Por la Redacción Cultural
Cada 24 de agosto, Argentina celebra el Día del Lector en conmemoración del nacimiento de Jorge Luis Borges. Más allá del escritor universal, hoy celebramos al hombre que encontró en la lectura su verdadera identidad y su paraíso personal.
«Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído».
De esta manera, Borges desarmaba el ego del autor para poner en lo más alto un oficio que suele vivirse en silencio y soledad: el de ser lector. Hoy se celebra el Día del Lector precisamente para honrar el nacimiento de quien fue, antes que un genio de las letras, un apasionado de los libros.
Borges entendía que la literatura no nace cuando se imprime un texto, sino en el instante mágico en que alguien lo abre y lo lee. Para él, el lector era el verdadero artífice de que una obra llegara a la inmortalidad.
«Los buenos lectores son cisnes aún más negros y singulares que los buenos autores».
Para el autor argentino, escribir podía ser un ejercicio de talento o técnica, pero leer exigía sensibilidad, imaginación y una generosidad desinteresada. Al comparar a los buenos lectores con cisnes negros —esa metáfora clásica de lo improbable y extraordinario—, Borges señalaba que encontrar a alguien capaz de dialogar verdaderamente con un libro era un fenómeno excepcional. El verdadero lector no es un receptor pasivo, sino un coautor que reescribe la historia en su mente a medida que transcurren las páginas.
«Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca».
La relación de Borges con los libros era física, espacial y espiritual. Mientras que para muchos la lectura es un pasatiempo, para el autor formaba parte de su existencia, una especie de paraíso cotidiano. Frente a la saturación de las pantallas y la prisa cotidiana, abrir un libro sigue siendo un acto de resistencia y un refugio.
«Si un libro les aburre, déjenlo; no lo lean porque es famoso, no lo lean porque es moderno, no lo lean porque es antiguo. La lectura debe ser una de las formas de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz».
Este es, quizás, el mejor consejo que se puede dar en este día. Uno de los grandes legados de Borges como lector fue quitarle a la literatura ese peso solemne y académico. Él defendía la lectura como una forma de felicidad pura y rechazaba la idea del libro como una obligación. Nos recuerda que el pacto entre el libro y el lector debe estar basado en el goce, la curiosidad y el deseo.
«Uno llega a ser grande por lo que lee y no por lo que escribe».
Conmemorar esta fecha no es solo un homenaje a un autor, sino a una forma de estar en el mundo. Todos estamos hechos de retazos de historias: de los cuentos que nos leyeron de niños, de las novelas que nos marcaron en la adolescencia, de los poemas que nos pusieron palabras a lo que sentíamos.
Hoy celebramos ese linaje invisible. Celebramos que, al igual que Borges, nuestro mayor patrimonio no está en lo que dejamos escrito, sino en las infinitas vidas que pudimos vivir gracias a las páginas leídas.

