Guy de Maupassant
El invierno de 1870 avanzaba sobre Ruán con el mismo peso gélido que el ejército prusiano ocupante. En medio del caos de la derrota, una enorme diligencia se preparaba para partir antes del alba rumbo al puerto de Dieppe. Diez pasajeros buscaban escapar de la humillación de la ciudad invadida: tres matrimonios de la altísima burguesía textil y vinícola, inflados de dinero y títulos; dos monjas de mirada esquiva; un demagogo político sediento de revolución de taberna; y, finalmente, Elisabeth Rousset.
A Elisabeth todos la conocían por su exuberante silueta y su oficio de cortesana. La llamaban, con cruel familiaridad, Bola de Sebo.
Al inicio del viaje, el carruaje era un monumento al desprecio. Las distinguidas damas se arropaban en sus pieles, cuchicheando insultos contra la «mujer pública», tratándola como si fuera una peste andante. Las monjas desgranaban rosarios para no mirarla. Ella, arrinconada, aguantaba el frío y la humillación con la cabeza baja.
Sin embargo, el viaje se tornó tortuoso. La nieve espesa atascó las ruedas y las horas pasaron sin rastro de una posada. El hambre comenzó a morder el estómago de los respetables burgueses, quienes, en su prisa egoísta, habían olvidado empacar provisiones. El aire se llenó de suspiros y quejas aristocráticas.
Fue entonces cuando Bola de Sebo abrió su gran cesta. El aroma a pollo asado, pasteles y buen vino inundó el carruaje. Con una generosidad limpia de rencor, la mujer ofreció su comida a todos. La dignidad de la alta sociedad flaqueó ante el hambre. Los condes y comerciantes aceptaron los bocados con sonrisas repentinas y halagos calculados. En pocas horas, la «pecadora» se convirtió en la salvadora del grupo.
Al caer la noche, la diligencia llegó por fin a un pueblo controlado por un destacamento prusiano. El oficial a cargo, un hombre soberbio de uniforme impecable, revisó los salvoconductos y detuvo al grupo con una orden seca: nadie reanudaría el viaje a menos que Bola de Sebo accediera a pasar la noche en sus aposentos.
Al enterarse de la exigencia del enemigo, el orgullo patriótico brotó en el carruaje. La cortesana, encendida de dignidad, se negó rotundamente: jamás se entregaría a un invasor de su patria. Los viajeros la aplaudieron, llamando «monstruo» al prusiano.
Pero la detención se prolongó por dos días. El aburrimiento y el miedo a quedar atrapados en la guerra empezaron a minar la moral de los ilustres refugiados. La estrategia cambió. Los tres matrimonios, las monjas y el político tejieron una sutil red de manipulación.
Durante las comidas, le hablaban a la joven de los grandes sacrificios de la historia. Las monjas argumentaban que Dios perdonaba cualquier acto si el fin era piadoso; los comerciantes sugerían que, para una mujer de su profesión, un hombre más no marcaba diferencia. La presionaron con halagos falsos, ruegos velados y lágrimas de cocodrilo, arrastrándola al borde de la culpa. Ella era el único obstáculo para su libertad.
Rota por la presión y creyendo que hacía un bien sagrado por sus compañeros, Bola de Sebo cedió. Subió en silencio a la habitación del oficial prusiano.
A la mañana siguiente, los caballos estaban listos para marchar. Bola de Sebo bajó tarde, con los ojos cansados y el rostro lavado por la vergüenza. Esperaba, al menos, una mirada de gratitud o un gesto de complicidad de aquellos a quienes acababa de rescatar.
No obtuvo nada.
Cuando intentó subir a la diligencia, las damas de la alta sociedad apartaron sus faldas con asco. Los hombres miraron hacia la ventana, fingiendo demencia. La red de desprecio se había vuelto a tejer, más fuerte que antes. Habían conseguido lo que querían; la mujer ya no les era útil.
El carruaje se puso en marcha. Al mediodía, el hambre regresó. Esta vez, los burgueses sacaron relucientes fiambreras llenas de carnes frías que habían comprado en la posada. Comieron con avidez, haciendo tintinear los cubiertos. Bola de Sebo, que en su dolor no había podido preparar nada, miraba el suelo del coche. Nadie le ofreció ni un mendrugo de pan.
Mientras la diligencia avanzaba por la carretera helada, unas lágrimas gruesas y pesadas comenzaron a rodar por las mejillas de la cortesana, perdiéndose entre los pliegues de su vestido. Al fondo del carruaje, el político revolucionario silbaba con cinismo las notas de La Marsellesa, arrullando la perfecta e impecable crueldad de la gente decente.
[Esta obra es una adaptación libre basada en el argumento original de Guy de Maupassant. El texto actual, así como sus potenciales traducciones, se dedica al Dominio Público bajo la licencia Creative Commons CC0 1.0 Universal. Libre de derechos de autor y de copia].

