Vie 23 octubre ,2026
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El gato negro

Edgar Allan Poe

No espero que crean la historia que estoy a punto de escribir en estas hojas de máquina. Mañana al alba seré ejecutado en la silla eléctrica, y no busco piedad ni perdón. Solo quiero descargar mi conciencia antes de que el interruptor caiga y la corriente me borre del mundo.

Desde mi infancia me destaqué por una docilidad casi enfermiza. Mis compañeros se burlaban de mi ternura hacia los animales. Pasaba el día alimentando pájaros y perros callejeros. Al madurar, esa sensibilidad se convirtió en mi principal fuente de placer. Me casé joven con una mujer de alma similar. En nuestro piso antiguo de la gran ciudad, rodeados por el ruido del tráfico y el hollín de las fábricas, armamos un pequeño refugio para criaturas desamparadas: canarios, un perro ovejero, peces de colores y Plutón.

Plutón era un gato negro magnífico, de un tamaño inusual y una inteligencia que a veces aterraba a mi esposa, quien, en el fondo de su superstición, repetía el viejo mito de que los gatos negros son brujas disfrazadas. Plutón era mi sombra. Solo aceptaba comida de mis manos y me esperaba detrás de la puerta principal cada vez que yo volvía de trabajar en el estudio fotográfico. Nuestra amistad duró varios años, hasta que mi mal interior floreció.

El demonio de la intemperancia y el alcohol me destruyeron. El whisky barato se convirtió en mi combustible diario. Me volví taciturno, irritable y cruel. Empecé a usar un lenguaje violento con mi esposa y a maltratar a las mascotas que antes amaba. A Plutón todavía le guardaba cierto respeto, pero la enfermedad avanzaba rápido.

Una noche regresé al departamento completamente borracho tras deambular por las tabernas del puerto. Al entrar al pasillo oscuro, noté que Plutón intentaba esquivarme. Aquello me enfureció; interpreté su miedo como un insulto a mi autoridad. Lo atrapé del cuello con rudeza. El animal, asustado por mi violencia, me lanzó un mordisco leve en la mano.

En ese instante, una furia satánica me poseyó. Saqué del bolsillo de mi saco un cortaplumas de barbero. Sostuve al pobre animal por la garganta y, con pulso firme y frío, le vacié el ojo izquierdo de la órbita. Me fui a dormir a la cama matrimonial arrastrando los pies, sin que la culpa lograra perturbar mi pesado sueño de borracho.

Al despertar el día siguiente, con la boca pastosa y la luz gris de la ciudad entrando por la ventana, sentí un leve remordimiento, pero lo ahogué enseguida en otra botella de ginebra. El gato sanó. La cuenca vacía y sangrienta era un espectáculo horroroso, pero el animal ya no sufría. Sin embargo, huía despavorido apenas yo pisaba la habitación.

La perversidad es uno de los impulsos más profundos del alma humana. Hacemos lo que está prohibido solo porque sabemos que no debemos hacerlo. Una mañana, impulsado por esa frialdad inexplicable, le pasé un lazo de soga de cáñamo por el cuello y lo colgué de la rama del viejo árbol del patio interno, bajo la lluvia. Lo ahorqué con lágrimas en los ojos, sabiendo que destruía a una criatura que me había amado y cometiendo un pecado que me condenaría para siempre.

La noche posterior al crimen, me despertaron los gritos de mi esposa y el olor a azufre. El departamento estaba envuelto en llamas. El fuego devoraba las cortinas de terciopelo y los viejos muebles de madera. Logramos escapar a la calle con lo puesto, entre el camión de bomberos y el clamor de los vecinos. La destrucción fue total; perdí mis ahorros, mis cámaras y mis negativos. Quedamos en la quiebra.

Al día siguiente, caminé entre los escombros humeantes. Todo era carbón, excepto una sección de la pared divisoria del fondo, hecha de un yeso grueso que había resistido el impacto. Había un tumulto de curiosos observando la superficie. Me acerqué y sentí que el piso se abría bajo mis pies.

Grabado sobre la blancura del yeso, como una impresión fotográfica revelada por el fuego, se recortaba el relieve de un gato gigante con una soga alrededor del cuello.

Durante meses, aquella imagen me persiguió en las sombras de los callejones. Busqué una explicación racional: alguien del vecindario debió notar el gato colgado en el árbol, cortó la soga durante el incendio y arrojó el cuerpo por la ventana para despertarme; el cadáver del animal quedó atrapado entre la pared y los muebles que caían, y la cal viva del yeso, combinada con el calor extremo, fijó la silueta. Pero la lógica no alivió mi paranoia.

La miseria nos obligó a mudarnos a un sótano miserable en los suburbios, cerca de las vías del tren. Una noche, mientras bebía en un boliche de mala muerte tapizado de madera rancia, divisé un bulto negro sobre uno de los barriles de cerveza. Era un gato negro enorme, idéntico a Plutón. Al acercarme, el animal se paró, empezó a ronronear y frotó su cabeza contra mi mano.

Decidí llevarlo a casa. Mi mujer se alegró, pero a la mañana siguiente descubrí dos cosas que me helaron la sangre:

Al igual que Plutón, este gato carecía del ojo izquierdo.

Tenía una mancha blanca de pelo en el pecho. Al principio era una marca borrosa, pero con las semanas el pelaje blanco se definió con una nitidez espantosa: era la silueta perfecta de una horca.

El terror me dominó. El gato se convirtió en mi torturador. No me dejaba solo un segundo. Si me sentaba a leer el diario, se subía a mis rodillas; si caminaba por el sótano, se metía entre mis piernas buscando hacerme caer. Por las noches, despertaba sobresaltado y sentía el peso de su cuerpo negro sobre mi pecho, mirándome fijamente en la oscuridad con su único ojo encendido, robándome el aire.

Un día bajamos con mi esposa a la bodega del sótano a buscar carbón para la estufa de fundición. El gato nos siguió por la empinada escalera de madera crujiente. Al llegar abajo, la bestia se cruzó entre mis botas y casi me arroja de cabeza contra el piso de tierra.

La rabia acumulada por el alcohol y el insomnio estalló en mi pecho. Había un hacha pesada apoyada contra la pared de ladrillos. La descargué con toda mi fuerza, apuntando al lomo del animal. Pero la mano de mi esposa detuvo el golpe en el aire.

Esa interferencia despertó un furor demoníaco en mí. Me desprendí de su agarre, levanté el hacha nuevamente y se la clavé directamente en el centro del cráneo. Cayó seca, sin un gemido.

Escondí el cuerpo con la precisión de un artesano. La bodega tenía una falsa pared de ladrillos que tapaba una antigua chimenea en desuso. Removí los ladrillos con cuidado, acomodé el cadáver de mi esposa de pie en el hueco y volví a levantar el muro tal como estaba antes. Conseguí una mezcla de cemento y arena, revoqué las uniones y ensucié la pared con polvo de carbón para que luciera vieja. Limpié las manchas de sangre del suelo con kerosén. El trabajo era perfecto.

Busqué al gato para exterminarlo de una vez por todas, pero el cobarde había huido. Por primera vez en meses, dormí profundamente.

Al cuarto día, la policía del distrito se presentó en la casa tras una denuncia de los vecinos por la desaparición de mi esposa. Registraron cada rincón del departamento y luego bajamos a la bodega. Yo los guiaba con el corazón tranquilo, fumando un cigarrillo, sabiendo que mi secreto estaba a salvo. Los agentes revisaron los rincones y no encontraron nada. Estaban listos para subir las escaleras y marcharse.

El orgullo me perdió. Necesitaba regodearme en mi obra maestra frente a la ley.

—Señores —les dije cuando ponían el pie en los escalones—, me alegra que disipen sus dudas. Esta es una casa vieja pero bien construida. Estas paredes son de ladrillo sólido, miren.

Y con el bastón de madera pesada que usaba para caminar, le di un golpe firme y seco justo al muro de ladrillos que ocultaba el cadáver.

El golpe aún resonaba en el sótano cuando una voz le respondió desde el fondo de la tumba. Era un sonido ahogado, un gemido cortado que en un segundo se elevó hasta convertirse en un grito prolongado, agudo y sobrenatural; un alarido de terror y triunfo que parecía salir directamente del infierno.

Los policías se quedaron pálidos, inmóviles. Un instante después, arremetieron contra la pared con picos y barretas. Los ladrillos frescos cedieron rápidamente.

El muro cayó de golpe. Allí estaba el cadáver de mi esposa, rígido, devorado por la cal y cubierto de sangre coagulada. Y sentada sobre su cabeza, con la boca abierta en un maullido de fuego y el único ojo inyectado en odio, estaba la maldita bestia que me había arrastrado al asesinato y que ahora me entregaba a los verdugos.

Había emparedado al gato vivo junto al cuerpo de mi esposa.

Esta obra es una adaptación libre basada en el argumento original de Edgar Allan Poe. El texto actual, así como sus potenciales traducciones, se dedica al Dominio Público bajo la licencia Creative Commons CC0 1.0 Universal. Libre de derechos de autor y de copia.

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