Emilia Pardo Bazán
En el alero del pazo de San Paio, las golondrinas habían vuelto a construir su nido de barro, tal como hacían desde el tiempo de los abuelos. Don Amaro, el viejo hidalgo que habitaba el caserón semiderruido, las miraba desde su balcón de piedra con una sonrisa que pocas veces asomaba a su rostro arrugado por los años y las deudas.
—Son las mensajeras de la suerte —decía el viejo a su nieta, la pequeña Rosa—. Mientras las golondrinas aniden en el pazo, la casa de San Paio no se vendrá abajo, por mucho que sople el viento del norte.
Pero aquel año, la desgracia llamó a la puerta grande. Un usurero de la villa reclamaba las tierras del valle, el único sustento que les quedaba. Don Amaro pasó noches enteras en vela, revolviendo papeles amarillentos en su escritorio de nogal, buscando un documento de propiedad antiguo que probase sus derechos y salvara el pazo de la subasta. Todo fue en vano; el papel no aparecía por ningún lado y el desalojo era inminente.
La mañana antes del juicio, una tormenta de verano azotó la costa gallega con furia inusitada. Un rayo cayó sobre el viejo ciprés del jardín y el viento arrancó parte del alero del pazo. El nido de las golondrinas cayó al suelo, deshecho en mil pedazos de barro seco. Rosa lloró al verlo, creyendo que el augurio de la ruina se había cumplido.
Don Amaro bajó a recoger los restos con el corazón encogido. Al remover la tierra y el barro del nido destruido entre las piedras de la cornisa floja, algo llamó su atención: un rollo de pergamino atado con una cinta de seda podrida. Las golondrinas, años atrás, habían usado un viejo papel arrumbado en las desvanes abiertos para reforzar la base de su nido.
Era el documento perdido de la propiedad. Al día siguiente, la casa de San Paio se salvó en el juzgado. Para la primavera siguiente, el alero estaba reparado y las golondrinas volvieron a levantar su nido, esta vez sobre una base de piedra firme.
Autor: Emilia Pardo Bazán (1851-1921)
Obra original: Dominio Público.

