ESPECIAL DE CLEO
Jorge Julio Bedoya Quintero es un escritor, poeta y narrador colombiano-americano que se define a sí mismo como un ciudadano del mundo. Con una trayectoria marcada por periplos que van desde las montañas de Colombia hasta Nueva York, Jerusalén y diversos rincones de Europa, su obra literaria, —impregnada de una profunda sensibilidad mística y un lirismo innato— refleja la convicción de que la humanidad comparte un mismo cielo por encima de cualquier frontera.
¿Cuál es el motivo detrás del uso de sus dos apellidos y qué mensaje le gustaría dejarle al público que conocerá su historia?
Uso mis dos apellidos para honrar a las familias Bedoya y Quintero, ya que existen muchos Jorge por el mundo, e incluso varios con el nombre de Jorge Bedoya. Como colombiano-americano, quiero expresar mi más profundo agradecimiento a Cleo por esta entrevista, por abrirme las puertas de su corazón y por permitirme compartir la historia detrás de mis pasos.

¿Cómo fue su experiencia al salir de Colombia por primera vez y qué impacto han tenido en su vida los diferentes viajes y países que ha visitado?
Cuando salí de Colombia hacia Nueva York, el cambio me impresionó enormemente. Pasar de haber nacido en la montaña, en un pueblo sumamente pequeño, a vivir en otro municipio donde nos refugiamos —primero en Manzanares, Caldas, y luego en Bogotá— para finalmente llegar a la Gran Manzana, fue un choque cultural tremendo. Me sentí perdido. Recuerdo que en mi primer viaje en avión veía los autos desde la altura y parecían insectos diminutos.
A decir verdad, cada nación que he visitado me ha impactado, porque me he dado cuenta de que cada cultura tiene algo de las demás. Otro destino que me marcó profundamente fue España; allí descubrí el origen de mis raíces andaluzas y canarias. Escuchar los vocablos que usaban mis padres y ver calles con mi propio apellido fue una experiencia conmovedora.
Luego viajé a Italia. El regreso desde Roma hacia Madrid lo hice en tren, parando en grandes ciudades y disfrutándolas al máximo. Vivir en territorio italiano fue algo único y bellísimo; todo ese trayecto me abrió los ojos al mundo. Si tuviera que resumir mi recorrido sin enumerar paso a paso, diría que salí de Colombia hacia Estados Unidos, luego pasé por Canadá, Puerto Rico, regresé a mi país natal y volví a Norteamérica. Después volé hacia Tel Aviv y Jerusalén. Recorrer esos lugares sagrados me generó un gran impacto emocional; soy una persona que, en teoría, nació para ser un monje de clausura, por lo que verme inmerso en ese ambiente y en tanta historia resultó grandioso.
Tuve la oportunidad de establecerme en cualquiera de estos países, pero no quise volver a pasar por los complejos y costosos procesos de residencia legal. Por eso decidí regresar a la zona de Nueva York y Nueva Jersey por un tiempo.
Actualmente conozco casi toda América Latina; del continente solo me faltan Nicaragua y El Salvador. En mi último viaje, además de volver a España, Italia y Francia, visité Escocia, Marruecos y llegué hasta Estambul, recorriendo tanto la parte europea como la asiática de Turquía. Mis pasos han ido muy lejos. Cada uno de estos destinos ha dejado una huella en mí. Hoy estoy convencido de que, sin importar a dónde vaya, todos somos uno y formamos parte de la misma mezcla. A veces solo varían los idiomas, pero donde sea que llego, me siento como en casa.
«A decir verdad, cada nación que he visitado me ha impactado, porque me he dado cuenta de que cada cultura tiene algo de las demás».
¿Cuándo y de qué manera descubrió su vocación por la poesía, y qué significa este arte en su día a día?
Descubrí la poesía el día en que llegué a mi primera estancia en la montaña. Al mudarme a una casa colonial de grandes corredores, empecé a contemplar las aves y a observar a una serpiente que me sacaba la lengua, lo cual me pareció sumamente curioso. También me cautivaba mirar el sol, escuchar el silencio o la música, y admirar el paisaje. Yo no encontré la lírica en las páginas de un libro.
A los ocho años, ya compartía flores en el cementerio: se las quitaba a las tumbas que tenían en abundancia para ofrendárselas a las que no tenían nada. Fue allí donde comprendí que este arte no consiste en rimar, sino en un acto de entrega, pequeño y verdadero.
Tal como soy y de la forma en que vivo, cada vez que me despierto, todo a mi alrededor se transforma en versos. Creo que se trata de un don innato, ya que nunca he realizado estudios formales sobre el tema. En este despertar constante, considero que también ha influido de manera profunda la vida de los místicos, quienes son mis autores preferidos.

¿Qué libros ha publicado hasta el momento, en qué nuevos proyectos literarios está trabajando y qué otras colaboraciones artísticas destacaría de su trayectoria?
Hasta el momento, he publicado tres libros: el primero, ¿Quieren ir por mi vida o prefieren que se las cuente?; el segundo, Testimonios y vivencias, y el tercero, Detrás de mis raíces. Actualmente, tengo listo el material para mi cuarta obra, que se titulará Detrás de mis pasos. Este manuscrito es la crónica de mi regreso a Europa después de 40 años, donde además continúo el relato por otros destinos que antes no había tenido la oportunidad de conocer. Es el recuento de todo este trayecto y del reencuentro con personas entrañables con las que nos hemos seguido viendo y compartiendo durante estos 42 años posteriores a mi primer viaje al Viejo Continente.
Por otra parte, mi primer poema publicado vio la luz en la antología El color de las palabras, editada por la escritora argentina Ana Soto, quien lamentablemente partió de este mundo el año pasado. Asimismo, formo parte de una revista colombiana en la que he colaborado desde su segunda edición hasta las entregas número 19 o 20. Esta publicación se edita cada dos o tres meses, y siempre me piden dos composiciones para formar parte de cada número. Como suelo decir, escribo constantemente; no me quedo quieto. Mi obra no es extensa, sino más bien cortita, sin pretensiones: pequeña y verdadera.
¿De qué manera vive sus viajes alrededor del mundo y cómo se conecta su sensibilidad poética con los lugares que visita, como ahora en Canadá?
Pasear por las calles de las ciudades que visito se ha convertido en mi momento mágico, una experiencia que se repite a lo largo de mis viajes por el mundo. No me entrego únicamente a través de mis versos y poemas del alma, sino también mediante este recorrido vivencial. Así, inmerso en esa magia, me despedí esta noche del Viejo Montreal.
¿Qué autores o figuras históricas considera que han dejado una marca en su obra?
En realidad, no me he sentido inspirado por ningún poeta en particular. He preferido seguir mis propios sentimientos a partir de lo que he vivido, de lo que he visto y de aquello que me atrae, así como de las huellas que han dejado ciertas personas con las que he compartido la vida. Sin embargo, reconozco el influjo de grandes místicos como Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz, además de otros personajes históricos trascendentales que dedicaron su existencia a servir y amar a Dios. También me inspira todo lo que recibí de mis abuelos, de mis padres y de cada una de las personas que se han acercado a mí, generando un lazo mutuo.
Si bien disfruto de varios escritores latinoamericanos, colombianos y españoles —así como de otras figuras importantes de la literatura universal—, esto no significa que sea seguidor de ninguno de ellos. Únicamente sigo mis emociones, la profunda relación que mantengo con Dios y el vínculo con las personas que llegan a mi camino, a quienes considero un regalo que se queda para siempre en mi vida.

¿Qué es para usted la felicidad y de qué manera decide afrontarla en su día a día?
La felicidad llega y se esconde en lo pequeño: en el acto de compartir el pan o en una palabra verdadera. Es un sentimiento que carece de temor; por eso, hay que aproximarse a ella sin miedo. Yo lo hago así, dejándome llevar por el ritmo, dispuesto a bailar si la vida me toca la música. Le va-et-vient.
Para cerrar la entrevista, ¿cuál es su máxima aspiración como poeta y cómo describiría esa visión del mundo que busca transmitir a través de sus palabras?
Un solo cielo. Quiero seguir viviendo el poema más bello de mi existencia: aquel que me regalan, el que habito a cada instante, el que me florece cada día. Un verso me convierte en viajero. Una danza, un mar profundo, un firmamento encantado, el Everest y un único museo; una ciudad integrada por la humanidad entera.
¿Y el hombre y la mujer? Un solo cuerpo, libre de celos. Sin distinciones de sexo, colores ni idiomas; todos bajo un mismo techo celestial y un solo Dios. Una divinidad del mismo tamaño para cada uno, donde lo compartamos todo, rompiendo el hielo y tocando corazones. Dos almas que se funden en una sola, amadas por el universo entero.

