Vie 23 octubre ,2026
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Salomé y el beso del escándalo

A propósito de la tragedia de Oscar Wilde

«El misterio del amor es mayor que el misterio de la muerte».

—Oscar Wilde, Salomé

Hay escenas en la literatura que nacen para incomodar. La imagen final de la Salomé de Oscar Wilde es una de ellas: bajo la luz pálida de una luna plateada, una joven princesa sostiene una bandeja donde yace la cabeza cercenada de un profeta. Se inclina sobre ella, roza los labios inertes con los suyos y murmura: «He besado tu boca, Jokanaan…». Con esa sola secuencia —donde erotismo y muerte se entrelazan de forma perturbadora—, Wilde concibió la tragedia más oscura de la época victoriana.

La trama de esta obra teatral, breve pero cargada de simbolismo, reescribe un pasaje del Evangelio con el sello provocador de su autor. Salomé, princesa de Judea, despierta la fascinación desmedida de su padrastro, el rey Herodes. Ella, en cambio, solo tiene ojos para Jokanaan (Juan el Bautista), un profeta encarcelado indiferente a su seducción. Llevada por la frustración y la obsesión, Salomé aprovecha la debilidad de Herodes y acepta bailar para él la famosa Danza de los siete velos a cambio de una condición: la cabeza del profeta servida en una bandeja de plata.

Dicha reinterpretación le valió la clausura. La excusa oficial fue una ley que prohibía representar personajes bíblicos en el teatro. Sin embargo, el motivo real era otro: la puritana moral de la época no podía tolerar un texto tan cargado de deseo ni el escándalo de ver a una mujer joven tomando el control absoluto de su cuerpo y desafiando el poder de la Corona. Con Salomé, Wilde redefinió la figura de la femme fatale, convirtiéndola en un arquetipo de voluntad e insumisión.

Más allá de la controversia, su objetivo era exponer la doble moral de su tiempo: una sociedad capaz de tolerar el vicio a puerta cerrada, pero aterrorizada ante la representación libre del deseo en el arte. Pese a todo, ni la intolerancia ni las duras críticas impidieron que la obra expresara su estética decadente. La pieza, escrita originalmente en francés y publicada en 1893, cobró aún más fuerza al año siguiente con su versión en inglés y las famosas ilustraciones de Aubrey Beardsley, a los que más tarde se sumaría la célebre ópera de Richard Strauss.

Hoy, aquella censura victoriana no pasa de ser una anécdota al pie de página. Salomé sobrevivió a sus detractores y a los prejuicios de una época para consolidarse como lo que siempre fue: el triunfo definitivo de la libertad del arte.

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