Jue 05 noviembre ,2026
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El arte que las máquinas no pudieron aprender

Por la Redacción Cultural

Hay una técnica textil, que nació en las cortes europeas, allá por el siglo XVIII, y que terminó popularizándose como tejido a ganchillo recién hacia 1820.

​Lo curioso de esta labor es que no hay máquina capaz de imitarla. En plena época donde todo, o casi todo, pasó a ser absorbido por la tecnología —aun las actividades que creíamos más propias como la escritura, el arte visual o la composición musical— el crochet se mantiene como un dominio exclusivo de lo humano.

​Al fin de cuentas, lo que hace insustituible al ganchillo es el tacto. Ningún robot puede calcular la tensión exacta del hilo ni esa sensibilidad para ir leyendo el espacio cambiante de los puntos sobre la marcha. Tampoco tienen intuición, ni paciencia, ni saben improvisar cuando algo no sale como esperábamos.

​Además, el ganchillo tiene una gran versatilidad espacial, que la industria todavía no pudo descifrar. Las máquinas solo logran tramas planas, pero el crochet da el salto al 3D, que es el secreto detrás de los amigurumis que se pusieron de moda hace unos años.

​Cada prenda, cada trama y cada muñeco tejido a mano nos recuerdan que todavía hay saberes que se escapan de la automatización. El crochet sigue siendo ese refugio donde el tiempo lo marcan las manos, la pasión y la calma.

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