ESPECIAL DE CLEO
El ingeniero ambiental y docente Miguel Ricardo Medina Cuentas propone una revolución pedagógica que desafía la mirada tradicional y centralista sobre el campo colombiano. A través del Modelo de Escuela Rural Autosostenible (MERA)y de proyectos de aula con profundo impacto comunitario, este maestro caribeño invita a derribar prejuicios, dejar de narrar la ruralidad únicamente desde sus carencias y construir una educación de doble vía, donde los saberes locales dialoguen en igualdad de condiciones con el conocimiento científico.
¿De dónde venís y de qué manera considerás que tu lugar de origen moldeó tu personalidad y tu visión del mundo?
Tengo 34 años y soy de Colombia. Nací en Santiago de Tolú, en el corazón del Golfo de Morrosquillo, un municipio ubicado a orillas del Mar Caribe. Me considero un hijo del mar, y creo que esa procedencia explica bastante mi manera de ser, mi forma de relacionarme con las personas y mi entendimiento de la vida.
Aunque tu formación inicial está ligada a la ingeniería y la administración, hoy estás volcado a la educación en un contexto muy particular. ¿Dónde te desempeñás actualmente y cómo es la realidad de tu aula en el día a día?
Soy ingeniero ambiental y magíster en administración. Actualmente, me desempeño como docente rural en el municipio de San Pedro de Urabá, Antioquia, a través del programa Enseña por Colombia. Trabajo en la Institución Educativa Rural La Cabaña, específicamente en la sede de la vereda Alto San Juan. Allí acompaño a estudiantes de sexto a undécimo grado bajo la modalidad de multigrado. Esto significa que convivo con chicos y chicas de distintos niveles, edades y ritmos de aprendizaje dentro de un mismo salón, lo cual representa un reto constante y enriquecedor.
Contanos sobre tu familia y de qué manera sus distintas profesiones e intereses influyeron en el camino que elegiste transitar.
Vengo de un hogar donde la enseñanza siempre ha ocupado un lugar fundamental; soy hijo de dos profesores jubilados: mi madre, especialista en lengua castellana, y mi padre, docente de filosofía. Además, tengo cuatro hermanos, cada uno con una trayectoria muy particular: un emprendedor que tiene su propia magia, un abogado dedicado a los derechos humanos, un médico intensivista y una antropóloga con maestrías en educación y en desarrollo y cultura.
Ellos han sido referentes clave en mi vida. Crecer rodeado de personas con vocaciones y maneras tan diversas de aportar a la sociedad me ayudó a comprender que no existe un único sendero para construir una vida con propósito. Cada uno, a su modo, me enseñó a creer que es posible impactar positivamente, a atreverme a explorar y a no conformarme únicamente con lo que tengo adelante.
Antes de pararte frente al aula, tu carrera pasaba por la gestión ambiental y los proyectos. ¿Cómo fue ese recorrido previo y qué aprendizaje te dejó para abordar los problemas de las comunidades?
Previo a mi llegada a la docencia, mi experiencia profesional estuvo vinculada a la gestión ambiental, la sostenibilidad, la administración y el desarrollo de proyectos. He trabajado con instituciones públicas, empresas privadas y comunidades locales. Esas vivencias me permitieron comprender que los problemas de nuestros territorios no se resuelven desde una sola disciplina, sino que requieren de una mirada integral y transversal.

¿Quién sos cuando conectás con tus pasiones, tu cultura y tu forma de ver el futuro?
Fuera de mis credenciales académicas, soy una persona profundamente curiosa. Me encanta aprender, viajar, conocer otras culturas, escuchar historias y cruzarme con personas que tienen perspectivas diferentes de ver el mundo. Disfruto muchísimo de la música, especialmente del bullerengue, una expresión cultural del Caribe colombiano con la que mantengo un vínculo muy estrecho.
Si tuviera que definirme más allá de cualquier profesión, diría que soy alguien que disfruta imaginar las posibilidades, pero que, sobre todo, goza el intento de convertirlas en realidad. Prefiero hacer este camino acompañado, porque tengo la certeza de que en la colectividad y en la comunidad es donde reside la verdadera clave del cambio.
«Fuera de mis credenciales académicas, soy una persona profundamente curiosa. Me encanta aprender, viajar, conocer otras culturas, escuchar historias y cruzarme con personas que tienen perspectivas diferentes de ver el mundo».
¿Qué matices definen hoy a la docencia rural y cuál considerás que es su verdadero propósito pedagógico y social?
Para mí, la docencia rural tiene muchos matices. Por un lado, te obliga a entender la educación más allá de las paredes de un salón de clases; la escuela no está separada de la vida de sus estudiantes, sino profundamente conectada con sus familias, sus formas de subsistencia, sus tradiciones, sus dificultades y sus sueños. En mi caso, llegar a Alto San Juan significó encontrarme con una realidad que, aunque compartía elementos con mis propias raíces caribeñas, también me era muy desconocida. Tuve que aprender a escuchar, a observar y a reconocer que mi formación profesional no me daba todas las respuestas. Había mucho conocimiento en la comunidad que yo no poseía, experiencias que ningún libro me había aportado y maneras de comprender el territorio que solo podía descubrir estando allí.
Enseñar en la ruralidad exige una enorme capacidad de adaptación. Al trabajar en la modalidad de multigrado, en una misma jornada puedo pasar de explicar una operación matemática a conversar sobre filosofía, trabajar en una huerta o acompañar a un estudiante que atraviesa una dificultad personal. No siempre contamos con todos los recursos que quisiéramos, por lo que la creatividad termina siendo una herramienta fundamental de nuestro trabajo diario.
Sin embargo, hay algo que considero especialmente valioso: la relación tan cercana que existe entre la escuela y la comunidad. Las familias no son simples acudientes y los estudiantes no son únicamente receptores de información; todos se convierten en aliados para construir experiencias educativas que tengan sentido en su propia realidad.
Quizás uno de mis mayores aprendizajes ha sido comprender que la educación rural no debe limitarse a preparar a los jóvenes para que algún día se marchen de sus territorios. Consiste, más bien, en ofrecerles herramientas para que puedan transformarlos, encontrar oportunidades en ellos y decidir libremente dónde y cómo quieren construir su futuro. No se trata de enseñar menos por estar lejos de las ciudades, sino de construir una educación que reconozca el valor de lo que ya existe en el territorio y que, al mismo tiempo, abra las puertas a todo lo que hay más allá de él.
¿Cuáles son las iniciativas y cómo lograste articular a los estudiantes, las familias y los colectivos nacionales en favor de la vereda?
En la escuela hemos venido desarrollando múltiples proyectos que conectan el aprendizaje con las necesidades, los conocimientos y las oportunidades de nuestra comunidad. Uno de los más significativos es nuestro galpón de pollos, construido con materiales del entorno y con el apoyo de las familias. Desarrollamos ciclos de producción y comercialización en los que los estudiantes participan desde la crianza de las aves hasta la administración de los recursos y la reinversión de las utilidades. Así, las matemáticas, las ciencias naturales y el emprendimiento cobran sentido en una experiencia real que genera aprendizajes significativos.
También contamos con una huerta escolar enfocada en la seguridad alimentaria, el cuidado del suelo y la producción sostenible. A esto se le suman iniciativas de economía circular, como la separación de residuos, la reutilización de botellas plásticas para macetas o «botellas de amor», y la elaboración de papel artesanal. Con esto buscamos alternativas ecológicas, logrando erradicar por completo la antigua práctica de quemar la basura en el colegio.
En el ámbito cultural, impulsamos una hermosa campaña nacional de donaciones que nos permitió reunir más de 700 ejemplares y fundar «Libros Mágicos», nuestra primera biblioteca escolar y comunitaria. Además, mediante diferentes alianzas, gestionamos seis computadores para fortalecer las habilidades digitales de los alumnos. De esta apuesta cultural también nació Cineletras, nuestro club de cine y literatura, donde usamos películas y libros como disparadores para conversar, desarrollar el pensamiento crítico y explorar otras formas de entender el mundo, integrando de manera muy bonita a las madres de familia.
Por otra parte, valoramos profundamente nuestra alianza con Poderosas, un colectivo nacional liderado por Mariana Sáenz, con el que trabajamos en Educación Integral para la Sexualidad. A través de esta unión, entregamos kits menstruales a niñas y madres, y realizamos encuentros comunitarios sobre consentimiento, menstruación, prevención de violencias basadas en género y autonomía corporal. Son diálogos urgentes para derribar prejuicios, reconocer derechos y formar jóvenes y adultos más conscientes y respetuosos.
Todas estas experiencias alimentan una propuesta de mi autoría que está en desarrollo: el Modelo de Escuela Rural Autosostenible (MERA), con el cual busco articular la educación, la sostenibilidad ambiental, la producción y la participación comunitaria para fortalecer las capacidades instaladas en el territorio. Asimismo, colidero Voces del Mapa, un proyecto que conecta a docentes, líderes y estudiantes de distintas regiones de Colombia mediante el intercambio de cartas y audios, permitiendo que los jóvenes reconozcan la diversidad del país y tiendan puentes sobre las diferencias geográficas.
En el fondo, ninguna de estas iniciativas se trata simplemente de llevar recursos a una escuela aislada; el verdadero propósito es generar las oportunidades para que los estudiantes y sus familias descubran que, con sus propias manos y en colectividad, son capaces de construir su propio porvenir.

¿Cómo recibió tu familia tu partida hacia San Pedro de Urabá?
Cuando decidí comenzar este camino de la docencia, a mis padres les gustó mucho. Aunque soy ingeniero ambiental y ellos saben cuánto disfruto de mi profesión, enseñar tampoco era algo completamente ajeno a mi historia; antes había participado en procesos de formación, capacitaciones y espacios de intercambio de conocimientos. De alguna manera, en mí ya existía ese gusto por compartir lo que sé y por aprender de la mano con otros.
La preocupación en mi hogar apareció más por la geografía que por la decisión de ser docente. Mi madre es particularmente nerviosa y no le agradó saber que estaría en una zona que ha sido fuertemente golpeada por la violencia y el conflicto armado, donde aún hoy existe presencia de actores al margen de la ley. Como madre, obviamente sentía mucho temor.
Sin embargo, mi familia siempre ha tenido una manera muy hermosa de acompañarme: me aconsejan, se preocupan y preguntan, pero también respetan profundamente mis decisiones. Creo que eso se debe a la forma en que nos criaron. Mis padres nos expusieron a mis hermanos y a mí, desde muy pequeños, a experiencias, lugares y personas diversas. Nos permitieron explorar, equivocarnos y enfrentar situaciones que nos fueron dotando de recursos para desenvolvernos en la vida.
Por eso hay algo paradójico y bello en todo esto: mi mamá puede angustiarse muchísimo por el lugar donde estoy, pero al mismo tiempo sabe que las herramientas con las que hoy enfrento este desafío provienen precisamente de ella y de mi papá. Esa confianza ha sido uno de los regalos más importantes de mi familia; no se trató de decirme qué sendero tomar, sino de haberme ayudado a construir el carácter para atreverme a elegir mi propio rumbo.
¿Cuáles dirías que son los desafíos más complejos que enfrentan y en qué pilares se apoyan?
Los desafíos son múltiples e incluso comienzan antes de llegar a la escuela. Nos encontramos en una zona rural dispersa y el acceso no siempre es sencillo; aquí llueve demasiado, por lo que las vías se transforman en barriales complejos. A esto se le suman las limitaciones de infraestructura, recursos y materiales que naturalmente condicionan nuestro accionar y afectan los procesos de aprendizaje. Muchas veces tenemos una excelente idea, pero no contamos con lo necesario para desarrollarla como la imaginamos. Eso nos ha obligado a gestionar alianzas, reutilizar materiales, buscar apoyos y, sobre todo, aprender a comenzar con lo que tenemos y sabemos.
Sin embargo, considero que existe un reto todavía más importante que conseguir financiamiento: lograr que los procesos sean sostenibles y se mantengan en el tiempo. El objetivo es que los estudiantes se apropien de ellos, que las familias participen y que el conocimiento quede instalado en la vereda. Si un proyecto desaparece cuando se marcha la persona que lo impulsó, entonces significa que todavía nos falta mucho trabajo por hacer.
Precisamente allí residen nuestras mayores fortalezas. Contamos con familias que se vinculan activamente, como en la comercialización del galpón de pollos; estudiantes que gradualmente asumen mayores responsabilidades mediante un esquema de líderes y sublíderes en cada iniciativa; y miembros de la comunidad que aportan saberes, materiales y trabajo de forma voluntaria, como el vecino que construyó el mueble para nuestra biblioteca comunitaria. Asimismo, encontramos aliados fuera del territorio que decidieron creer en lo que estamos edificando, lo que nos permitió postular y ganar varias convocatorias nacionales e internacionales.
Otra virtud enorme es nuestra capacidad de resolución. En la ruralidad uno aprende que esperar las condiciones perfectas puede significar no empezar nunca; por ello, aprendimos a probar, equivocarnos, ajustar y volver a intentarlo.
En este punto quiero ser sumamente cuidadoso: no se trata de romantizar las carencias. La ruralidad no es sinónimo de precariedad. Las comunidades rurales merecen inversión del Estado, infraestructura digna y oportunidades reales; la creatividad de los docentes y habitantes no debe convertirse en una excusa para justificar la ausencia de políticas públicas. Nuestra verdadera fortaleza radica en esa combinación exacta: poseemos capacidades internas instaladas en el territorio y aprendimos a conectarlas con oportunidades externas. Cuando esos dos mundos se encuentran, las iniciativas dejan de sentirse como algo ajeno que alguien vino a traer, y se transforman en procesos que la comunidad reconoce y defiende como propios. Es allí donde nace la verdadera sostenibilidad.
¿Qué reflexión o consejo les darías a aquellos jóvenes que sienten la inquietud de dedicarse a la educación?
En primer lugar, yo no intentaría convencer a ningún joven de que debe dedicarse a la docencia. Considero que es una decisión demasiado trascendental como para construirla a partir de un discurso romántico. Ser maestro puede resultar profundamente gratificante, pero también exige muchísimo. Hay días en los que una clase que preparaste con entusiasmo simplemente no funciona, estudiantes que no responden como esperabas, dificultades que escapan por completo de tus manos debido a factores externos, y momentos en los que inevitablemente te cuestionás si tu labor está generando algún impacto real.
Sin embargo, esta profesión también ofrece experiencias extraordinarias. Te permite entrar en contacto con personas que apenas están construyendo su manera de comprender el mundo y te da la oportunidad de acompañarlas durante una parte de ese proceso.
A quienes albergan dudas, les sugeriría que, antes de tomar una decisión definitiva, se permitan vivir experiencias educativas prácticas. Que acompañen un proceso comunitario, faciliten un taller, enseñen algo que dominen o escuchen activamente a los niños y jóvenes; incluso que conozcan una escuela distinta a aquella en la que estudiaron. A veces uno descubre su verdadero lugar haciendo, no pensándolo desde la distancia.
Yo llegué a la educación después de haber recorrido otros caminos profesionales y, lejos de ser una desventaja, considero que eso enriqueció enormemente mi manera de enseñar. La escuela necesita pedagogos, por supuesto, pero también necesita dialogar con muchas otras disciplinas: requiere de artistas, científicos, ingenieros, agricultores, escritores y emprendedores capaces de conectar lo que ocurre dentro del salón de clases con la realidad del mundo exterior.
Finalmente, les diría algo que aprendí en este trayecto: ser docente no significa poseer todas las respuestas. Muchas veces consiste en saber plantear buenas preguntas, reconocer cuando uno no sabe, tener el valor de sentirse vulnerable y estar dispuesto a aprender junto a los estudiantes. Desde que inicié este camino, entendí que el profesor debe convertirse en alumno de tiempo completo para permitir que los estudiantes se transformen en maestros. Si alguien siente esa inquietud en su interior, no le diría simplemente que lo haga; le diría que se dé la oportunidad de acercarse genuinamente a la educación. Tal vez descubra que no es su camino, y eso está bien; pero tal vez encuentre allí una versión de sí mismo que todavía no conocía.
«En primer lugar, yo no intentaría convencer a ningún joven de que debe dedicarse a la docencia. Considero que es una decisión demasiado trascendental como para construirla a partir de un discurso romántico».
¿Cuáles han sido esos momentos o imágenes cotidianos que más te han impactado y cómo transformaron tu propia visión de lo que significa educar?
Las experiencias que más me han impactado no necesariamente han sido las más masivas ni las que mejor se ven en una fotografía; muchas veces han sido momentos pequeños en los que uno no alcanza a dimensionar que algo está cambiando.
Me ha conmovido ver cómo algunos estudiantes comenzaron diciendo «yo no puedo» o «yo no sé hacer eso», esperando que fuese yo quien lo resolviera, y tiempo después encontrarlos tomando decisiones, explicándole un tema a un compañero o a estudiantes de otros países, haciendo cuentas, proponiendo ideas o asumiendo responsabilidades sin que nadie se lo pida. Esos cambios parecen sutiles, pero son realmente enormes. También me marcó ver que las familias entran a la escuela de otra manera: no solo para una reunión de calificaciones o cuando surge un problema, sino para construir, aportar un saber, trabajar juntos o simplemente compartir una vivencia. Eso transforma de raíz la relación entre la comunidad y la institución.
Tengo imágenes grabadas en la memoria: ver llegar cientos de libros a una escuela rural gracias a personas que, sin conocernos, decidieron donar un ejemplar para nuestra biblioteca; ver a los estudiantes criando sus primeros pollos y luego sentándose a calcular costos para entender cuánto habían invertido y cuánto debían reinvertir; o ver a las madres de familia sentadas junto a nosotros disfrutando de una película y debatiendo sobre ella. Son instantes muy sencillos que demuestran que la escuela puede convertirse en muchísimas cosas al mismo tiempo.
Por supuesto, también me han marcado los momentos en los que las cosas no salieron como pensaba. Hubo proyectos que replantear, actividades que no generaron la respuesta esperada y estudiantes a los que no siempre logré llegar como quería. La educación me ha enseñado a convivir con la frustración y a entender que uno no controla los procesos de las demás personas.
Quizás por eso, una de las cosas que más me ha transformado ha sido dejar de pensar que mi trabajo consiste en llegar a cambiar la vida de mis alumnos. Esa idea pone demasiado al profesor en el centro del universo. Hoy prefiero entender que, durante un tiempo, nuestros caminos simplemente coinciden. Mi responsabilidad es ayudar a crear las experiencias, las preguntas y las oportunidades para que ellos descubran de qué son capaces. Mientras eso ocurre, inevitablemente ellos también van transformando mi manera de comprender la educación, el territorio y hasta mi propia vida.
¿Cuál es esa última reflexión o cuestionamiento que considerás urgente respecto a la forma en que se entiende y narra la ruralidad?
Últimamente he estado pensando mucho en la manera en que miramos la ruralidad. Con frecuencia, al hablar de la escuela rural, se empieza enumerando lo que hace falta: infraestructura, recursos, oportunidades, conectividad o docentes. Muchas de esas carencias son reales y deben ser atendidas de forma prioritaria; sin embargo, cuando esa se convierte en nuestra única perspectiva y se vuelve el centro de la narrativa, terminamos definiendo a las comunidades exclusivamente a través de sus necesidades.
En los últimos años, mi experiencia en el territorio me ha mostrado otra realidad. He encontrado conocimientos profundos sobre la tierra, los cultivos, los animales y los ciclos de la naturaleza; formas admirables de organización comunitaria, memoria viva, expresiones culturales ricas y personas capaces de resolver problemas con una creatividad impresionante. Incluso he convivido con niños y jóvenes que dominan saberes que yo, tras pasar por la universidad y una maestría, simplemente desconozco. Esto me lleva a preguntarme por qué seguimos imaginando que el conocimiento siempre debe viajar en una sola dirección: desde las ciudades hacia el campo.
Es urgente construir caminos de doble vía. Ante desafíos globales como el cambio climático, la soberanía alimentaria, la pérdida de biodiversidad o el deterioro de los vínculos comunitarios, los territorios rurales no solo tienen problemas que requieren soluciones, sino que también poseen conocimientos y experiencias que pueden ayudarnos a construir respuestas para el planeta. Allí es donde la escuela rural puede ocupar un lugar mucho más trascendental del que tiene ahora: un espacio donde el conocimiento científico dialogue en igualdad de condiciones con los saberes locales y ancestrales. Un lugar donde un estudiante aprenda matemáticas diseñando un presupuesto real, ciencias comprendiendo el suelo de su huerta, o tecnología buscando una solución para su entorno.
No obstante, reitero la necesidad de ser muy cuidadosos: valorar la ruralidad no significa imponerles a los jóvenes que deben quedarse allí de forma obligatoria. Ellos tienen todo el derecho a conocer otros lugares, estudiar, viajar, migrar si así lo desean y construir su proyecto de vida donde decidan. Una educación de calidad debe ampliar sus posibilidades, jamás reducirlas. Lo que realmente anhelo es que cuando un joven rural deba decidir si quedarse o marcharse, pueda hacerlo porque cuenta con opciones reales y libertad de elección, y no porque las circunstancias y la falta de oportunidades decidieron por él. Por eso, cada vez pienso menos la escuela rural como un espacio rezagado que necesita alcanzar a los centros urbanos, y la percibo más como un faro desde el cual podemos imaginar otras maneras de educar, de relacionarnos con el territorio y de edificar el futuro.
¿Qué mensaje de despedida te gustaría dejarles a los lectores y al equipo de este diario?
Para todos los lectores de Cleo, les envío un abrazo muy profundo y lleno de colores desde Colombia, particularmente desde este pedacito de ruralidad en San Pedro de Urabá, impregnado con un poco de mar. Muchas gracias por regalarme un fragmento de su tiempo para conocer esta historia y, a través de ella, descubrir algo de lo que estamos viviendo y construyendo desde una escuela rural colombiana.
También quiero agradecer por abrir este espacio y por permitir que nuestras experiencias crucen fronteras. Me parece muy hermoso pensar que una conversación que nace entre Colombia y Argentina pueda encontrarse ahora con personas de tantos lugares.
A quienes nos leen, ojalá alguna parte de este relato les haga eco, les deje una pregunta, una idea, o simplemente la curiosidad por conocer esas pequeñas cosas que otras personas están intentando edificar desde sus propios territorios. Desde el Caribe colombiano y con los zapatos un poquito embarrados, les mando un abrazo enorme.


