Jefferson Manuel Galán (Santo Domingo, Republica Dominicana)
(Piénsalo con cuidado)
—Dios: …
—Hijo:
No sé por dónde empezar. Supongo que ese es uno de mis problemas: pienso demasiado las cosas, guardo silencio durante mucho tiempo y, cuando finalmente decido hablar, descubro que ni siquiera sé cómo explicar lo que llevo dentro.
He hecho cosas buenas en mi vida y otras de las que todavía me arrepiento. He intentado ser un hombre digno, respetar a los demás, honrar a mis padres y caminar por la vida sin convertirme en aquello que alguna vez me hizo daño. He sido obediente y también desobediente; he defendido mis principios y, en ocasiones, he terminado traicionándolos. No siempre porque quisiera hacer el mal, sino porque soy imperfecto y hay momentos en los que ni siquiera yo comprendo por qué actúo de determinada manera.
He sido honesto, pero también he mentido. He contado historias verdaderas y otras que nacieron de mi imaginación. He abierto una puerta para ayudar a alguien y, sin querer, he mirado donde no debía. Me he considerado un caballero, aunque sé que ninguna buena acción me convierte en un hombre incapaz de cometer errores.
Nunca he sido infiel, pero no voy a decir que jamás he tenido que luchar contra mis propios deseos. También he conocido esas guerras silenciosas en las que la razón intenta poner límites y la mente parece empeñada en cruzarlos. He deseado lo que no me pertenecía, he tenido pensamientos que contradicen mis principios y he descubierto que una cosa es defender la virtud con palabras y otra muy distinta enfrentarse a uno mismo cuando nadie está mirando.
¿Eso me convierte en una mala persona? No lo sé. A veces me pregunto si basta con no hacer daño o si también debemos responder por aquello que alimentamos en nuestro interior.
He sido responsable, pero también he tenido días grises en los que levantarme de la cama parecía una obligación demasiado grande. Nunca me ha alegrado el sufrimiento ajeno, aunque, cuando alguien me ha herido profundamente, he llegado a desearle el mismo dolor que me causó. Después, cuando la rabia desaparece, me pregunto en qué momento comencé a parecerme a aquello que tanto me lastimó.
He querido ser bueno. De verdad que sí. Pero ¿qué significa ser bueno? ¿No hacer daño? ¿Hacer el bien cuando nadie puede agradecértelo? ¿Perdonar a quien no se arrepiente? ¿O renunciar a la venganza incluso cuando una parte de ti considera que el otro merece sufrir?
Tal vez la bondad no consista en carecer de pensamientos oscuros, sino en no permitir que estos decidan por nosotros. Sin embargo, tampoco quiero utilizar esa idea para justificarme. Porque conozco mis errores y sé que, algunas veces, he tenido razones para hacer lo correcto y aun así no lo he hecho.
He honrado a mis padres, pero también les he fallado. He sabido pedir perdón, aunque en ocasiones he guardado rencor durante más tiempo del necesario. He hablado mal de otras personas, incluso cuando he creído tener razones para hacerlo. He juzgado sin conocer toda la historia y he exigido comprensión para mis propias equivocaciones después de haber sido poco comprensivo con las de los demás.
Qué extraño es el ser humano. Quiere que entiendan sus heridas, pero no siempre se detiene a pensar en las que puede provocar. Pide oportunidades cuando se equivoca y, sin embargo, a veces se niega a concederlas. Desea que lo amen con sus defectos, pero le cuesta aceptar que los demás también tienen los suyos.
A mí también me han roto el corazón. He entregado tiempo, dinero, confianza y partes de mí que no sabía cómo recuperar. He dado más de lo que podía permitirme, creyendo que el cariño era suficiente para evitar que alguien me hiciera daño. Me equivoqué. Aprendí que hay personas que reciben tus esfuerzos sin comprender su valor, y que darlo todo no garantiza que alguien se quede.
Tengo deudas. He atravesado momentos difíciles. He llorado algunas noches sin encontrar las palabras para explicar lo que me ocurría. He sentido que nadie podía comprenderme y, quizá por eso, muchas veces he preferido callar. Desde fuera, una persona puede parecer tranquila mientras por dentro intenta resolver problemas que ni siquiera sabe cómo contar.
Hubo una etapa en la que llegué a pensar en quitarme la vida. No lo digo para despertar lástima ni para convertir mi sufrimiento en una historia extraordinaria. Lo digo porque ocurrió, porque hubo momentos en los que el peso de lo vivido me hizo perder de vista cualquier salida. Sentí que había desperdiciado demasiado tiempo, que algunas personas habían dejado heridas profundas y que mi vida se había convertido en una acumulación de pérdidas.
Me senté a llorar en silencio. Perdí la paz. Dejé de reconocerme en algunos de mis propios pensamientos. Hubo días en los que me sentí como la persona más insignificante del mundo y otros en los que conseguí levantarme con una fuerza que ni yo mismo sabía que conservaba.
Y aquí sigo.
No sé si eso significa que soy fuerte, que he tenido suerte o que todavía me quedan cosas por comprender. Solo sé que hubo momentos en los que no encontraba motivos para continuar y, aun así, el tiempo siguió avanzando. Yo también avancé, aunque no siempre supiera hacia dónde.
A veces pienso en el adolescente que fui y en el adulto que soy. Me pregunto cuántas cosas habría hecho de otra manera si hubiera sabido entonces lo que sé ahora. Cuántas lágrimas me habría ahorrado, cuántas decisiones habría reconsiderado y cuántas veces habría preferido marcharme antes de perderme intentando salvar algo que ya no podía sostener.
Pero el pasado no acepta correcciones. Uno puede arrepentirse, comprender sus errores e intentar reparar lo que todavía sea posible; lo que no puede hacer es regresar para convertirse en la persona que habría sido si hubiera elegido de otra manera.
Quizá crecer consista también en aprender a convivir con esa impotencia.
Y, sin embargo, todavía tengo miedo. Miedo de no llegar a ser quien deseo, de quedarme a mitad de camino, de que mis errores pesen más que mis esfuerzos. Miedo de que el mundo termine juzgándome por aquello que me faltó conseguir y no por todas las veces que intenté levantarme.
Tal vez ante los ojos de algunas personas nunca llegue a ser alguien extraordinario. Quizá no consiga todo lo que sueño ni pueda reparar cada una de mis equivocaciones. Pero tampoco quiero pasarme la vida intentando demostrar que soy mejor de lo que realmente soy.
Quiero aprender a mirarme sin inventar excusas. Reconocer mis virtudes sin sentirme superior y aceptar mis defectos sin utilizarlos como una condena. Quiero dejar de confundir el arrepentimiento con el cambio, porque sé que sentirse mal por algo no significa necesariamente haber aprendido a no repetirlo.
Y si algún día vuelvo a cometer los mismos errores, quisiera tener el valor de reconocerlos sin esconderme detrás de mis buenas intenciones.
Porque también he aprendido que una persona puede hacer mucho bien y, aun así, tener cosas que corregir. Que haber sufrido no nos concede el derecho de herir a otros. Que nuestras heridas explican algunas de nuestras reacciones, pero no siempre las justifican. Y que quizá la verdadera honestidad comienza cuando dejamos de utilizar nuestras circunstancias para defender todo lo que hacemos.
Dios, no sé si he sido bueno. Tampoco sé si he sido malo. He sido justo algunas veces, injusto otras; he amado, he fallado, he perdonado y he guardado rencor. He intentado caminar por el lado correcto del camino, aunque no siempre haya conseguido mantenerme en él.
No vengo a pedirte que me consideres inocente. Tampoco quiero que me absuelvas de todo aquello que me corresponde reconocer. Solo quisiera comprenderme un poco mejor, distinguir entre lo que soy y lo que todavía puedo llegar a ser.
Porque, si algo me inquieta, no es descubrir que tengo defectos. Es acostumbrarme tanto a ellos que algún día deje de reconocerlos.
—Dios: …
Y otra vez el silencio.
Quizá esperaba una respuesta. Una señal, una palabra, algo que me permitiera salir de esta conversación con la certeza de haber comprendido alguna cosa. Pero no escuché nada. Solo me quedé frente a mis pensamientos, con todas mis contradicciones y ninguna respuesta definitiva.
Entonces entendí que hay preguntas que uno dirige al cielo porque todavía no se atreve a hacérselas a sí mismo.
Tal vez por eso escribo estas confesiones. No para que alguien me declare inocente, ni para que otro se reconozca culpable después de leerlas. Las escribo porque a veces necesitamos detenernos y mirar aquello que preferiríamos mantener oculto.
No sé si soy una buena persona. No sé si mis acciones hablan mejor de mí que mis pensamientos, ni si mis intenciones son suficientes para definir quién soy. Lo que sí sé es que todavía estoy a tiempo de cuestionarme, de corregir lo que pueda y de dejar de mentirme cuando conozco la verdad.
Y quizá esa sea la parte más difícil de toda confesión: no admitir ante Dios lo que hicimos, sino atrevernos a reconocerlo ante nosotros mismos.
Porque es fácil pedir perdón por lo que hicimos; lo difícil es dejar de ser la persona que encuentra una y otra vez la manera de hacerlo.

