Anónimo japonés
El guerrero Hidesato caminaba con paso firme hacia el puente que cruzaba el gran lago Biwa. Portaba un arco de madera de tejo tan grueso que hacían falta tres hombres comunes para tensarlo, y en su espalda tintineaban cinco flechas con plumas de halcón.
Al llegar al centro del puente, un crujido sordo detuvo sus pasos. Un colosal monstruo con escamas de esmeralda y ojos como lunas de fuego obstruía el camino. La criatura, una mezcla de serpiente y dragón, exhalaba un vapor denso que olía a tormenta.
Cualquier otro hombre habría huido desbocado, pero Hidesato simplemente arqueó una ceja. Con total parsimonia, levantó su bota de cuero y pisó firmemente el lomo de la bestia para cruzar al otro lado.
—¡Espera, mortal de corazón de piedra! —retumbó una voz profunda que hizo temblar las maderas del puente.
Hidesato se giró, apoyando una mano en la empuñadura de su espada. Ante sus ojos, la monstruosa serpiente se encogió y mudó de piel hasta convertirse en un hombre de porte real, ataviado con túnicas de seda del color del océano profundo y una corona de coral.
—Soy el Rey Dragón del Lago Biwa —dijo el hombre, inclinándose con respeto—. Llevo meses esperando a un guerrero que no conozca el miedo. Mi reino bajo las aguas está siendo devorado por el Ciempiés de la Montaña Mikami. Mis soldados han caído y mis hijos se esconden en la oscuridad. ¿Me prestarás tu valor?
Hidesato, que nunca rechazaba un desafío noble, asintió en silencio.
Esa misma noche, el guerrero se apostó en la orilla del lago junto al Rey Dragón. De repente, la luna se tiñó de un rojo violento. Desde la cima de la montaña Mikami, dos antorchas gigantescas comenzaron a descender zigzagueando. No eran antorchas: eran los ojos del Ciempiés Negro. Su cuerpo, largo como tres ejércitos en marcha, hacía crujir los árboles a su paso, y sus miles de patas doradas brillaban con la luz de un fuego maligno.
El monstruo se acercó al agua, siseando un veneno que hacía hervir la superficie del lago.
Hidesato mantuvo la calma. Sacó su primera flecha, tensó el arco hasta que la madera crujió y la disparó. El proyectil impactó de lleno en la frente del ciempiés… pero rebotó como si hubiera golpeado una roca de diamante. El monstruo ni siquiera parpadeó.
El guerrero disparó una segunda flecha con más fuerza, apuntando al mismo punto. El resultado fue idéntico: la punta de acero se desvió en el aire y cayó al agua con un leve tintineo. El ciempiés, ahora consciente de su presencia, lanzó un rugido ensordecedor y arremetió directamente contra ellos, levantando sus pinzas venenosas.
Hidesato solo tenía una flecha más. En la mitología de sus ancestros, recordó un viejo secreto: la saliva humana rompe los hechizos de las criaturas de la tierra. Rápidamente, el guerrero humedeció la punta de su última flecha con su propia saliva, cerró los ojos para concentrar su energía y, justo cuando las pinzas de la bestia estaban a punto de partirlo en dos, soltó la cuerda.
La flecha voló con el silbido de un rayo puro. Esta vez, al tocar la frente del ciempiés, la armadura del monstruo se agrietó como el cristal fino. El proyectil penetró profundamente. El Ciempiés Negro lanzó un último estertor, su brillo dorado se apagó y su colosal cuerpo se desplomó en el fondo del lago, disolviéndose en una espuma blanca que purificó las aguas.
El Rey Dragón, llorando de gratitud, guio a Hidesato a su palacio de cristal en las profundidades del lago. Allí celebraron un banquete que duró tres días, donde los peces danzaban y la música flotaba en el agua.
Al despedirse, los sirvientes del rey entregaron al guerrero varios regalos mágicos, pero el más humilde de todos se convertiría en su mayor tesoro: un simple saco de arroz tejido con hilos de cáñamo.
—Llévalo a tu hogar, valiente Hidesato —le dijo el Rey Dragón—. Mientras tú y tus descendientes tengan hambre, este saco jamás verá su fondo.
Hidesato regresó a su aldea. Desde aquel día, fue conocido en todo Japón como el Señor Saco de Arroz. Su despensa alimentó a toda su provincia durante inviernos de cosechas caídas y sequías implacables, demostrando que el mayor premio al valor no era la gloria de la batalla, sino la capacidad de dar vida a los demás.
Cuento de dominio Público (siglo X).

