Por la Redacción Cultural
La Divina Comedia, obra maestra de Dante Alighieri (1265-1321), no solo consolidó las bases del idioma italiano moderno, sino que —siete siglos después de su publicación— sigue operando como un molde en la cultura contemporánea.
Su estructura narrativa y su poder visual alimentan de forma constante el arte actual. El concepto del infierno dividido en círculos y castigos inspiró tanto a la literatura de terror y al cine fantástico como a los videojuegos. A su vez, el viaje del héroe se convirtió en el arquetipo por excelencia del cine de aventuras, la ciencia ficción y la fantasía épica, mientras que la figura del autor como protagonista de su propia obra abrió la puerta a la autoficción.
Este último concepto es el que tomará Jorge Luis Borges, al convertir su nombre, su biografía y sus antepasados militares en materia literaria. En sus ficciones, de hecho, firmaba con su apellido mientras guardaba su nombre de pila para la vida privada. También abrevaron en su obra otros elementos dantescos, como la obsesión por los laberintos y los espejos. El autor argentino era un gran admirador de Dante, al punto de confesar que, si tuviera que elegir un solo libro para llevarse a una isla desierta, probablemente elegiría la Divina Comedia.
A principios del siglo XX, en nuestro terruño, un italiano llegado de Treviso decidió construir una pequeña capilla consagrada a Nuestra Señora del Buen Consejo en la zona de Colonia Carolina. Fiel a sus raíces y a las lecturas que traía desde su país natal, Lorenzo Tomasella talló en madera un retablo incorporando criaturas monstruosas, serpientes y demonios —incluido un gran diablo negro que anotaba los pecados en una larga lista— directamente inspirados en el Infierno de la obra citada. Así, aquellas visiones medievales del florentino cruzaron el océano para cobrar vida en el Litoral argentino, demostrando que las grandes ficciones siempre encuentran un rincón inesperado donde echar raíces.

