Paula Torregroza Pérez (Sincelejo, Colombia)
De niñas nos enseñaron que algún día despertaríamos
de nuestro sueño profundo…
que un príncipe azul abriría camino entre la maleza,
rompería el hechizo
y nos devolvería la vida con un beso dulce y tímido.
Nos hicieron creer que el amor llegaba vestido de promesa,
que bastaba con reconocer en un hombre común
las virtudes de un príncipe que solo existe en los cuentos.
Pero la vida…
la vida no es un cuento de hadas.
Y a veces, ese «príncipe»
no es más que un hombre herido, fracturado,
atravesado por su propia historia,
que convierte a la mujer en el blanco de sus sombras:
de sus odios, sus miedos, sus miserias.
La arrastra a un juego macabro de amor y violencia,
de promesas rotas, ofensas y arrepentimientos.
Un ciclo que asfixia.
Un ciclo que duele.
Un ciclo que mata… lentamente.
A veces se visten de víctimas,
otras de verdugos.
Y en ese tablero perverso,
mueven las fichas de tal forma
que la mujer termina cargando culpas que no le pertenecen.
«Me provocaste», dicen.
«Me hiciste enojar».
Y así, la violencia se disfraza de justificación.
Queridas mujeres:
si hoy están en una relación donde habita la violencia,
recuerden esto —y que les arda en la conciencia—:
Nada la justifica.
Ningún pasado,
ninguna herida,
ninguna frustración,
ninguna excusa
habilita a un hombre a maltratarte.
Y tú…
no naciste para salvar a nadie.
No tienes un mandato divino de redimir a un violento
ni de quedarte a reconstruir lo que no rompiste.
El amor no sana golpes.
El amor no justifica el miedo.
El amor no debería doler así.
¿Puede cambiar?
Tal vez.
Pero no es tu tarea.
Y mucho menos tu sacrificio.
Cambiar requiere conciencia,
responsabilidad
y manos profesionales que acompañen ese proceso.
Tú no tienes que poner el cuerpo,
ni el alma,
ni la vida…
para que otro expulse sus demonios sobre tu piel.
Muchas mujeres que dieron segundas y terceras oportunidades
después del insulto,
después del primer golpe.
Hoy…
ya no están aquí para contarlo.
No necesitamos el beso de ningún príncipe para despertar.
No nacimos para morir de amor.
Nacimos para vivir en el amor
Merecemos respeto.
Merecemos cuidado.
Merecemos hombres reales,
con valores,
con conciencia,
con la capacidad de amar sin destruir.
Muchas mujeres se durmieron para siempre…
y no en urnas de cristal.
Se durmieron sobre charcos de sangre,
con el cuerpo quebrado,
con el alma rota,
mientras se extinguía ese sueño ingenuo
de convertir a un verdugo en príncipe azul.
Por ellas…
por las que ya no pueden alzar la voz…
Despertemos nosotras.

