Oscar Wilde
La víspera de la coronación
Era la noche anterior al día fijado para su coronación, y el joven rey estaba solo en su lujosa habitación. Sus cortesanos se habían retirado tras hacer grandes reverencias, siguiendo las estrictas reglas de la época. Se habían ido al gran salón del palacio para recibir una última clase de buenos modales, ya que algunos todavía se comportaban de forma muy rústica.
El muchacho, que apenas tenía dieciséis años, se alegró de quedarse solo. Suspiró aliviado y se dejó caer sobre los suaves almohadones de su sillón bordado. Desde que lo habían rescatado del bosque, el lujo del palacio lo tenía fascinado. Él era el único hijo de la hija del viejo rey. Ella se había casado en secreto con un hombre de clase baja, y por eso el viejo rey le quitó al bebé a su madre y lo mandó a criar con un humilde pastor.
Al morir el viejo rey, mandó a buscar a su nieto para que heredara el trono. Al principio, el muchacho corría feliz por el palacio, asombrado por las pinturas, las joyas y las telas caras. Parecía que tenía una obsesión por la belleza. De hecho, los trajes para su coronación eran lo más hermoso que se había visto: un manto de hilos de oro, una corona llena de rubíes brillantes y un cetro adornado con perlas perfectas.
Esa noche, pensando en sus hermosas ropas, el joven rey cerró los ojos y se quedó profundamente dormido. Y mientras dormía, tuvo tres sueños muy extraños.
El primer sueño: El telar del manto de oro
En su primer sueño, el joven rey se vio a sí mismo en un taller oscuro y ruidoso. El aire era espeso y olía a encierro. Hombres, mujeres y niños desnutridos trabajaban bajo la luz de unas velas débiles. Estaban pálidos, flacos y tenían las manos lastimadas de tanto trabajar en los telares.
El joven rey se acercó a uno de los tejedores y lo miró. El hombre, muy enojado, le preguntó:
—¿Por qué me mirás? ¿Sos un espía de nuestro amo?
—¿Quién es tu amo? —preguntó el rey.
—¡Mi amo! —respondió el tejedor con amargura—. Es un hombre como yo. La única diferencia es que él viste ropa fina y come demasiado, mientras yo tengo harapos y me muero de hambre.
—Pero este país es libre —dijo el joven rey—, vos no sos un esclavo.
—En tiempos de guerra —dijo el tejedor—, los fuertes hacen esclavos a los débiles. En tiempos de paz, los ricos hacen esclavos a los pobres. Tenemos que trabajar para comer, y nos pagan tan poco que nos morimos igual.
El rey miró el telar del hombre y vio que tejía un hilo de oro hermosísimo.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó.
—Estoy tejiendo el manto para la coronación del joven rey —contestó el tejedor—. ¿Acaso te importa? El rey no sabe nada del dolor que nos cuesta hacer su ropa fina.
Al escuchar esto, el joven rey dio un gran grito de horror y se despertó, pero vio que todavía era de noche y volvió a dormirse.
El segundo sueño: Las perlas del cetro
En su segundo sueño, el rey se encontró en la cubierta de un barco enorme. Cien esclavos estaban encadenados y obligados a remar bajo un sol que quemaba. Un capataz los golpeaba con un látigo si se atrasaban.
El barco se detuvo en una bahía tranquila. El capitán tomó al más joven de los esclavos, le tapó la nariz y las orejas con cera, le ató una pesada piedra a los pies y lo tiró al agua por la borda. El esclavo bajaba al fondo del mar a buscar ostras.
Cada vez que el buzo subía a la superficie, traía perlas hermosas. El capitán las miraba y elegía las mejores. El esclavo bajó una y otra vez, hasta que finalmente subió con una perla enorme y perfecta, la más bella del mundo. Pero el pobre muchacho estaba tan cansado que escupió sangre y cayó muerto en la cubierta.
El capitán miró la perla, dejó el cuerpo sin vida a un lado y dijo con una sonrisa:
—Esta perla será para el cetro del joven rey.
Al oír esas palabras, el joven rey se tapó los ojos con miedo, gritó y se volvió a despertar. Pero la luna seguía brillando, y el cansancio lo hizo quedarse dormido por tercera vez.
El tercer sueño: Los rubíes de la corona
En su último sueño, el rey caminaba por un bosque oscuro y neblinoso. Allí vio a un grupo de hombres excavando en el lecho seco de un río de forma desesperada. Tenían las manos ensangrentadas de tanto raspar las piedras de la tierra para sacar rubíes rojos.
En una esquina del bosque, sentadas sobre una roca, el rey vio a dos figuras horribles. Una era la Avaricia y la otra era la Peste.
La Avaricia quería todos los rubíes para ella y no le importaba la vida de los trabajadores. La Peste, enojada por la crueldad de la Avaricia, sopló un aire frío y venenoso sobre el bosque. Uno a uno, los hombres que buscaban las piedras preciosas empezaron a enfermarse y a caer muertos al suelo.
—¿Para quién están buscando esos rubíes? —preguntó el rey, temblando de miedo.
Una voz en el fondo del bosque le respondió:
—Son para la corona del joven rey.
El muchacho lloró amargamente, se despertó con el sol de la mañana entrando por su ventana y vio que ya era el día de su coronación.
Un rey diferente
Los oficiales de la corte entraron a la habitación con el manto de oro, la corona de rubíes y el cetro de perlas. Pero el joven rey los miró con profunda tristeza.
—Llévense esas ropas —dijo el rey—. No me las voy a poner. En los hilos del manto está el dolor de los tejedores, en el cetro está la sangre del esclavo y en los rubíes está la muerte de los trabajadores.
Los nobles pensaron que se había vuelto loco y se rieron. Pero el rey se vistió con la ropa vieja de pastor con la que había llegado al palacio y tomó un simple bastón de madera que usaba en el bosque.
—¿Dónde está mi corona? —preguntó—. Esta será mi corona.
Y tomó una rama con espinas que crecía cerca de la ventana y se la colocó en la cabeza.
El joven rey cabalgó hacia la iglesia más grande de la ciudad. La gente del pueblo lo miraba y se burlaba de él.
—¿Cómo va a ser este nuestro rey? ¡Parece un mendigo! —decían.
Al entrar a la catedral, el sacerdote principal lo detuvo y le dijo:
—Hijo mío, un rey debe vestir como rey para mostrar el poder de su país. Ponete las galas reales.
Pero el joven rey le contó sus tres sueños. Le explicó cómo los ricos viven del sufrimiento de los pobres. El sacerdote, suspirando, le dijo que el mundo siempre había sido injusto y que él no lo iba a poder cambiar solo.
El joven rey no hizo caso. Pasó de largo, se arrodilló frente al altar y comenzó a rezar en silencio.
El milagro
De repente, un grupo de nobles armados con espadas entró furioso a la iglesia.
—¿Dónde está ese rey falso que nos avergüenza a todos frente al pueblo? —gritaban listos para atacar.
El joven rey se levantó de su oración y se dio la vuelta para mirarlos con mucha paz.
En ese mismo instante, la luz del sol entró por los vitrales de la iglesia y lo iluminó por completo. De forma milagrosa, las telas ásperas de su ropa de pastor se transformaron en un manto más brillante y hermoso que cualquier tela tejida con oro puro. Su bastón de madera floreció con lirios más blancos que las perlas, y la rama de espinas de su cabeza comenzó a brotar con rosas rojas que brillaban más que cualquier rubí.
El lugar se llenó de una luz celestial y un aroma dulce. El sacerdote cayó de rodillas, conmovido por el milagro, y dijo:
—Alguien más grande que yo te ha coronado.
Los nobles y el pueblo entero se arrodillaron ante él, llenos de respeto. El joven rey, con el rostro iluminado por el cielo, miró a su pueblo, listo para gobernar con amor, justicia y compasión por los más débiles.

· Autor: Oscar Wilde (1854-1900).· Obra original: Dominio Público.
· Traducción y adaptación: Nueva versión exclusiva para Cleo.

