Jue 05 noviembre ,2026
InicioGeneralEntre el deseo y el final

Entre el deseo y el final

Manuel Galán (Santo Domingo, Republica Dominicana)

Me confieso quebrantable ante la tentación adecuada; vulnerable, imperfecto.

¡No pretendo ser ejemplo para nadie!

Solo soy uno más intentando vivir tan intensamente como le es posible, aunque a veces la vida me sobrepase, aunque esta mente no me conceda tregua y lleve dentro una guerra permanente entre lo que pienso y lo que siento.

Mi corazón se ha convertido en un campo de batalla. Hoy declaro a mis instintos mis verdugos y a mis principios, las últimas riendas que me impiden perderme por completo. No siempre consigo dominarme; tampoco voy a fingir que lo consigo. Hay tentaciones ante las que me descubro más débil de lo que imaginaba y deseos que me obligan a recordar que, por mucho que uno crea conocerse, siempre queda algo de sí mismo por descubrir.

Soy un perseguidor de utopías, un hombre que a veces parece haber nacido fuera de su época, un jinete soñador sobre un corcel blanco, persiguiendo horizontes que quizá nunca alcance. Y aun así, ¿qué sería de mí si dejara de perseguirlos? ¿En qué se convertiría esta vida si renunciara a todo aquello que me hace levantar la mirada por encima de lo posible?

He tenido a manos llenas, pero también he conocido la miseria de la necesidad. He sido el héroe y el villano de mis propios dramas; tan feliz como el que más y tan insignificante como cualquiera. He reído hasta olvidar mis penas y he sufrido hasta no reconocerme. Porque, al parecer, la vida también cobra sus precios: a veces nos hace pagar por aquello que deseamos y otras nos recuerda que incluso la felicidad puede dejarnos heridas.

He pagado el precio de la intensidad que elegí. No todo ha sido hermoso, ni todas mis decisiones han merecido la pena. Pero, incluso en medio de mis equivocaciones, he intentado extraerle la miel a cada flor que esta vida ha puesto en mi camino. He querido saborear sus días buenos sin reservarme demasiado, abrazar lo que me hace feliz y guardar en la memoria esos instantes que, sin avisar, terminan convirtiéndose en recuerdos.

Quizá por eso me cuesta tanto aceptar que esta primavera parece estar llegando a su fin.

¡No quiero que termine!

Me aferro a ella como el pez que lucha por encontrar agua cuando ya está fuera de su elemento, como una rama que resiste la corriente antes de precipitarse por la cascada. Sé que no puedo detener el curso de las cosas, pero hay algo en mí que se rebela ante la idea de perder aquello que todavía me hace sentir vivo.

Últimamente, las noches parecen alargarse más de la cuenta. Pienso, recuerdo, anticipo despedidas que todavía no han sucedido y trato de convencerme de que no todo lo hermoso está condenado a desaparecer. Sin embargo, el tiempo no negocia con nuestros deseos. Sigue avanzando, incluso cuando uno quisiera pedirle que se detuviera un momento más.

Por eso vivo cada instante como si pudiera ser el último. No porque haya descubierto el secreto de la existencia, ni porque crea que vivir intensamente me hace superior a nadie. Simplemente, he comprendido que hay experiencias que no se repiten de la misma manera, personas que no regresan siendo las mismas y etapas que, una vez terminadas, solo sobreviven en aquello que dejaron dentro de nosotros.

Algunas almas viejas me han llamado intenso.

Tal vez lo sea. Tal vez sienta demasiado, espere demasiado o me aferre a las cosas cuando ya debería aprender a soltarlas. No lo sé. Lo único que sé es que nunca he entendido del todo esa costumbre de pasar por la vida como si tuviéramos garantizado el mañana, como si siempre hubiera otra oportunidad para decir lo que callamos, abrazar a quien queremos o disfrutar de aquello que hoy damos por sentado.

No pretendo tener la razón. Tampoco quiero convertir mi manera de vivir en una lección para los demás. Cada quien carga con sus propios temores, sus límites y sus razones para caminar más despacio. Yo solo intento vivir con la intensidad que me nace, aun sabiendo que esa misma intensidad puede ser mi mayor alegría y, algunas veces, mi peor condena.

Porque hay una diferencia entre vivir intensamente y querer retenerlo todo. Apenas estoy aprendiendo a reconocerla.

Quizá la verdadera tragedia no sea que las cosas terminen, sino descubrir, cuando ya se han ido, que estuvimos demasiado ocupados temiendo perderlas para disfrutarlas mientras permanecían a nuestro lado.

Y, aun así, si la vida volviera a ofrecerme otra primavera, con sus flores, sus tormentas y sus despedidas, no sé si sabría vivir de otra manera.

Tal vez volvería a sentir demasiado. Tal vez volvería a equivocarme. Tal vez volvería a perseguir esos horizontes imposibles.

Porque todavía hay algo en mí que se niega a vivir a medias.

¡Porque nadie disfruta tanto como aquel que comprende que nada le está garantizado para siempre!


Te puede interesar