Vie 23 octubre ,2026
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El valiente soldadito de plomo

Por Hans Christian Andersen

Había una vez veinticinco soldaditos de plomo. Todos eran hermanos, porque los habían fabricado con la misma vieja cuchara de plomo. Llevaban un hermoso uniforme azul y rojo, un fusil al hombro y miraban siempre al frente.

Lo primero que escucharon en su vida, cuando se abrió la tapa de la caja donde venían, fue el grito de un niño pequeño que aplaudía con alegría:
—¡Soldaditos de plomo!

Era el día de su cumpleaños y los soldaditos eran su regalo. El niño los sacó de la caja y los puso en fila sobre la mesa. Todos los soldados eran exactamente iguales, excepto uno. A este último le faltaba una pierna, porque había sido el último en ser fundido y el plomo no había alcanzado para terminarlo. Sin embargo, se mantenía tan firme sobre su única pierna como los demás sobre las dos. Y es precisamente a él a quien le ocurrió esta historia.

En la mesa de juguetes había muchas cosas lindas, pero la que más llamaba la atención era un hermoso castillo de papel. A través de sus ventanitas se podían ver los salones interiores. Afuera, había unos arbolitos rodeando un pequeño espejo que simulaba ser un lago, donde flotaban unos cisnes de cera que se reflejaban en el agua. Todo era precioso, pero lo más bonito de todo era una pequeña dama que estaba de pie en la puerta abierta del castillo.

Ella también estaba recortada en papel, pero llevaba un vestido de la gasa más fina y una cinta azul sobre los hombros, como una bufanda. En el centro de la cinta tenía brillante una lentejuela de oro tan grande como su propia cara. La damita era una bailarina y tenía los dos brazos levantados hacia el cielo y una de sus piernas tan alzada hacia atrás que el soldadito no pudo verla. Por eso, pensó que ella, al igual que él, tenía una sola pierna.

—Es la esposa perfecta para mí —pensó el soldadito—. Pero es muy elegante y vive en un castillo. Yo solo tengo una caja de cartón que comparto con veinticuatro hermanos; ese no es lugar para ella. Aún así, intentaré conocerla.

El soldadito se escondió detrás de una caja de tabaco que había sobre la mesa. Desde allí podía mirar a la hermosa bailarina, que seguía parada en una pierna sin perder el equilibrio.

Cuando llegó la noche, los humanos de la casa se fueron a dormir. En ese momento, los juguetes empezaron a jugar por su cuenta. Hicieron fiestas, jugaron a las visitas y organizaron batallas. Los soldaditos de plomo se movían dentro de su caja porque querían participar, pero no podían abrir la tapa. El cascanueces hacía piruetas y la tiza escribía chistes en la pizarra. Había tanto ruido que el canario se despertó y empezó a cantar. Los únicos dos juguetes que no se movieron de su lugar fueron el soldadito de plomo y la bailarina. Ella seguía firme en la punta del pie con los brazos abiertos; él seguía parado en su única pierna, sin apartar los ojos de ella ni un solo segundo.

El reloj dio las doce de la noche. ¡Pum! La tapa de la caja de tabaco saltó. Pero no había tabaco adentro, sino un pequeño duendecillo negro, un muñeco de resorte.

—¡Eh, soldadito de plomo! —gritó el duendecillo—. ¡Deja de mirar lo que no es tuyo!

El soldadito fingió no escuchar nada.

—¡Está bien, ya verás mañana! —dijo el duendecillo con malicia.

Al día siguiente, cuando los niños se despertaron, pusieron al soldadito de plomo en la ventana. No se sabe si fue culpa del duendecillo negro o de una corriente de aire, pero de repente la ventana se abrió de golpe y el soldadito cayó de cabeza desde el tercer piso. Fue una caída terrible. Su cabeza quedó clavada entre los adoquines de la calle, con la pierna hacia arriba y el fusil trabado.

La sirvienta y el niño bajaron corriendo a buscarlo. Estuvieron a punto de pisarlo, pero como no lo vieron, regresaron a la casa. Al poco rato empezó a llover. Las gotas caían cada vez más rápido hasta que se formó una fuerte tormenta. Cuando el agua paró, pasaron por allí dos chicos de la calle.

—¡Mira! —dijo uno—. ¡Un soldadito de plomo! Vamos a hacerlo navegar.

Construyeron un barco con un trozo de periódico, pusieron al soldadito en el centro y lo lanzaron a correr por la corriente del cordón de la vereda. Los dos niños corrían a su lado aplaudiendo. ¡El agua corría con mucha fuerza! El barco de papel subía y bajaba bruscamente, y daba vueltas tan rápido que al soldadito le temblaba el cuerpo. Sin embargo, se mantuvo valiente: no cambió de postura, no parpadeó y siguió sosteniendo con fuerza su fusil.

De repente, el barco entró en un desagüe oscuro debajo de la calle. Era tan oscuro como estar dentro de su caja de cartón.

—¿A dónde iré a parar? —pensó el soldadito—. Seguro esto es culpa del duendecillo negro. Si tan solo la hermosa bailarina estuviera aquí conmigo en el barco, no me importaría que la oscuridad fuera el doble de negra.

En ese momento apareció una enorme rata de alcantarilla que vivía en el desagüe.

—¡Alto! ¿Tienes pasaporte? —preguntó la rata—. ¡Muéstrame tu pase!

El soldadito no respondió nada; solo apretó el fusil con más fuerza. El barco siguió corriendo y la rata empezó a nadar detrás de él, rechinando los dientes y gritándole a los trozos de madera y paja que flotaban:

—¡Atrápenlo! ¡No pagó el peaje! ¡No mostró su pasaporte!

La corriente se volvió cada vez más rápida y fuerte. El soldadito ya alcanzaba a ver la luz del día al final del túnel, pero también escuchó un rugido espantoso. Al terminar el desagüe, el agua caía directamente en un gran canal. Para el pequeño soldado, eso era tan peligroso como una catarata gigante para un humano.

El barco salió volando y cayó al canal. El agua llenó el papel rápidamente. El barco se ablandó y comenzó a hundirse. El agua le llegó al cuello al soldadito. Pensó en la hermosa bailarina a la que nunca volvería a ver, y en sus oídos sonó una vieja canción:

«¡Adelante, guerrero valiente,
que la muerte te espera de frente!»

El papel del barco se terminó de romper y el soldadito cayó al fondo del agua. Pero en ese mismo instante, un pez enorme pasó y se lo tragó de un solo bocado.

¡Qué oscuro estaba allí adentro! Era mucho peor que el desagüe y el espacio era muy estrecho. Pero el soldadito de plomo siguió firme y acostado cuán largo era, sin sueltar su fusil.

El pez nadó de un lado a otro haciendo movimientos extraños, hasta que de repente se quedó completamente quieto. Pasó un largo tiempo. De pronto, un rayo de luz brilló como un relámpago y una voz exclamó:

—¡El soldadito de plomo!

El pez había sido pescado, llevado al mercado, comprado por una cocinera y llevado a la cocina. La mujer lo había abierto con un cuchillo grande y, por pura casualidad, era la misma casa de donde el soldadito había caído.

Llevaron al soldadito a la sala para que todos vieran al increíble viajero que había navegado dentro de un pez. Pero el soldadito no se sentía orgulloso. Lo pusieron otra vez sobre la mesa y ¡qué pequeño es el mundo!, vio los mismos juguetes, el mismo castillo de papel y a la hermosa bailarina parada en la puerta sobre una sola pierna. Ella también se mantuvo firme y valiente. Eso conmovió tanto al soldadito que estuvo a punto de llorar lágrimas de plomo, pero se contuvo porque un soldado no debe llorar. La miró y ella lo miró, pero no se dijeron nada.

De repente, sin ninguna razón, uno de los niños pequeños de la casa tomó al soldadito de plomo y lo arrojó directo a la chimenea donde ardía el fuego. Seguro que el duendecillo negro de la caja de tabaco había tenido algo que ver.

El soldadito quedó rodeado de llamas. Sentía un calor insoportable, pero no sabía si era por el fuego real o por el fuego de su amor. Sus hermosos colores azul y rojo habían desaparecido, tal vez por el viaje o tal vez por la tristeza. Miró a la bailarina por última vez, ella lo miró a él, y el soldadito sintió que se derretía, pero siguió sosteniendo su fusil con valentía sobre la única pierna que tenía.

En ese momento, se abrió una puerta de la sala. Una fuerte corriente de aire entró, levantó a la hermosa bailarina de papel y la hizo volar como una sílfide directo a la chimenea, justo al lado del soldadito. La bailarina se encendió en una sola llama brillante y desapareció en un segundo.

El soldadito se terminó de derretir por completo hasta convertirse en un pequeño charco. Al día siguiente, cuando la sirvienta fue a limpiar las cenizas de la chimenea, encontró algo hermoso entre los restos: el plomo se había derretido en forma de un pequeño corazón. Y de la hermosa bailarina, solo había quedado la lentejuela de oro, que ahora estaba completamente negra por el fuego.

  • Autor: Hans Christian Andersen (1805-1875).
  • Obra original: Dominio Público.
  • Traducción y adaptación: Nueva versión exclusiva para Cleo.

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