Por la Redacción Cultural
El escritor Milan Kundera, en su libro titulado La lentitud, escribió: «Cuando las cosas suceden con tal rapidez, nadie puede estar seguro de nada, de nada en absoluto, ni siquiera de sí mismo». Este escritor de origen checo supo entretejer filosofía, política e historia con una irónica mirada de las contradicciones de nuestra existencia.
Vivimos en un mundo hipercomunicado que resulta saturador. Las pantallas han profanado morbosamente nuestra intimidad, nuestros sentidos a menudo se embotan por el exceso de estímulos audiovisuales. La gran mentira es que somos «usuarios», pero en realidad somos meros consumidores de criterios intelectualmente estériles.
Muchas veces, cuando pensamos en comunicación, nuestra mente nos lleva a pensar en las plataformas digitales. Pero pocas veces somos conscientes de que la comunicación por esos medios tan impersonales es carente de profundidad.
Pero quizás lo más riesgoso es que nuestra percepción de la realidad se hace más acelerada y fragmentada, menguando nuestra capacidad de reflexión sobre las relaciones interpersonales.
En la actualidad, se acuñó una nueva terminología, la «fatiga informativa», para describir la intoxicación mental que produce estar permanentemente expuesto al exceso de información. Simplemente, la persona no puede procesar tanta estimulación y surge la ansiedad que va acompañada de estrés, según indican varios expertos en salud mental.
Obviamente, la calidad en las relaciones con nuestros seres queridos también es afectada.
Por ello, puede ser una buena medida tomar tiempo con la familia donde previamente se haga un acuerdo de apagar el teléfono celular; por ejemplo, al compartir los alimentos, dejar de costado los medios digitales. A los jóvenes, hagámoslos precavidos de que las redes sociales no son la realidad, sino más bien una representación ilusoria de la misma. ¡Qué más importante que sumar seguidores es buscar la amistad sincera, cálida y humana que se halla en el contacto del rostro a rostro sin la mediación de los likes!
La trampa de las redes sociales es que el diálogo, muchas veces disruptivo, impide la comunicación donde se asume responsablemente la autoría de los errores. A veces, el Narciso interior se embota demasiado de su propio reflejo, ya no en el agua, sino en el brillo de la pantalla. Pero, así como este milenario mito nos alerta sobre la vanidad excedida, también nos habla sobre la necesidad humana de aceptación. A veces, esta necesidad nos da vulnerabilidad ante el ojo anónimo escrutor de la masividad.

