vi al tipo. Ya sé que no debí hacer la segunda (mirá cómo terminó), pero ¿y si te digo que el chico empezaba a tener moretones? Creía que eran los padres, o algún pariente. Una trabajadora social que vino varías veces lo sigue creyendo. —Me despierto así —contó mi alumno. Pobrecito. Tanto color tenía hace unos meses y ahora está gris, gris y rojo, en el suelo. Tal vez le hice un favor, pero no quiero pensar eso. Lo digo sólo porque cada vez lo notaba más frágil, luchando por sobrevivir. Así se oyó por teléfono cuando me susurró «está acá adentro», hace unos minutos. Hoy es de esas tardes en que se queda solo en casa. Llamé a la policía y corrí hasta acá; andaba cerca por las razones que mencioné antes. Entré después de varias patadas a la puerta. El chico estaba en su pieza, en un rincón oscurito entre el ropero y la pared; se ocultaba. Cuando quise sacarlo de la casa, me mostró un revólver del padre. Ahora soy consciente de que no debí agarrarlo, pero ¿qué hubieses hecho vos con un tipo peligroso probablemente en la pieza de al lado? Nos escabullimos hasta la entrada y, antes de salir, él se detuvo. Lo vi mirar con terror, tal vez hacia atrás de mí. Giré, pero no vi al tipo. «Vamos», le dije y me negó con la cabeza. Ahí le metí el tiro. Sentí cómo un extraño frío movía mi brazo y dedo. No me permitió resistir. Me dejó en este problema. Por eso te pregunto: ¿qué harías vos? Juro que yo no sé. La policía ya está llegando. Voy a ir preso. Puede incluso que me disparen si no tiro el arma al suelo.
FIN
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